viernes, 18 de mayo de 2018

Requiescat in pace


Falleció hoy en Roma Su Eminencia Reverendísima el cardenal Darío Castrillón Hoyos. 
A su convicción y empeño debemos mucho de la aplicación del motu proprio "Summorum Pontificum" puesto que, desde su posición al frente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, se preocupó de hablar con muchos obispos y alentar a muchos sacerdotes a fin de que volvieran a celebrar el rito romano tradicional.
En gran parte se debe también a su caridad que el Papa Benedicto XVI haya levantado la pena de excomunión que pesaba sobre los cuatro obispos consagrados por Mons. Marcel Lefebvre y se haya acercado a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X a fin de alcanzar la plena comunión eclesial.
Que el Señor le de el descanso eterno.  

jueves, 17 de mayo de 2018

Dejate sacrilegar


Los últimos días nos han hecho testigos de dos sacrilegios espectaculares y dolorosos.
El primero tuvo lugar en Nueva York, durante el evento denominado “Gala MET”, que reúne anualmente a los más floridos capitostes de la moda internacional, esa industria que dilapida millones y millones de dólares en costosísimos perfumes, carteras, vestidos y muchas vanidades más. Se trata de ese mismo mundo al que el Papa Francisco con tanta lucidez critica en sus discursos. 
Pues bien, este año el “Gala MET” se denominó Moda y la imaginación católica y, para la ocasión, el Vaticano cedió en préstamo una serie importante de ornamentos sagrados tales como una tiara del beato Pío IX o una capa pluvial de Benedicto XV. Y no sólo eso. En la apertura del acto estuvo presente el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo para la Cultura y dirigió a los selectos millonarios presentes algunas palabras pertinentes y alusivas. A su lado, se sentaban celebridades conocidas por todo el mundo fashion, encabezadas por Donatella Versace, de indiscutible piedad y olor a oveja. Pueden ver aquí el vídeo de tal presentación.
Pero lo grave no fue eso. Lo grave fue que en ese acontecimiento tuvo lugar un desfile de modas abiertamente sacrílego, en el que mujeres con poses más pornográficas que eróticas, vestían mitra o sotana. Pueden ver aquí, bajo su exclusiva responsabilidades, algunas de las imágenes. 
Más doloroso aún fue el caso autóctono, y para explicarlo debemos descender desde el Metropolitan a la parroquia de San Expedito, desde Manhattan a Balvanera, y de Donatella Versace a Lizy Tagliani. 
Resulta ser que un pobre hombre llamado Eduardo Luis Rojas se convirtió siendo joven en travesti, es decir, se empezó a vestir de mujer, y ya algo entrado en años lo encontró la fama en el deleznable programa de Marcelo Tinelli. Hoy, el Sr. Rojas que se hace llamar Lizy Tagliani y es periodista de algunos de los programas basura que abundan en la televisión argentina. En el programa “Cortá por Lozano” del 19 de abril de 2018, durante la fiesta patronal de San Expedito el/la periodista entrevistó a varios de los numerosos fieles que acudían al santuario hasta que se le acercó una “ministra” de eucaristía y lo/la invitó a recibir el Cuerpo de Nuestro Señor. Pueden ver el caso aquí, a partir del minuto 16:30. 

Más allá que resulta profundamente perturbador el modo en el que se distribuye la eucaristía en medio de la turba sin el más mínimo respeto y temor de Dios, se cometió claramente un sacrilegio porque el señor Rojas/Tagliani vive públicamente more uxorio con otro señor. 
Me consta que el caso fue denunciado ante la autoridad episcopal competente -Mons. José María Baliña- y no se hizo nada al respecto, como era previsible.
El vídeo provoca algunas reflexiones:

  1. La conductora del programa afirma en varias ocasiones, cuando la “ministra” de la eucaristía le ofrece comulgar a Rojas/Tagliani, que no puede hacerlo porque primero tiene que confesarse.
  2. El mismo señor Rojas/Tagliani le aclara en un primer momento que no puede comulgar porque ha pecado.
  3. La obesa y teñida “ministra” de la eucaristía, sin embargo, insiste, y le asegura que puede comulgar. 
  4. Pareciera, entonces, que algunos de los protagonistas del sacrilegio tenían una cierta noción de pecado y una cierta noción de la sacralidad de la eucaristía. Quien no la tenía era quien debía tenerla, es decir, la “ministra” gorda y platinada.
  5. “La culpa no es del chancho -de la chancha en este caso-, sino del quien le da de comer”. Y nos referimos al P. Walter Marchetti, párroco de San Expedito y apacentador de la piara (a quien pueden ver aquí) y al vicario episcopal de la zona, Mons. Baliña. Sobre ellos caerá el juicio de Dios no solamente por la profanación del cuerpo de su Hijo sino por el escándalo que permitieron en los cientos de miles de fieles que vieron el programa. 

lunes, 14 de mayo de 2018

Conversaciones de Jack Tollers con Jorge Ferro


Quienes se entusiasmen con esta conversación (¿quién no?), pueden los siguientes capítulos de la serie:

jueves, 10 de mayo de 2018

Pensando en el cónclave

Por lo vicoli romanos se habla en voz baja de un hecho; en realidad de una práctica que está llevando a cabo fuera parte del clero de la Urbe: antes o después de celebrar la misa, los sacerdotes rezan esta oración:"Señor, haz que el papa Francisco abra cuanto antes lo ojos, o cuanto antes los cierre para siempre. Amén". Y no es que los curas romanos sean todos conservadores, o tradicionalistas o bienpensantes; lo que ocurre es que si sono stufatti. Se hartaron ya hace rato de este pontificado de quinta categoría, de este Papa del Tercer Mundo y de su modesta capacidad, y quieren que se vaya, como sea. Por eso, y ante la posibilidad que el Señor no haga oídos sordos a ese pedido, me animo a hacer un ejercicio de imaginación.
Es un ejercicio más o menos frecuentado en los últimos tiempos tratar de encontrar similitudes entre el pontificado del papa Francisco con el de otros pontífices de la historia. Yo encuentro varios puntos en común con el de Juan XXIII. Me apresuro a decir, claro, que también hay muchas diferencias: no solamente algunas decenas de kilos, sino también que el bueno del papa Juan era un hombre piadoso, tradicional y erudito historiador, autor, entre otras obras, de una historia de la pastoral de San Carlos Borromeo en varios volúmenes. Nuestro modesto Bergoglio apenas si cuenta en su haber con unas pocas cuartillas que los años olvidarán rápidamente.
Pero hay un punto en común: la incapacidad para el cargo, que los sobrepasa enormemente. En el caso de Juan XXIII se pone de manifiesto por su convocatoria al Concilio Vaticano II, decisión tomada súbitamente luego de acceder al pontificado y con escasas o nulas consultas previas. Actuó con irresponsable precipitación tal como los más conocedores y avispados obispos percibieron. El mismo Mons. Battista Montini, que sería luego quien todos sabemos, dijo cuando se enteró de la decisión de Roncalli: “Este santo anciano no comprende qué nido de avispas está sacudiendo” (A. Fappani y F. Molinari, Giovanni Battista Montini Giovane. Documenti inediti e testimonianze, Mariette, Turín: 1979, p. 171). Y convengamos que Montini sabía muy bien lo que decía luego de haber pasado la casi totalidad de su vida en los escondrijos más profundos de la Curia Romana. Otra de las figuras descollantes del momento, el cardenal Giuseppe Siri, diría luego de algunos años de pontificado de Juan XXIII: “La Iglesia necesitará cuatro siglos para recuperarse del pontificado del papa Juan” (Mencionado por P. Hebblethwaite, Pablo VI. El primer papa moderno, Vergara: Buenos Aires, 1995, p. 267). Y Helder Câmara, que sin ser aún obispo tenía amplísima llegada en Roma como secretario de la Conferencia Episcopal Brasileña, dijo: “Del Concilio no puede salir nada bueno a menos que el Espíritu Santo produzca un milagro”. Nosotros sabemos, cincuenta años después, que el milagro no se produjo.  
Sin embargo, el principal hecho que revela la flagrante irresponsabilidad del papa Juan fue que en ningún momento se planteó elaborar un plan para el concilio que había convocado, y que planeaba que durara apenas dos meses. ¿A qué persona sensata puede ocurrírsele que casi tres mil personas de todos los lugares de la tierra, que no se conocen, podían ponerse de acuerdo en temas tan delicados como los que se pretendía tratar, de un día para otro, por más obispos que fueran? Y lo peor es que no se sabía qué temas había que tratar. En pocas palabras, Juan XXIII convocó a un concilio para que los obispos del mundo entero se juntaran a tomar mate y hablar del tiempo… Y esto, una vez más, no es una opinión personal: es la conclusión a partir de los hechos que se conocen. 
Se sabe que el cardenal Montini, cuando comenzó a asistir a las reuniones de la Comisión preparatoria del Concilio, se alarmó al descubrir que no había un plan general y, consecuentemente, no había dirección. Se requería de un liderazgo que el papa Juan no podía suministrar. Por su parte, Mons. Suenens, arzobispo de Bruselas, llegó a la misma conclusión y en marzo de 1962 preguntó a Juan XXIII: “¿Quién elabora un plan general para el Concilio?”. “Nadie”, dijo el papa Juan. “Pero habrá un caos total -siguió Suenens- ¿Cómo cree que podemos discutir setenta y dos borradores de omni re scibili et quibusdam aliis (acerca de todo lo que se puede saber y unas pocas cosas más?”. “Sí -convino Juan XXIII-, necesitamos un plan… ¿Desearía preparar uno?”. Y así fue que el primer plan general del concilio fue preparado por el progresista Suenens, que poco después se convertiría en cardenal, y sobre ese plan maestro, Montini elaboró el definitivo que fue el que finalmente se ejecutó (Este hecho lo narra Hebblethwaite, ex jesuita de abiertas simpatías progresistas y cercano a todos los protagonistas del momento). 

Estos hechos, a mi entender, demuestran que más allá de la piedad y bonhomía de Roncalli, no poseía la capacidad suficiente para desempeñar el cargo más alto sobre la tierra. Y es lo mismo que ocurre con el papa Francisco. En los últimos meses se ha manifestado con evidencia ya para todo el mundo, y no solamente para los miembros de la Curia, el caos de este pontificado. De hecho, la misma prensa civil anunciaba días atrás la “catástrofe para la Iglesia católica” que significa el pontificado de Bergoglio.   
Pero a mí me interesa, en este post, fantasear acerca de la posibilidad de similitudes también entre el cónclave que eligió a Pablo VI , luego de un pontificado caótico, con el que elegirá al sucesor de Francisco, luego de otro pontificado caótico. 
El cardenal Montini era, nos guste o no, el más preparado para el cargo. Había pasado todo su sacerdocio sirviendo a la Curia Romana y había sido la mano derecha de Pío XII a quien apreciaba sinceramente [Véase la carta que escribió a The Tablet sobre Pacelli dos días antes del inicio del cónclave en el que sería elegido papa]. Pero además, y esto también pesaba, había sido uno de los responsables más notorios de que el Partido Comunista no ganara las elecciones italianas de 1948 y que se estableciera la Democracia Cristiana como partido dominante. Pero también era un enamorado de la teología francesa del momento, abanderado del Humanismo integral de Jacques Maritain y pastor más o menos populista en su sede milanesa. Y por todo esto, y con razón, era resistido por los conservadores quienes tenían todo el poder para bloquear su elección. 
Y es aquí donde aparece la astucia de unos, y la poca astucia de otros. Montini no levantó la cabeza porque sabía que si lo hacía, sería blanco para muchos fuegos. En la primera sesión del Concilio apenas si había intervenido dos veces, sin fijar nunca su posición sobre temas álgidos, y así se mantuvo con discreta neutralidad hasta el mismo cónclave. De hecho, llegó a Roma sólo dos días antes de su inicio y se alojó en el convento de las Hermanas de la Virgen Niña, para mantenerse alejado de cualquier centro de intrigas. 
Los liberales, por otro lado, levantaron dos cabezas a sabiendas que eran inaceptables. El cardenal König hizo saber que un no italiano sería aceptable para los italianos, y eso significaba candidatear a Suenens, que se había enamorado de la idea de convertirse en el primer papa extranjero en más de cuatro siglos. Y, por otro lado, le dieron aires al cardenal Lercaro, arzobispo de Bolonia, conocido por ser quien primero había incorporado los experimentos litúrgicos en Italia y por ser el primero también en haber hablado de una iglesia para los pobres durante el Concilio. Lercaro, que a juicio de Bouyer era una persona “poco instruida”, se creyó papa. Luego de una reunión con Montini en la que el zorro de Brescia le habría dado garantías, escribió una carta a sus fieles de Bolonia en la que les decía que ya no volvería a su sede y se despedía de ellos. Estaba seguro de ser elegido. No se daba cuenta que era una herramienta del partido liberal. 
En cambio, por parte de los cardenales conservadores, no había estrategia ni candidato definido alguno. Probablemente seguían creyendo que al papa lo elige el Espíritu Santo… Por cierto que Siri era el más conocido y se lo consideraba el heredero natural de Pío XII, pero parece que el no estaba convencido. De hecho, junto al cardenal Ottaviani, apoyó y bregó para que fuera elegido el cardenal Antoniutti, en el que se concentrarían los votos conservadores. Pero no era un buen candidato. Lo único que le jugaba a favor era su edad (sesenta y cinco años), pero venía de un paso algo turbio para la época: había sido nuncio en España y amigo personal de Franco. Era demasiado para los optimistas aires democráticos de los ’60. 
Sin embargo, lo que terminó de hundir cualquier posibilidad que ganara un candidato conservador fue el desatinado discurso De eligendo pontifice que pronunció en presencia de todos los cardenales electores Mons. Amleto Tondini, un notorio miembro del partido tradicionalista. Fue un discurso que yo habría aplaudido de pie y lo mismo habrían hecho seguramente todos los lectores del blog. Mostró que el optimismo del Juan XXIII había sido infundado y que el mundo que lo aplaudía era el mundo enemigo de Cristo que nunca aceptaría el liderazgo de la Iglesia, y denunció las novedades del momento como el cientificismo, el materialismo y el relativismo, a las que muchos veían con buenos ojos. Para finalizar, dijo claramente que si los “hermanos separados” querían reunirse, debían todos ellos volver al seno de la Iglesia católica. 
Estrategia típica de los conservadores: despertar aplausos entre los propios y espantar a los que podrían haberse acercado. Según los informes de la época, como el de Bernard Pawley, consideraron con razón que este discurso tuvo el efecto “de fortalecer a la izquierda y quizás, incluso, de acercar hacia la izquierda a algunos de los vacilantes del centro, que de ese modo tuvieron una demostración gratuita de lo les esperaba si elegían un papa derechista”. Total que entraron al cónclave cuatro candidatos: Antoniutti por los conservadores; Suenens y Lercaro por los liberales, y Montini que se había convertido en el moderado. La jugada estaba armada.
Según relatan los que saben, las primeras dos votaciones de la mañana del 20 de junio de 1963, parecieron darle cierta chance a los conservadores, si no para elegir a su candidato, al menos para bloquear a Montini y volcarse por un candidato de compromiso, que era el cardenal Francesco Roberti. Montini obtuvo treinta votos y Antoniutti veinte. Lercaro también veinte, y el resto se dispersó. Aquí Suenens se bajó y exhortó a sus partidarios a dar sus votos a Montini. La tercera votación, en la tarde de ese mismo día fue tan inconcluyente como las anteriores. 
Se dice que al finalizar la votación se escuchó la voz airada del cardenal Gustavo Testa quien dijo que debían cesar las maniobras y pensar en el bien de la Iglesia. Y esa noche, los conciliábulos se sucedieron en todo el Palacio Apostólico. Era una noche muy calurosa en la que se hacía difícil conciliar el sueño. El cardenal König de Viena habría prometido a Montini el apoyo de los liberales, y el cardenal Siri habría pactado también con él el apoyo renuente de los conservadores a condición de que mantuviera como Secretario de Estado al cardenal Amleto Cicognani y no nombrara a Suenens como había sido el acuerdo previo con los progresistas. Y fue lo que efectivamente sucedió (Andrew Greeley, The Making of the Popes, Andrews and McMeel, Kansas City; 1978, p. 262).  Incluso el cardenal Ottaviani se habría inclinado por Montini (Giancarlo Zizola, Quale Papa?, Borla, 1977, p. 167), con quien había sido amigo cercano en los años ’30.
Al día siguiente, 21 de junio, y recién en la sexta votación, Giovanni Battista Montini obtuvo raspando la mayoría exigida: cincuenta y siete votos, apenas dos más de los necesarios. Y así nació Pablo VI, de triste y lamentable memoria.  
A modo de fantasía, preguntémonos si las similitudes de ambos pontificados se reflejarán también en los cónclaves. Es decir, si el cónclave que se reunirá en algún momento de la historia -si es que aún queda historia- para elegir al sucesor de Francisco tendrá elementos comunes con el que eligió al sucesor de Juan XXIII. 
Y la propuesta de esta fantasía no es caprichosa, puesto que yo veo varios puntos en común. En primer lugar, el menguado grupo conservador no tiene candidato. En algún momento podría haberlo sido el cardenal Burke, pero se inmoló  en un gesto de nobleza, desprendimiento y virtud que lo honra, al ponerse franca y abiertamente a la cabeza del grupo de resistencia a Bergoglio, y como esperanza y consuelo de millares de fieles en medio de estos tiempos de confusión.
Otro al que miramos con buenos ojos es al cardenal Sarah, quien no solamente es favorable a la liturgia tradicional, sino que es un hombre de Dios. Esa es la impresión que se desprende luego de la lectura de su libro La fuerza del silencio, que recomiendo vivamente. Pero justamente estas características le quitan posibilidades: pocos, ni siquiera los moderados, querrán un papa que recomiende abiertamente volver a celebrar la misa ad Orientem o que sea tan “monástico”, y tan santo… Le faltaría la sagacidad necesaria para moverse en los terrenos curiales.
Hasta hace algunos meses el candidato perfecto, a mi entender, habría sido el cardenal Pell. Tenía todas las condiciones: no era europeo (australiano), era educado (formado en Oxford) e inteligente, y con la personalidad suficiente para imponerse en los corrillos episcopales. Pero la sucia jugada que le hicieron -según dicen muchos, sus propias colegas de la Curia- aventando las falsas denuncias de encubrimiento de abusos sexuales ocurridas en los ’80 por las que se está defendiendo en Australia, hacen imposible su elección.
Algunos piensan, quizás, en el cardenal Müller. No me parece. En primer lugar, porque sería repetir, como en un calco la elección de Ratzinger. Es decir, en el imaginario sería volver a elegir a Benedicto, y el Sacro Colegio no haría eso. En segundo lugar, porque sería una oposición demasiado fuerte y abrupta al pontificado de Francisco. Y, finalmente, porque dudo que Müller sea un candidato conservador como la mayoría lo imagina. Es un candidato católico, lo cual ya es mucho decir, pero no es un conservador.
Los progresistas, en cambio, tienen varios candidatos, y tendrán más porque nadie dice que Francisco no siga nombrado cardenales a troche y moche, así como nombra obispos. Y bien pueden tramar un estrategia como la que triunfó en el cónclave del ’63. Podrían, por ejemplo, darle aires con ayuda de la prensa a cardenales definidamente liberales como Marx, de Münich o Schönborn de Viena, o con definido olor a oveja, como Tagle, de Manila, y que difícilmente podrían ser elegidos (unos por demasiado progresistas y el otro porque ninguna persona sensata elegiría a otro cardenal del tercer mundo después de la experiencia Bergoglio), para obligar a los conservadores a llegar a un candidato de compromiso. Y éste podría ser Ravasi o Baldisseri, por ejemplo, si pensamos en los más liberales, o Erdö, que cobró bastante protagonismo en el último sínodo, si nos inclinamos por alguien más conservador.

Y como fantasear es gratis, yo propongo otro candidato de compromiso: Mons. Michel Aupetit, arzobispo de París recientemente nombrado por lo que no es aún cardenal. Es un hombre de fe y de doctrina católica; es simpatizante de la liturgia tradicional (cuando era párroco en París, en su parroquia se celebraba dominicalmente la misa en forma extraordinaria), es inteligente y tiene una característica muy valiosa: no proviene de ámbitos clericales. Fue médico, ejerció once años su profesión, hizo su doctorado en medicina, se especializó en bioética y fue profesor universitario. Luego entró al seminario -que habrá sido más bien breve-, y se ordenó sacerdote a los 44 años. Es decir, no pasó por la picadora de sesos en la que se han convertido los seminarios contemporáneos, y es extraño a las camarillas y a las costumbres de los clérigos que suelen ser malsanas. El sitio Messa in latino, que no es precisamente liberal, publicó hace pocos días su homilía pascual, un texto católico, inteligente y breve, lo que siempre se agradece de una homilía. 
Habrá que esperar que llegue el momento del cónclave. Me auguro que la espera no sea muy larga. 

lunes, 7 de mayo de 2018

La burra de Balaam


No se pueden quejar. Nos la dejaron servida. Cada uno podrá decidir cuál de los tres es Moe y cuál Larry. A Curly lo delata su andorga.
Este video de la cúpula de la Conferencia Episcopal Argentina circuló hace algunos días a través de los medios de prensa del país intentando de ese modo, impedir que sea sancionada la criminal ley del aborto. Quiera Dios que tamaña iniquidad no suceda en el país pero no será, por cierto, gracias a la campaña pro-vida -pero no en contra del aborto- llevada a cabo por los obispos, que no están en contra de nada y que optaron por colgarse cartelitos en el cuello el Domingo de Ramos y por grabar un corto más propio de Calabromas que de personas serias y poseedoras del mínimo de nous requerido para liderar la Iglesia de un país. 
A veces es difícil saber si la estupidez es más dañina que la malicia o es al revés. Pero, como dice un amigo, pareciera que lo inocuo, cuanto más inocuo más inicuo. Que, en el habla por ejemplo, los lugares comunes no son plazoletas de paso para todos, sino zonas liberadas, juntaderos de las peores pestes y perversiones. Que lo trillado se vuelve troyano y lo banal, la impostura del mal. 
Hay que preocuparse cuando los obispos y sacerdotes nos dicen una barbaridad o una herejía; pero cuando nos dicen una reverenda estupidez, temblemos.
El videíto, que nos provoca rabia, risa, vergüenza ajena, de la propia, y demás sensaciones, cuenta sin embargo con una perla, un hallazgo, una verdad redondísima que vale la pena rescatar del fango. Y es cuando, en el minuto 4.22, sin ningún preaviso, entre medio de una caterva de incomibles lugares comunes, dice el prelado presidente que “es hora de elevar un poco la mirada y de superar las recetas de cuarenta años atrás”. 
Sin pestañar, acto seguido, retoma el tono buenista y la trilladura serial. 
Y así fue cómo la Burra de Balam comunicó a la Iglesia entera una verdad bastante evidente, pero que estos pastores a sueldo no habían atrevido a decir jamás:  que es hora de buscar un camino superador de recetas del setentismo vencido, que ya ha dado muestras de ruina y fracaso. Tal vez alguno de los tres escuchó la valiente carta de un joven al Papa, diciéndole que los jóvenes idealistas de los setenta… hoy son viejos de setenta y que en nada representan los anhelos y deseos de los jóvenes de hoy, hartos del vetusto setentismo.
Que el Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en nombre de los 90 obispos argentinos, salga a decir que no se puede seguir insistiendo en recetas de hace cuarenta años, ha sido un mensaje elocuente. Inútil, ciertamente, pero elocuente. Lo primero, pues sin duda no es lo que intentaba decir, pero como Caifás (Jn 11,50) no dijo eso por sí mismo, sino que profetizó pues era Presidente de la CEA ese año. 

jueves, 3 de mayo de 2018

Entrevista a Mons. Antonio Livi


Nuestro mundillo tradicionalista, conservador, ultracatólico o como quiera llamársele tiene pocos teólogos en serios y muchos teólogos aficionados u opinadores como es mi caso.
Mons. Antonio Livi es un teólogo de profesión; un teólogo en serio, profesor emérito de la Pontificia Universidad Lateranense. Y, además, es un teólogo valiente que no teme decir las cosas como son.
El video tiene subtítulos con una buena traducción al español; quienes lo necesiten, pueden activarlos. 

viernes, 27 de abril de 2018

Novus ordo de Semana Santa: Vigilia Pascual

Finalizamos con esta entrada la serie sobre las reformas de los ritos de Semana Santa, introducidos en 1955 por el Papa Pío XII, y que son los que se encuentran en el misal “tridentino” de 1962, y prácticamente con la misma disposición en el misal “modernista” de Pablo VI.

1. Invento: Se introduce una bendición del cirio pascual en el atrio, el cual debe ser sostenido por el diácono durante toda la ceremonia. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: Se bendecía en el exterior de la iglesia el fuego nuevo y los granos de incienso pero no el cirio. El fuego pasaba al arúndine, una especie de caña o asta con velas en su extremo, las cuales eran encendidas progresivamente durante la procesión al interior del templo: de allí las tres invocaciones del Lumen Christi. Con uno de estos cirios se encendía el cirio pascual que, desde el comienzo de la ceremonia, se encontraba colocado en el candelabro (en muchas iglesias paleocristianas la altura de este candelabro había exigido la construcción de un ambón a fin de poder alcanzar el cirio, tal como puede observarse en la fotografía de la catedral de San Mateo, en Salerno). El fuego era llevado por la caña con las tres velas -la Santísima Trinidad-, al gran cirio pascual -Cristo resucitado-, a fin de simbolizar que la resurrección era obra de la Trinidad.
Con esta reforma se convirtieron en inútiles justamente en el día del Sábado Santo, todos los candelabros pascuales, muchos de los cuales venían de los albores del cristianismo. Con el pretexto de volver a los orígenes, las obras de arte de la antigüedad se convierten en inservibles piezas de museo. Las tres invocaciones del Lumen Christi dejan de tener razón litúrgica. 

2. Invento: Colocación del cirio pascual en el centro del coro, después de una procesión en la que se lleva dentro de la iglesia que se ilumina progresivamente a cada invocación del Lumen Christi. A cada invocación se hace una genuflexión ante el cirio y a la tercera se ilumina la iglesia entera. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: El cirio se encontraba apagado, generalmente del lado del Evangelio, y hacia él se acercaban con la caña o arúndine el diácono y subdiácono para encenderlo durante el canto del Pregón Pascual. Las únicas luces encendidas era las velas de la caña hasta el canto del Exultet

3. Cambio: Torcimiento de la simbología del canto del Exultet y de su naturaleza de bendición diaconal. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: El canto del Exultet comenzaba delante del cirio apagado, los granos de incienso de colocaban cuando el canto habla del incienso, el cirio se encendía junto a las luces de la iglesia cuando el texto hacia referencia a estas acciones, las que junto al canto constituían la bendición.
Aunque varios reformadores quería torcer esta ceremonia, otro miembros de la Comisión se opusieron por lo que el resultado fue el pasticcio de un canto tradicional asociado a un rito totalmente alterado. Y sucede entonces que uno de los momentos más significativos de todo el ciclo litúrgico se convierte en una escena teatral de gran incoherencia. En efecto, las acciones que de las que habla el cantor del Exultet han sido realizadas media hora antes en el atrio del templo. Se canta sobre la inserción de los granos de incienso suscipe pater incensi huius sacrificium vespertinum, pero éstos ya están clavados en el cirio. Se alaba el encendido del cirio con la luz de la Resurrección  sed iam columnae huius praeconia novimus quam in honorem Dei rutilans ignis accendit, pero el cirio hace rato que está encendido. La simbología de la luz se desnaturaliza porque cuando se canta triunfalmente la orden de encender todas las luces, símbolo de la Resurrección, alitur enim liquantibus ceris, quas in substantiam pretiosae huius lampadis apis mater eduxit, hace tiempo que toda la iglesia está iluminada por los cirios que sostienen los fieles. Es una incomprensible simbología en la que las palabras pronunciadas no tienen relación con la realidad del rito. 
Por otro lado, el canto del pregón pascual constituía junto a los gestos que lo acompañaban la bendición diaconal por excelencia. Pero con la reforma, el cirio es bendecido con agua en el exterior de la iglesia.

4. Cambio: Introducción de la práctica de dividir las letanías en dos partes, insertando en el medio la bendición del agua bautismal. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: Terminada la bendición de la fuente bautismal, se cantan las letanías que preceden la Misa. 

5. Invento: Bendición del agua bautismal en una palangana en el centro del coro, con el celebrante cara al pueblo y de espaldas al altar.
Práctica tradicional anterior a la reforma: La bendición del agua bautismal se hacía en el bautisterio, que estaba fuera de la iglesia o al fondo de ella. Los eventuales catecúmenos eran recibidos en el ingreso del templo, y allí eran bautizados, y podían después acceder a la nave, pero no al coro, como es lógico, ni antes ni después del bautismo.
En la práctica, se trató de sustituir la fuente bautismal por una cacerola de gran tamaño colocada en el centro del coro, y el motivo fue para que todos los ritos fueran realizados por los ministros cara al pueblo, según aparece claramente afirmado en los documentos de la Comisión, “a fin de que los fieles sean verdaderos actores de la celebración… por eso la Comisión ha escuchado las aspiraciones fundadas del pueblo de Dios… porque la Iglesia está abierta a los fermentos de la renovación”. Difícilmente podría comprobarse que el pueblo haya solicitado estos cambios que terminaron por destruir todo el orden de la arquitectura sagrada desde sus mismo orígenes hasta la actualidad. En una época, el bautisterio con la fuente bautismal estaba fuera de la iglesia, y más tarde, en su interior pero junto a la entrada, ya que el bautismo es la “puerta de los sacramentos”, que hace miembro de la Iglesia a quien está fuera de ella. 

6. Cambio: Alteración de la simbología del canto sicut cervus
Práctica tradicional anterior a la reforma: Al finalizar el canto de las profecías, el celebrante se dirigía hacia la fuente bautismal para proceder a la bendición del agua y al bautismo de los catecúmenos, mientras se cantaba el Sicut cervus. El canto precedía, lógicamente, la administración del bautismo. 
Como la bendición del agua se hizo en el coro, se hizo necesario inventar alguna ceremonia para llevarla al bautisterio, la cual se hace cantando el Sicut cervus, es decir la parte del salmo 41 que hace referencia a la sed que le sobreviene al ciervo después de haber sido mordido por la serpiente, y que se extingue solamente bebiendo el agua salvadora. Pero con los cambios, resulta que el ciervo ya ha bebido (el bautismo ha sido conferido). La simbología queda totalmente alterada. 

7. Invento: Se introduce ex nihilo la renovación de las promesas bautismales.
Práctica tradicional anterior a la reforma: No existía la renovación de las promesas bautismales y, en esta modalidad, no había existido nunca antes en las liturgias de Oriente y Occidente.
Se trata de una “creación pastoral” que no tienen ningún asidero litúrgico, con el fin de “tomar conciencia” de los sacramentos recibidos en el pasado. De un modo análogo se procede en la misa crismal del Jueves Santo con la renovación de las promesas sacerdotales. Con estas prácticas se introduce un vínculo entre el orden sacramental y el orden sentimental-emocional, entre eficacia del sacramento y toma de conciencia. Estas prácticas, que no tienen ningún fundamento ni en la Escritura ni en la praxis de la Iglesia, pareciera ser un débil convencimiento en la eficacia de los sacramentos.  

8. Cambio: Se introduce sin ninguna justificación litúrgica, la segunda parte de las letanías dejadas a la mitad antes de la bendición del agua bautismal.
Práctica tradicional anterior a la reforma: Las letanías se cantaba íntegramente y sin interrupciones después de la bendición de la fuente bautismal y antes de la Misa.
Se trata de una innovación incoherente e incomprensible.
9. Cambio: Supresión de las oraciones al pie del altar, del salmo Iudica me Deus y del Confiteor al inicio de la Misa.
Práctica tradicional anterior a la reforma: La Misa se inicia con las oraciones al pie del altar, el salmo 42 y el Confiteor
Se trata de un claro antecedente de los que sucederá algunos años más adelante, con el Novus Ordo Missae, en el cual el suprime definitivamente el salmo Iudica, que recordaba la indignidad del sacerdote que accede al altar. 

10. Cambio: En el mismo decreto se abolen todos los ritos de la Vigilia de Pentecostés con excepción de la Misa. 
Práctica tradicional anterior a la reforma: La Vigilia de Pentecostés poseía una serie de ritos particulares a los cuales se hace referencia en el hanc igitur de la Misa. 

Se trata de una ignominiosa e indignante abolición. El día de Pentecostés tenía, desde los más remotos tiempos, una vigilia similar a la vigilia pascual. Según los documentos de la Comisión, no hubo tiempo para reformarla y, por otro lado, no se la podía mantener en tanto que cincuenta días antes se habría celebrado una vigilia pascual totalmente reformada. Consecuentemente, se decidió eliminarla ignorando más de un milenio de tradición.

martes, 24 de abril de 2018

Desbrozando


A raíz del post titulado Avistaje de diaconisas, y a fin de no caer en una de las prácticas que con frecuencia criticamos, me parece que es necesario desbrozar, porque en los comentarios se comenzaron a mezclar conceptos, ideas y prácticas que no hacen más que confundir. Y empecemos por lo de las diaconisas.Creo que nadie en su sano juicio podrá negar el papel imprescindible que juegan las mujeres en la Iglesia, comenzado por el que más privilegiado de todos, el que le tocó en suerte a la Elegida, la Santísima Virgen María. El servicio que han prestado y prestan las mujeres es insustituible y no es necesario repasarlo: es por demás evidente.
Es verdad también que hay situaciones excepcionales en las que el papel de la mujer dentro del servicio a la Iglesia cobra un papel más protagónico. Es lo que ocurre en la Amazonía. Probablemente resulte difícil o imposible para nosotros, habitantes de medios urbanos, situarnos en esos contextos tan diversos. A mi me ayuda el recuerdo de unas religiosas que conocí y que suelo cruzar de vez en cuando: las Misioneras de Jesús Verbo y Víctima, que fueron fundadas en Perú en los ’60. Me consta que son religiosas piadosas, observantes y bien formadas. La mayor parte de sus fundaciones están precisamente en la zona de la Amazonía y su “carisma” es establecerse en lugares donde no llegan los sacerdotes. De hecho, a muchas de sus fundaciones en medio de la selva peruana o brasileña, el sacerdote las visita sólo una vez al año. En estos caso, me parece bueno y necesario que ellas no solamente enseñen el catecismo y visiten a los enfermos, sino que también bauticen, asistan como testigos a los matrimonios y los días domingo presidan algún tipo de celebración en la que puedan distribuir la Sagrada Comunión. Los cristianos que viven en esas remotas y casi inaccesibles regiones necesitan de los sacramentos porque los sacramentos son los medios ordinarios con los que Dios distribuye su gracia. Me parece, por tanto, que estas prácticas son buenas y no hay por qué eliminarlas o cuestionarlas. 
Otra cosa distinta es pretender ordenar a estas mujeres -sean religiosas o no-, como diaconisas, y primero habría que precisar que se entiende y que se entendió por tales en la tradición de la Iglesia. El documento El diaconado. Evolución y perspectivas, elaborado en 2002 por la Comisión Teológica Internacional, concluye luego de un meticuloso estudio: “La presente panorámica histórica nos permite constatar que ha existido ciertamente un ministerio de diaconisas, que se desarrolló de forma desigual en las diversas partes de la Iglesia. Parece claro que este ministerio no fue considerado como el simple equivalente femenino del diaconado masculino. Se trata al menos, sin embargo, de una verdadera función eclesial ejercida por mujeres, mencionada a veces antes de la del subdiaconado en la lista de los ministerios de la Iglesia. ¿Era este ministerio conferido por una imposición de manos comparable a aquella, por la que eran conferidos el episcopado, el presbiterado y el diaconado masculino? El texto de las Constituciones apostólicas dejaría pensar en ello; pero se trata de un testimonio casi único y su interpretación está sometida a intensas discusiones. ¿La imposición de manos sobre las diaconisas debe asimilarse a la hecha sobre los diáconos, o se encuentra más bien en la línea de la imposición de manos hecha sobre el subdiácono y el lector? Es difícil zanjar la cuestión a partir únicamente de los datos históricos”. Es decir, pretender restaurar el diaconado femenino sería equivalente a inventar el diaconado femenino, porque nadie sabe a ciencia cierta qué fue ese ministerio en la Iglesia primitiva. Los encargados de hacerlo serían los conocidos liturgistas de escritorio con un amplísimo poder de imaginación y creatividad. Non placet.
La solución que proponen nuestros beneméritos obispos es crear un nuevo ministerio para el que sugieren el repulsivo nombre de ginacólitas que, como vimos, desempeñarían  funciones similares a las que recién comentábamos que hacen las monjitas peruanas. Y yo veo aquí dos problemas. El primero es que ese servicio que desempeñan estas religiosas u otras mujeres en la Amazonía no tiene por qué extenderse a toda la Iglesia. Estamos hablando de una región geográfica muy particular, con características muy especiales y en las cuales este tarea desempeñada por mujeres es la única posibilidad que las comunidades cristianas reciban los sacramentos. Y yo me temo que los obispos pretendan, por una cuestión de corrección política, que poco a poco vaya extendiéndose con diferentes excusas a toda la Iglesia. Y entonces tendríamos que los casamientos de los sábados a la noche los celebraría una monja o una piadosa y rezadora feligresa, mientras el párroco y sus vicarios están viendo La casa de papel mientras comen pizza. Es lo que ocurre en la actualidad con los ministros/as extraordinarios de la eucaristía que distribuyen la sagrada comunión mientras el cura permanece cómodamente sentado en el presbiterio, o la llevan a los enfermos mientras el preste se dedica a hacer running.  
Y el segundo problema es que yo no veo la necesidad de inventar un nuevo ministerio para esto. ¿Es que las monjas de Jesús Verbo y Víctima u otras como ellas, están ofendidas porque no son ministras de algún tipo? ¿Es que han elevado cartas y peticiones al respecto? ¿Es que han organizados manifestaciones frente a los palacios episcopales? No. Absolutamente no. Ellas están lo más bien y tranquilas haciendo lo que deben hacer en las circunstancias extraordinarias en las que se encuentran. Las que sí organizan ese batifondo son las monjas que residen en elegantes conventos de Manhattan y que pasan el día infectándose con libros sobre ideología de género y sobre el machismo y el patriarcado en la Iglesia.
Pero sigamos desbrozando. Una cuestión estrechamente ligada a ésta y que también será tratada en el sínodo, es la referida a la posibilidad de ordenar sacerdotes a viri probati, es decir, hombres casados, de edad madura y virtud probada, que puedan celebrar los sacramentos en esas comunidades tan alejadas. Nuestra sensibilidad tradicionalista se eriza al escuchar tal posibilidad y enseguida reaccionamos descubriendo allí otra de las maquinaciones de los modernistas. Y creo que es un error. Es decir, creo que es un error considerar que la discusión sobre el celibato sacerdotal en la Iglesia latina es una cuestión de modernistas y, consecuentemente, es un gravísimo error entregarles a ellos esa bandera. En otras palabras, la discusión del celibato obligatorio para el clero secular latino no es un discusión de modernistas y conservadores; es una discusión que se da en otros niveles, más allá que algunos quieran quedarse con las banderas. Brevemente, se puede defender la tradición y, a la vez, estar de acuerdo con la posibilidad de sacerdotes casados, sin cometer herejías y sin traicionar a nadie. Y tengo varios argumentos para probar lo que digo.

En primer lugar, como todo el mundo sabe, el celibato no es condición necesaria para el sacerdocio, y no solamente porque así lo atestiguan los Hechos de los Apóstoles y las epístolas paulinas, sino la praxis misma de la Iglesia: el clero secular de las iglesias orientales, tanto católica como ortodoxa, puede estar casado, y de hecho, lo está, y esto ha ocurrido así desde los inicios mismos del cristianismo. Y otro dato importante: desde el pontificado de Pío XII al menos, a los sacerdotes anglicanos que estaban casados y se convertían a la Iglesia romana, se los ordena nuevamente y se les permite seguir casados. Y esta práctica se renovó recientemente con el Papa Benedicto XVI y la creación del ordinariato de Walsingham. Y aquí tenemos ya un elemento a favor a la ordenación de viri probati para la Amazonía: la Iglesia ya ha considerado un caso particular -los convertidos de la iglesia de Inglaterra- en el que la obligación del celibato ha sido levantada, y no ha sucedido ninguna catástrofe.
Para vayamos a argumentos de más peso que la pura praxis. El famoso cardenal Cayetano, comentador eximio de Santo Tomás de Aquino, redactó en 1530 para el papa Clemente VII un memorándum con sugerencias destinadas a combatir la herejía luterana. Allí aconsejaba, por ejemplo, que se permitiese a los laicos recibir la comunión bajo las dos especies, que no se exigiese a los teólogos luteranos una retractación formal, sino solo que confesasen creer lo que siempre había creído la Iglesia universal y, en relación a nuestro tema, que en Alemania los sacerdotes pudieran casarse (Cf. Jared Wicks (ed.), Cajetan Responds: A Reader in Reformation Controversy, Catholic University of America Press, Washington, DC 1978, pp. 201-203). Se trata de la misma idea: frente a una situación particular -el surgimiento del protestantismo-, la Iglesia podría dispensar de la ley del celibato a los sacerdotes del clero secular.
Pocos años después, la cuestión del celibato fue ampliamente discutida en el Concilio de Trento. Uno de los impulsores más importante fue el duque Albrecht de Baviera, cuyo legado, Segismund Baumgartner afirmó estar convencido de que en los países de habla germánica los católicos fieles y piadosos habían llegado a la conclusión de que “un casto matrimonio es preferible a un celibato deshonesto: castum matrimonium contaminato coelibatui praeferendum. Pronosticó, además, que la situación continuaría deteriorándose, a no ser que, en conformidad con los usos y costumbres de la Iglesia primitiva fueran admitidos a las órdenes sagradas varones bien formados y casados. Meses más tarde, el mismo duque Albrecht, a través de dos embajadores suyos enviados a Roma, pidió directamente al papa una doble autorización: para que los laicos pudiesen comulgar bajo las dos especies y para que “varones casados, rectos y bien formados, pudiesen realizar ciertas tareas eclesiásticas, especialmente predicar la palabra divina” (Concilium tridentinum: diarorum, actorum, epistolarum, tractatuum nova collectio VIII, Herder, Friburgo, 1901-ss, pp. 620-626). Pío IV contestó a la primera petición diciendo que eso era algo que estaba considerando el concilio y que él no deseaba interferir en el resultado del debate. La segunda petición se la transmitió a los legados, pidiéndoles que le hiciesen saber cuanto antes cuál era su opinión al respecto. Los legados consultaron el asunto con cuatro teólogos, que en su respuesta afirmaron que el matrimonio de los sacerdotes era contrario a la tradición de la Iglesia y, en su opinión, inconveniente, “incluso para estos calamitosos tiempos”. Pero no por eso la discusión terminó allí. El dominico español Juan Ludeña entabló un largo y tedioso diálogo imaginario con Calvino sobre el matrimonio y el celibato en el que reconoció que, aun cuando en las circunstancias de entonces existían buenas razones para dispensar del celibato y ordenar a varones casados, eran más fuertes las razones que desaconsejaban esa solución. Otros teólogos, como el dominico alemán Sanctes Cinthius y el franciscano italiano Lucius Anguisciolo, afirmaron, por el contrario, que asegurar la supervivencia de la fe en un país era más importante que la ley del celibato (Concilium tridentinum:… IX, pp. 446-458; 463-464, 465).
Los padres del Concilio de Trento actuaron con prudencia y sabiduría. La eliminación del celibato no habría frenado la herejía luterana. Pero el hecho que teólogos de la talla y ortodoxia de Cayetano haya propuesto la posibilidad de suspender la necesidad del celibato para situaciones y zonas geográficas determinadas, y que los padres del Concilio de Trento lo hayan discutido seriamente, muestra que no estamos meramente frente a una cuestión impuesta por los modernistas.   
Pero aparece el temor que señalábamos más arriba: ¿no se tratará de un ariete y, una vez permitida la ordenación de viri probati en la Amazonía comenzarán a reclamarla para todo el clero latino? Es una posibilidad, y una posibilidad cierta. Claro que no estoy de acuerdo, porque traería más problemas que los que solucionaría, y sobre este tema hablamos en el blog hace un tiempo y no vamos a repetirnos. 
Lo que no me parece acertado es reducir la discusión a una cuestión de modernistas. No lo es. Y, para el caso de la Amazonía, creería que sería razonable analizarlo. 

sábado, 21 de abril de 2018

Cuando los santos vienen reptando

por un colaborador del blog.

“¡Buscad las cosas de Arriba!”
Colosenses 3, 1.

El reciente documento papal (GE) es objetable en un sinfín de aspectos y de un sinfín de maneras. Su horizontalismo, su terrenismo, su mirada asfixiada y asfixiante en el círculo sin salida del hombre y sus minúsculos avatares temporales, la sistemática devaluación de nuestra Fe, la apología de lo mediocre pueden ser ejemplificados con gran número de frases extraídas de la penosa Exhortación. Errores sutiles o burdos se han ido marcando y se seguirán haciendo en el correr de estas semanas. Citas trampeadas de san Agustín, san Buenaventura, santo Tomás han sido de inmediato denunciadas y desenmascaradas en su vil manipulación: recortadas, mochadas al mejor estilo Viganò. Y así, muchas otras falacias del texto están siendo cuidadosa y minuciosamente explicadas en diversos medios.


También se ha manifestado ya (a riesgo ya de caer en tautológicas trilladuras) lo banal del estilo simplista, minimalista, trivial e insípido. No es justamente un texto (¿hará falta decirlo?) que encienda los corazones en el fervor gallardo, que enardezca a los desmotivados jóvenes a librar feroz batalla en favor de la santidad ni nada semejante. No es precisamente un texto que hinche los pulmones, empañe los ojos y mueva el alma a lanzarse de lleno a la locura de la santidad. La épica no es su fuerte. Muy por el contrario, se esmera en Pontífice, desde el primer renglón hasta el último, en mantener intacta su caligrafía (esa letra diminuta) con que vindicar la mediocridad.
De Francisco hubiera dicho Chesterton: enarbola la sencillez, que es un pomposo nombre para la moderación, que a su vez es un nombre elegante para la mediocridad.
Y esto, más que en tal o cual frase puntual del texto, hay que descubrirlo en su clima general, su atmósfera; insistamos: en su caligrafía. Aquí sabe más el buen paladar que el aceitado silogismo. Pues se trata de eso: de un sabor, un inefable sabor pastoso, terroso, arcilloso, sin reminiscencias ni a la Roca ni al Agua ni al Fuego, que son los precursores de todo lo que sabe a Dios. Además, dirían los enólogos, es un vino “corto”, que se apaga en la boca de inmediato.
Disculpen lo extremadamente analógica de la descripción, pero no es fácil acertar en los términos cuando de “esto” se trata…
Hay algo paradojal en el estilo verbal de Francisco; algo así (si se me permite) como un contra-Kells. Si era asombrosa la proeza de las iluminaciones medievales, que lograban en una sola letra meter tanto arte, tanta belleza, tanta verdad… aquí el fenómeno es inverso (y no por eso menos asombroso): que pueda decirse tan poco con tantas palabras. O incluso más: que pueda decirse la misma nada inerte de un modo tan facundo y ampuloso.
Pero hay dos cosas apenas más asibles que esto del “clima y sabor general” que vale la pena intentar poner entre vidrios para concienzuda biopsia. Pues son dos masas malignas que no sólo molestan allí donde se dan, sino que (por el lugar neurálgico en que están ubicadas) corren el tremendo riesgo de generar una metástasis general en poco tiempo.
Urge biopsia. Urge cirugía. Urge extirpar. Y (lo siento mucho) urge luego un largo tratamiento agresivo que garantice la salud.
Un asunto es la distorsión del vínculo entre el amor a Dios y al prójimo; entre el primero y segundo mandamiento. Y la otra cuestión es el achicamiento, la enanificación de la santidad.
Para lo primero puede ser de provecho partir de una cuestión muy colateral: sabido es por todos lo que el papa aborrece la teoría económica del derrame o rebalse. Esa que insiste en que la sociedad crece en su nivel de vida de arriba hacia abajo y no al revés. Mi ignorancia en esta materia es supina de modo que no opinaré al respecto (y aunque lo hiciera, está claro que el asunto debe ser opinable y para nada dogmático) pero sí me atrevo a notar que esa misma objeción es la que Francisco aplica ahora a la caridad. Y en este caso sí es dogmática la sentencia que afirma la “teoría del derrame”.
¿Qué significa esto? Que la Teología de los Padres, de la mejor Escolástica y el Magisterio completo, fundados en las Sagradas Escrituras, afirman con claridad y vehemencia que el amor a Dios es la única fuente de toda Caridad, y que en la medida que este amor se arraiga en el creyente, y se cultiva y se custodia y se riega y abona y se desarrolla… produce frutos de amor fraterno, de amor al prójimo. Y que esto no funciona de modo inverso. Por más que uno subsidie e inyecte un flujo de filantropía macanuda en la base del sistema, esta sensibilidad social no sube por capilaridad hasta irrigar el amor a Dios.
El supuesto “protocolo” del Juicio de Mateo XXV, por un lado no puede ser aislado del resto de las Escrituras al mejor estilo Protestante, y más allá de eso, analizado solo tampoco arroja esta astringida resolución de la santidad en el amor al prójimo. Lo que allí se plantea es que ese amor a Dios sobre todas las cosas (y todas las personas y todos los pobres y todos los hambrientos y todos los presos y enfermos y todos los vagabundos y todos los inmigrantes), ese amor se manifiesta (como la causa se muestra en sus efectos) en las obras de misericordia.
Por eso dirá santo Tomás que la virtud de Religión (aquel hábito a cultivar por encima de todo hábito: el hábito de religarse al Señor, de vincularse a Él en un trato asiduo, íntimo, profundo, creyente, agradecido, compungido, leal, amoroso), que esa virtud es mayor a todas las virtudes humanas. Es el sarmiento injertado en la vid verdadera de Jn XV.
Ciertamente quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso (1Jn IV, 20): no es cierto que ame a Dios, pues el fruto no cae lejos del árbol y por los frutos es que se conoce de nosotros el Amor de Dios derramado en nuestros corazones. Y no porque el amor al hermano sea el amor a Dios, como se intenta instalar.

A tal punto esto es así que la sana Teología insistirá en algo escalofriante para los filántropos: que el hombre, el prójimo, no es lícito amarlo por él mismo, sino por efecto rebote, porque Dios lo ama, o por el Dios que lo habita. Por “derrame”. No dice el protocolo: “aquel pobre tuvo hambre y no le diste de comer” sino “Yo tuve hambre y no Me diste de comer… en el pobre”.
Por eso, quien sirve a su hermano sin amor a Dios, es un mentiroso, vive enfangado en la más rastrera mentira.
Cuando el Evangelio avisa que el segundo mandamiento es “semejante” al primero (Mt XXII, 34), emplea un término muy preciso: no dice que sea igual, que sea convertible, que sea lo mismo: semejante es la expresión y es muy elocuente, pues nos remonta sin escalas a la creación misma del hombre, que no es Dios sino una hechura Suya, semejante a su Autor.
Incluso el texto de la Carta de Santiago (tan manipulada) respecto a la Fe con o sin obras (Sant II, 18), apunta exactamente a lo mismo: las obras “muestran” la Fe, que es la que en verdad vale; las obras son el epifenómeno de ese divino Fuego derramado en nosotros.
No son el Fuego, sino su calor; no son el Sol sino su resplandor.
Aún muy lejos de la santidad, esta experiencia del “derrame” la hemos tenido todos: ¿quién no ha experimentado, en primera persona, el modo concretísimo en que esa Lectio divina bien hecha, ese Rosario rezado con fervor, esa Hora de Adoración eucarística redundara en la calidad de mi paciencia, de mi afabilidad, de mi generosidad, de mi servicialidad? ¿Quién no ha experimentado alguna vez cómo, cuando crece por la plegaria el amor a nuestro Señor, el corazón enamorado se ensancha, se enciende, se aligera y ocurre el milagro: todo cuanto lo rodea cobra otro cariz, desde el color de los árboles hasta el rostro del mendigo…
Llama la atención que un documento extenso y minucioso sobre la santidad no mencione siquiera una sola vez ni a la Lectio divina, ni al Rosario ni la Adoración eucarística… ni a la Misa y Confesión siquiera. Y no es que las mencione poco, o sin ponerlas en el debido centro… no, no: directamente están ausentes.
Para ser más exactos, en verdad, una sola vez en todo el documento menciona el valor de la oración, la Misa, la confesión, los sacrificios, la devoción y la dirección espiritual: los menciona a todos juntos en el nº 110, para avisar que no hablará de ellos.
Escalofriante.
Invertir el orden interno del Mandamiento del Amor, o peor aun, absorber y reducirlos ambos en el segundo es, de algún modo, la madre de todos los males y deformaciones que se están operando. De allí se sigue la persecución y el fustigue de cuantos se “obsesionan” (sic) por cuidar la Liturgia, los que buscan el insano (sic) beneficio del silencio, los que, poniendo los ojos en blanco, rezan “mucho” (sic) cuando no hace falta que sea tanto… generando con estas prácticas un descuido del pobre e indigente.
Imposible es no recordar a Judas, ladrón en infinidad de sentidos, cuando objeta el nardo vertido con amor sobre los Pies del Señor, siendo que con esa plata podría haberse ayudado a un montón de pobres (Jn XII, 5). Y no menos, en la otra escena de Betania (Lc X, 38), caso único (un auténtico hápax) en que el Señor, al corregir, llama dos veces por su nombre a la persona corregida (Marta, Marta), al notar la molestia de la mujer por la primacía del Primer Mandamiento por sobre el segundo.
Hasta ahí, el primer problema. El primer tumor.
Lo segundo tiene que ver con la fisonomía de la santidad. Seguimos (no huelga avisarlo) parados sobre el epicentro mismo de nuestra Fe, de nuestra identidad cristiana. ¿Qué es un santo? Responder a esto no es periférico sino dar en el blanco del paradigma del discípulo de Jesús.
Y la Iglesia, por dos mil años, recibiendo como un ascua encendida las palabras mismas del Maestro, nos ha transmitido el ideal de santidad con temor y temblor, en una certeza abisal de estar proponiendo un “imposible para los hombres” (Mt XIX, 26). La Iglesia, no sin vértigo, ha repetido sin ambages lo que a su vez recibió: sed perfectos como Dios (el Padre) es perfecto (Mt V, 48).
Y ha erigido este ideal, esta meta, esta cumbre del monte, avisando que el desafío es para todos, la propuesta es para todos, aunque sean muy pocos los que en verdad alcancen la cima. No dice por eso que quienes no alcancen la cima queden descalificados. En absoluto. Pero pocos llegan propiamente a la cumbre. Y esto no desanima: a todos nos hace bien que la meta sea alta, incluso inalcanzable, pues (como enseñaron tantos) el arco ha de lanzar la flecha bien alta, a sabiendas de que en el recorrido declinará su trayecto.
Los santos, en su impresionante luminosidad, en su majestuosa gloria, en el admirable heroísmo, incluso en la sensación que nos provocan de “imposible” para nosotros, es que nos atraen y alientan hacia la meta.
El tremendo y garrafal error del Documento pontificio consiste en hacer todo lo contrario: en abajar la santidad, en achicarla y acercarla, en avisar que los santos tampoco es que fueran tan, tan… “perfectos” (sic)… y en re-proponernos la santidad recalculando el tiro, que ya no ha de apuntar hacia la cima inaccesible, sino a una altura media, lógica, normal. Como si dijera: no trates ya de apuntar tan alto, tan alto; no darás a la caza alcance; apunta bajo, a la casa del vecino, a ser medianamente buenazo, “un buen tipo” (sic), que lo otro es historia pasada de gnósticos y pelagianos.
El problema (entre varios otros) es que, según Galileo al menos, si la flecha apunta no al Cielo, no a la perfección del Padre, sino a la casa del vecino, la flecha no llegará siquiera a la medianera sino que caerá a una palma del propio arquero. (Nunca sospechamos que un Papa condenaría al astrónomo por su teoría de la trayectoria parabólica de un proyectil en un campo gravitatorio).
El problema de reducir la santidad a no ser chismoso en el mercado (GE 16) no es sólo que la santidad es mucho más que eso… sino que, paradójicamente, no se logrará siquiera ese cometido. Por la caída de tensión. Pues gravitamos sobre el mal. Salvo que el fomes peccati también haya entrado en el nuevo Índex.

Santa Teresa lo dice a su modo: si no lo son las obras, hermanas, que al menos los deseos sean grandiosos, altos, sublimes. Que del deseo a la acción es inevitable la merma.
La vida de los santos debe seguirnos fascinando, deslumbrando, aunque (y porque) experimentemos estar a años luz de poder vivir así. “Si él pudo ‘eso’, yo he de poder, al menos, un 5% de eso”, nos hemos dicho todos leyendo conmovedoras hagiografías. A nadie le mueve el amperímetro una señora que en el mercado no critica, que con el hijo no se impacienta o que ante el pobre no muestra indiferencia (GE 16). Esta señora seguramente logra todo eso por mirar la vida de los grandes santos y, encendida por tan luminoso ejemplo, comienza por estas cosas. Si el cambio de paradigma nos ubican a la señora del mercado en el lugar de santa Catalina o santa Teresa… a lo más lograremos evitar que en el mercado nos robemos una manzana.
No quiero aburrirlos con obviedades, pero parece inevitable aclararlo: cuando la Iglesia nos alienta a buscar la santidad en lo ordinario del diario-vivir lo que nos está pidiendo es que transfiguremos lo cotidiano en sublime, la rutina en prodigio, lo normal en milagro. Que santifiquemos lo ordinario. No que tornemos ordinaria la santidad.
El puñado de levadura leva toda la masa. No se trata, ciertamente, de que la harina saque de su costal lo mejor de sí misma. Pues siempre será harina. Es la levadura la que hace posible el pan.
Nos han querido achicar la santidad. La han encogido. La han hecho humana y normal. Ya no se trata de estar muerto para que Cristo viva en uno (Gal II, 20), sino que se trata de ser macanudo.
Nos han robado el color de la santidad. Y lo más vil: la han hecho “posible” (Cf la nota 47, de GE). Posible porque ya no es una gracia, un milagro otorgado de lo Alto, sino el arte de sacar cada cual “lo mejor de sí mismo” (¡sic!) (GE 11), sin desmesuras.
Ni siquiera es la santidad pagana, la griega si se quiere, la del héroe espartano. Es la santidad del pequeño burgués moderno. Que riega las macetas de malvones de su jardincito y tiene la santidad de estirar su manguera para regar también las macetas de su vecino, el del huertito de al lado.
El nuevo invento se llama: santidad clase media, (sic), para todos y todas. Y al alcance de la mano. Esto significa: una santidad (en términos espirituales, presumimos) ni muy rica ni muy pobre: clase media. Es la santidad-bonsai, de raíces prolijamente recortadas, que hacen posible tener un ombú en tu departamento sin que estorbe. Es la santidad buenista, del que no hace olas, del tipo prolijo y educado, que cede el paso en el tránsito y evita tocar la bocina. Es la santidad civilizada, domesticada, chiquita, rastrera. Ya sin esos aires un tanto dionisíacos de “locura” (1Cor II, 14), de “extremosidad” (Jn XIII, 1) con que los santos “de antes” han desestabilizado por completo su entorno o, incluso, a la Iglesia entera. Hoy a eso se le llama “fanatismo”. Hoy se nos alienta a dejar de desear esas locuras, a no mirar mucho la forma concreta en que ellos encarnaron la santidad; se nos exhorta a “no entretenernos en los detalles” (GE 22) con que vivieron, pues pueden haber sido erróneos (sic) o propios de su época. Y se nos pide, más bien, limitar nuestra imitación a que ellos amaron y a nosotros se nos pide “lo” mismo, así, en un vacuo neutro inofensivo. Ya no se trata de mirar el aguileño vuelo aristocrático de los santos, ni su marchar glorioso; el góspel canta ahora: “Cuando los santos vienen reptando”.
No podemos dejar pasar lo de “santidad clase media”: nada más burdo y tergiversado. Si hay algo maravilloso, en verdad sublime, de este milagro de la cristificación, es que nosotros, pordioseros, mendigos del Absoluto, seamos llamados a la aristocracia célica, a co-sentarnos con el Rey (Ef II, 6) como Príncipes coherederos. Ver a pescadores analfabetos de Galilea elevados a esta nobleza y tras ellos a una muchedumbre de testigos, es de las verdades más bellas de nuestra Fe.
Nadie pretendía que se hablara de théosis, de divinización (aunque no es otra cosa la santidad), ni del misterio transfigurativo de la vía unitiva… pero nunca imaginamos que la pigmea reducción iba a ser tan abrumadora, que el achicamiento podía escalar a semejante enanismo.
Lo que nos han querido vender es la más brutal apología de la mediocridad como estilo de vida ideal del cristiano.
Es falsa la moneda y falso el monedero. Y el tumor: muy maligno.
Hasta aquí, el segundo asunto.
Digamos, a modo de corolario, que esta doble constatación (lo invertido del Mandamiento Nuevo y la devaluación de la Santidad) no tiene por mero cometido constatar los errores del papa reinante (tres mil palabras para concluir eso sería una concesión muy generosa). Ni debe dejarnos amargados o desalentados. Omnia in Bonum. No hay mal que por bien no venga. Debe ser ésta la ocasión más favorable para renovar nuestro cristianismo: tanto nuestro compromiso por cultivar la virtud de religión, para amar con mayor intensidad a nuestro Señor, como para renovar nuestra fascinación por la vida de los santos, esos inmensos faros que iluminan la tormentosa noche de nuestra barcaza.
Estas provocaciones deben ser acicate. No un dardo que nos adormezca sino todo lo contrario: un aguijón que nos azuza y espolea para redoblar la marcha.
No estamos dispuestos a plantar el cedro en maceta (Hölderlin) ni estamos dispuestos a instalarnos cómodos en la casilla de las macetas (Green). No nos conformaremos con menos que la divinización (Ratzinger). Para nosotros y para los otros. Pues la Caridad (la genuina, no la falsificada) nos urge. La vida por esto.
Redoblemos el grito vigoroso de nuestra Fe: ¡buscad las cosas de Arriba! ¡La vista fija en las cosas del Cielo, no en las de la tierra! (Col III, 1-2). Que Cristo descendió para ascendernos, se empobreció para enriquecernos, se humilló para elevarnos. Que Dios se hizo hombre para divinizarnos, ¡no para humanizarnos! ¡No repten!, ¡no se contenten con un cristianismo rastrero; ¡remonten vuelo!, ¡que han sido creados para las Alturas!
Y que el ocaso de nuestra vida nos encuentre roncos de gritar estas certezas.
Alegrémonos y regocijémonos porque nos son concedidas estas grandes verdades incandescentes, y si somos perseguidos o humillados por su causa, mayor aún sea nuestra alegría y regocijo. Levantemos la cabeza. El Señor está próximo. Ya llega nuestra liberación.