jueves, 18 de mayo de 2017

Lo hizo de nuevo: Mons. Carapa

Hace algunas semanas dábamos cuenta de dos nombramientos episcopales para la Iglesia argentina realizados por el papa Francisco, y advertíamos como ya lo habíamos hecho en casos anteriores, acerca de este hecho repetitivo de nombrar a sacerdotes marginales y con provocativa ausencia de nous como obispos. Y ha sucedido nuevamente. Hoy, la agencia oficial Aica ha dado a conocer la noticia del nuevo obispo auxiliar de la diócesis de Mercedes-Luján: el P. Jorge Scheinig, del clero de San Isidro.
Dentro de pocos años, o meses, Bergoglio se va a morir. Ese día, con un enorme sentimiento de alivio, rezaremos por el eterno descanso de su alma y para que nunca más en la restante historia de la Iglesia -si es que resta alguna-, se le ocurra a los cardenales elegir a un jesuita o a un argentino como papa. Sin embargo, mientras el vecino de Flores devenido "obispo vestido de blanco" gozará -así lo esperamos- de la visión beatífica, nosotros, en la maldecida tierra argentina, estaremos padeciendo durante décadas la peor tiranía episcopal imaginable que no es la de los malos, sino la de los inútiles.
El caso del P. Scheinig no es el del Chino Mañarro. En ese caso, el papa le tomó el pelo al episcopado de relumbrón que destesta, y eligió obispo a un cura de las periferias existenciales, a un lumpen apestoso no de olor a oveja, sino de olor a chivo. Esta vez, el papa se burla del episcopado más o menos instruido para elegir a un marginal de la inteligencia. Como podrá verse en el breve curriculum vitae que publica Aica, el único hecho destacable en la formación del nuevo Mons. Scheinig, además de ser técnico mecánico, es su título de Licenciado en Teología Pastoral, conseguido en la UCA, con una tesis que lleva el título: "La pastoral urbana como una pastoral adecuada a la diversidad de la urbe". Todos sabemos que "teología pastoral" es la nada misma con titulación académica, en la que no se estudia nada que valga la pena. Afuera con la cristología, con el tratado sobre la Trinidad o ñoñeces de ese estilo. Lo que allí se ve son las cosas serias: cómo llegar a las periferias y cómo pringarse de olor a oveja. El título de la tesis del nuevo señor obispo es testimonio suficiente de este no-ser licenciado. 
Sin embargo, en el caso de Mons. Scheinig, hay algunos elementos que se dan por añadidura, según los datos que me acerca mi amigo, el Barrendero del Sacro Palazzo y que sumaron mucho más que una triste licenciatura para la elección pontificia.
1. Para alcanzar la glamorosa licenciatura en teología pastoral el señor cura se tomó tres años. Imaginamos que tanto tiempo se debió a los estudios y experiencias antropológicas que debió efectuar sobre la diversidad urbana, en una urbe tan rica en diversidad como es Buenos Aires. Preferimos no escudriñar demasiado en sus trabajos de campo. 
2. A pesar de ser un sacerdote de la diócesis de San Isidro, muy cercana a Buenos Aires, el P. Jorge se paso los tres años viviendo en la misma Buenos Aires. Alguien dirá con tino: "Hizo muy bien. Seguramente vivía en alguna parroquia diversa y plural en las cercanías de Devoto, lugar donde se encuentra la Facultad de Teología". Pues no. Esos tres años vivió en la Curia metropolitana, más específicamente, es los departamentos del entonces cardenal arzobispo Jorge Bergoglio. Jorguito era, en pocas palabras, un coccolato o un mimado de Su Eminencia.
3. Apenas finalizada su tesis, y con la perentoria desgracia de volver a las cargas pastorales, Bergoglio (y aquí mi fuente no me sabe decir si siendo aún arzobispo o ya devenido papa), le solicitó al obispo de San Isidro que asignara al P. Scheinig a la parroquia más cercana a Buenos Aires, y es así que  fue nombrado párroco de San Gabriel de la Dolorosa, no fuera que la nostalgia por las luces y la diversidad porteña le terminaran produciendo algún problema emocional.
4. Siendo ya Bergoglio papa, el P. Scheinig no hizo ahorros en la cuenta telefónica de su parroquia, ya que hablaba con una frecuencia inusitada a  los nuevos departamentos pontificios, donde el Santo Padre se entretenía en largas conversaciones con su antiguo protegido. Todos sabemos que Francisco no es un príncipe renacentista que pierde su tiempo escuchando conciertos de música clásica. Prefiere, en cambio, entretenerse en chismes y bromas soeces con sus bufones.
5. El oficio de barrendero de mi fuente vaticana, le permitió constatar que el P. Jorge Scheinig era un visitante asiduo de Santa Marta. Allí se lo veía cada dos por tres, saltando el Atlántico como si fuera  el Riachuelo y remedando al más conspicuo de los "obispos de aeropuerto", y era alojado en la mismísima Domus Sanctae Marthae por órdenes pontificias. Los barrenderos colegas de mi informante aseguran que permanecía allí varias semanas sin salir siquiera a pasearse por las bellas callejuelas y placitas romanas, "por si Francisco me llama", decía.
Como vemos, tantos esfuerzos y noches de oración y vigilia, dieron sus frutos. Hoy venimos a saber de la existencia de Su Excelencia Reverendísima, Mons. Jorge Scheinig, obispo titular electo de Ita y auxiliar de Mercedes-Luján. 

lunes, 15 de mayo de 2017

Parábola del General y el Tirano



Érase una vez un pequeño país poblado por clanes más o menos dispersos y más o menos enemistados entre sí. Otro país vecino, mucho más grande, poderoso y organizado, invadió y ocupó un extenso territorio que pertenecía al país pequeño y por el que éste sentía particular afecto. Todos los habitantes alzaron su voz contra la injusticia y exigieron la devolución de lo que les pertenecía. Pero no tenían ejército para contrarrestar la invasión, el escaso número de habitantes, las distancias y desacuerdos que los separaban impedían cualquier estrategia militar más o menos consistente y, sobre todo, no tenían un líder o caudillo que los aglutinara. Solamente había dos o tres coroneles muy ancianos que apenas si podían con sus huesos, y un general honesto y patriota pero con un gravísimo problema: no tenía ejército que comandar. Todos los pobladores guardaban mucho respeto y afecto por el general, que solía pasearse con su uniforme de gala azul, charreteras doradas, sombrero emplumado y el pecho cubierto de medallas. Cuando esto ocurría, todos salían a la calle a deleitarse con la visión, a recordar viejas glorias y a aplaudir al general. Pero terminado el desfile, cada cual volvía a sus ocupaciones y a la dolorosa conciencia de que nada podían hacer militarmente frente al poderoso invasor.
Algunos jefes de clanes, sin embargo, mantenían el objetivo claro: recuperar el territorio que les había sido usurpado, y pensaban que la estrategia no debía ser la militar, que estaba condenada al fracaso, sino otra: aprovechando los numerosos huecos que tenía la frontera, proponían visitar el territorio invadido, hablar con sus habitantes y sus pequeños jefes, recordarles que estaban en poder de una fuerza enemiga y sugerirles que, poco a poco, fueran organizando enclaves o zonas más o menos liberadas, en las que el idioma, las comidas y las danzas originales pudieran ser nuevamente practicadas con libertad, sabiendo que el invasor no prestaría atención ni se molestaría en reprimirlas. Sabían que con esta estrategia no recuperarían la totalidad del territorio perdido, pero mantendrían allí la cultura, muchos perseguidos o extraviados encontrarían un lugar donde refugiarse y, cuando el tirano muriera y los tiempos cambiaran, sería mucho más fácil lograr el objetivo que las tierras invadidas volvieran a la patria.
Sin embargo, algo ocurrió. El general, mal aconsejado por un sabihondo, decidió un día vestir su uniforme de gala y caminar junto a los ancianos coroneles en medio de una escolta de cuatro o cinco alabarderos vestidos  de libreas, hasta la plaza de la ciudad principal, y desde allí lanzar una aguerrida proclama contra el tirano invasor, exigiendo que, si no se retiraba de algunos territorios conquistados, él mismo con sus fuerzas militares, lo expulsaría. Todos los habitantes del país lo aclamaron y aplaudieron durante un buen rato, y luego regresaron a sus ocupaciones, mientras el general siguió paseándose por el país con su uniforme azul y dorado, aunque sin los coroneles que ya habían regresado a sus casas a calzarse las pantuflas y a alimentar las palomas.
La asonada del general fue comentada en los diferentes clanes del país, y aquí y allá se reunieron pequeños grupos de habitantes que gritaron, aplaudieron, lanzaron vivas al general y mueras al tirano invasor. Los jefes de los clanes, sin embargo, eran más cautos. Sabían que el general no lograría nada sencillamente porque no tenía ni los hombres, ni la fuerza ni la formación militar para una empresa de esas características y, aunque el pecho se les llenaba de orgullo patriótico y nostalgia cuando lo veían caminar con su reluciente uniforme leyendo sus proclamas, eran conscientes de que con eso no se alcanzaría nunca el objetivo de recobrar el territorio invadido. Por eso mismo, veían con cierta inquietud que el sabihondo consejero se paseara recorriendo el país y soliviantando con sus argumentos a dos o tres caudillos por aquí, y dos o tres poblados por allá, los que también lanzaban proclamas contra el país invasor.

Las noticias de estos sucesos llegaron pronto a la capital del gran país, y en el palacio real el tirano se destornillaba de risa cuando le relataban las amenazas que el general en uniforme de gala y los caudillejos lanzaban contra él, mientras cortaba con sus dedos un trozo de cerdo asado y engullía cuatro o cinco granos de uvas. 
El tirano era muy hábil y sabía que podía sacar partido de la situación. Ordenó entonces reprimir a los enclaves más importantes y representativos del territorio invadido donde se mantenía la cultura original y pasó a degüello a sus líderes. A la vez, mandó a alguno de sus agentes a que se reunieran en secreto con el sabihondo y le ofrecieran una buena recompensa a cambio de continuar instigando al general y a los emires del país pequeño a lanzar proclamas y organizar pequeñas escaramuzas que sabía de antemano que no tendrán ningún resultado y le brindarían la posibilidad de quedarse con la cabeza de alguno de sus enemigos más odiados.
Pasaron los años, y hoy la situación es la siguiente:
El territorio conquistado sigue en manos del tirano enemigo. Son muy pocos los enclaves en los que se conserva la cultura y casi inexistentes los jefes naturales de las poblaciones invadidas que se animan a permitir que en sus territorios se hable la lengua, se coman las comidas y se bailen las danzas originales porque temen ser degollados. 
En el país pequeño, los coroneles ya no salen de sus casas, pero el general se sigue paseando con su uniforme y sus medallas aunque con menos frecuencia. El sabihondo, por su parte, continúa con sus labor de redactar pregones y arengas contra el tirano invasor que algún que otro caudillejo se anima a leer de vez en cuando. Nunca han producido otro resultado más que carcajadas en el palacio real y trabajo extra para el verdugo del reino.
Los jefes de los clanes están tristes. Saben que el objetivo se ha perdido o, al menos, está mucho más lejano de lo que estaba el día en que al general se le ocurrió comenzar con sus proclamas. Son conscientes de que, si en silencio y discreción, hubiesen seguido alimentado los enclaves y convenciendo a los emires de los pueblos del territorio invadido, allí los habitantes aún hablarían su lengua, cocerían sus comidas y bailarían sus danzas. 

jueves, 11 de mayo de 2017

Retiros


Hace algunos días incluí un comentario en una entrada anterior que decía: “Estoy de acuerdo con usted: cuidado con los retiros espirituales, sobre todo si son ignacianos. Vade retro!”. Recibí como respuesta un par de acotaciones de lectores del blog que muy enfáticamente me advertían acerca de los riesgos de mi condenación eterna por expresarme de ese modo. He pensado entonces que vendría bien exponer cuál es mi opinión sobre el tema. 
Da la impresión que mucha gente conservadora o tradicionalista considera que los retiros espirituales son indispensables para la salvación eterna. Y es falso. En primer lugar, porque la Iglesia en ninguno de sus preceptos nos manda hacer retiros y porque tampoco lo mandan los mandamientos. Por otro lado, tenemos una buena cantidad de santos que nunca hicieron retiros espirituales y, sin embargo, alcanzaron la salvación. Ya demasiado tenemos con diez mandamientos y cinco preceptos que cumplir para que nos quieran añadir otros. Se trata de un caso análogo al de mucho que están deseando que el Papa se dedique a definir dogmas anualmente, y cuantos más tengamos mejor... como si creer fuera cosa fácil, y como si no fuera ya suficiente con adherir a lo que proclamamos en el Símbolo de la fe. 
Que los retiros espirituales no sean obligatorios no significan que no sean recomendables. Claro que lo son, y creo que todo buen cristiano debería procurar dedicar algunos días al año, o algunas horas al día, a retirarse espiritualmente. Y aquí entra a tallar otra cuestión que tiene que ver con el tipo de retiro espiritual que se trata.
Si nos referimos a lo que podemos denominar retiros espirituales estructurados (en los que el “ejercitante” recibe varias prédicas por día por parte de un sacerdote y sobre las cuales debe meditar), hay que decir que son una invención moderna, cocida a las brasas de la devotio moderna. No conozco los datos históricos concretos -y si alguien los tiene le agradeceré que nos los pase- de cuándo comenzaron, pero se me hace que no será antes de los siglos XIV o XV. Es decir, apenas si ocupan un cuarto de toda la historia de la Iglesia. 
Por cierto que anteriormente existían los retiros espirituales, pero no del modo estructurado o moderno: consistían, simplemente, en que el cristiano se retiraba algunos días a un monasterio y allí, siguiendo los oficios litúrgicos y bajo la guía ocasional de algún monje, hacía su retiro. Era un modo mucho más natural y libre de retirarse del mundo, porque tampoco tiene mucho sentido alejarse de los ruidos seculares para caer presa de los ruidos, y de las peroratas, clericales. Y esto se dio a lo largo de toda la primera etapa de la cristiandad. Cuenta Paladio en su Historia láusica, que Evagrio Póntico, cuando dejó Constantinopla, se retiró a un monasterio en Jerusalén donde tomó la decisión de instalarse el desierto egipcio. Y cuenta el amigo y biógrafo de San Elredo, que éste se retiró al monasterio de Rieval mientras era funcionario de la corte del rey David I de Escocia, y fue allí donde decidió hacerse cistercience. Es decir, la historia nos dice que un santo del siglo IV y otro del siglo XII hacían retiros espirituales no estructurados: simplemente, se retiraban a un monasterio, y como el caso de ellos, habrán miles.
¿Todos los que hacían retiros encontraban allí la vocación religiosa? No; lo que ocurre es que nos han llegado los datos históricos de aquellos que no solamente tomaban estado de vida religioso sino que, además, sobresalían en él. Esto no implica, sin embargo, que los seglares acudieran en masa a los monasterios para retirarse. Tengamos presente que se trataba de una época en la que se respiraba la cultura cristiana y donde, quien más, quien menos, cumplía sus deberes religiosos. Por otro lado, la vida de las ciudades -que eran de dimensiones reducidas- y de los pueblos y villorios, donde vivía la mayoría de la población, estaba regida por la liturgia que actuaba como una suerte de retiro permanente. Sin pretender idealizar, lo que quiero decir es que la necesidad de retirarse del mundo es mucho mayor hoy que en la Edad Media. O  pongámoslo del revés: El hombre contemporáneo está más alienado en las cosas del mundo que lo que lo estaba el hombre medieval, y por eso necesita con más urgencia el retirarse.

Que todos los monasterios tuvieran hospedería y que San Benito dedique unas cuantas páginas de su Regla a hablar de los huéspedes, está indicando que era función importantísima de los monjes recibir a los peregrinos. Muchos acudirían simplemente como una posta en un largo viaje, otros porque no tenían donde ir y otros porque necesitan retirarse. Y el retirarse consistía fundamentalmente en participar en los oficios monásticos. Recordemos que pocos eran los laicos que sabían leer y, quienes sabían, no siempre tenían acceso a los libros -porque eran extremadamente costosos-, por lo que tampoco se trataba de un retiro dedicado a leer las Escrituras o los sermones de San Agustín. Para eso habrá que esperar a la imprenta. Retirarse era dedicar tiempo a Dios participando de su culto en la liturgia y en el corazón.
Estos son, en mi opinión, los mejores y más fructíferos retiros espirituales: buscar un monasterio, hospedarse allí tres o cuatro días, participar de los oficios, tener algún buen monje a mano para hablar si resulta necesario y, ahora que todos sabemos leer y tenemos fácil acceso a los libros, llevarse la Biblia y un par de buenos libros de autores espirituales, y dedicar así tiempo a la lectura sosegada y receptiva a la voz del Espíritu que sopla en la brisa monástica. Esto es un retiro tradicional, o un retiro tal como lo entendió la tradición de quince siglos de la Iglesia.
Aquí, claro, hay un elemento fundamental para tener en cuenta, y es que no todos están preparados para este tipo de retiros. Es necesario que la persona tenga un cierto camino recorrido en la vida espiritual para que esos días de apartamiento le sirvan de algo. Si largamos a alguien que vive inmerso en el mundo a un monasterio con cuatro o cinco libros y el horario de las horas canónicas para que vaya a rezar con los monjes, lo más probable es que pierda el tiempo. Como decían los Padres del Desierto, en las soledades monásticas, la distracciones y ataques de los demonios no vienen de las cosas -que son muy pocas-, sino de los pensamientos. El pobre hombre no hará más que aburrirse y distraerse durante sus días de retiro. Por eso mismo, en estos casos lo más conveniente es recurrir a los retiros estructurados. Y esto es un problema espinoso porque estos retiros pueden ser no ya una pérdida de tiempo, sino un verdadero peligro para la fe o para el equilibrio psicológico de quien los hace. 
No es necesario aclarar que, si el retiro lo predica un cura progresista, no servirá absolutamente de nada más que aprender algo de sociología barata y derechos humanos en liquidación. Todo permanecerá en la horizontalidad de lo humano a lo que esta gente ha reducido la religión. Y por esta razón, muchos dirán: “Que haga un ignaciano, que tienen éxito garantizado”. Pero yo no estaré de acuerdo.
Reconozco que tengo tirria a los ejercicios ignacianos aunque creo que no es una aversión injustificada. Hice muchos durante muchos años: de una semana e, incluso, de mes: jamás me sirvieron de nada; más aún, en la mayor parte de los casos me hicieron daño. Lo más probable es que se deba a mis defectos. Sin embargo, cuando descubrí para mi sorpresa que había otra clase de retiros que no eran ignacianos, e hice uno de ellos -en este caso predicado por un sacerdote del Opus Dei- fue un bálsamo y un enorme alivio espiritual. Y de allí en más, siempre fue así. Por este motivo, tengo muchas reservas con respecto a la actitud de muchos que creen que arreando a la gente a hacer ejercicios ignacianos lograrán indefectiblemente un bien. En todo caso, restrinjo mi reserva: una cosa es ser arreados por el Santo Cura Brochero, y otra por un curita cualquiera. Recuerdo que en mi época de juventud, en ciertas diócesis que pasaban por conservadoras, se predicaban varias tandas de ejercicios por año, para varones y para mujeres, y lo más asombroso de todo es que los predicadores eran buenos muchachitos con dos años, o dos meses, de ordenados. ¡Qué disparate! Un joven de 24 años es un joven de 24 años por más cura que sea y por más libreto ignaciano que tenga en las manos y, por eso mismo, es un mono con navaja. Todos sabemos que el ambiente que se crea en los retiros por lo general deja a la persona muy vulnerable a nivel emotivo y, por eso mismo, con muchas posibilidades de ser manipulada, aunque sea con la mejor de las intenciones del predicador. ¿De qué otra manera se explican si no, la carrada de “vocaciones” que sacaban los sacerdotes de cierto instituto religioso destinado a encarnar la cultura, sino por la manipulación lisa y llana que el fundador y sus secuaces ejercían sobre los pobres jóvenes que se avecinaban?

Por eso -y esta es mi opinión y no es más que eso-, digo que el mejor retiro y más acorde a la tradición, es retirarse a un monasterio. Si por un motivo u otro se considera conveniente embarcarse en un retiro estructurado, mirar bien qué tipo de retiro se busca, -y esto se sabrá de acuerdo a la espiritualidad de cada uno, porque es bueno saber que la escuela ignaciana es sólo una de tantas escuelas de la espiritualidad católica- y, sobre todo, quién lo predica. Insisto, aquí es donde reside el peligro del que hablaba en mi comentario que dio pie a esta entrada. Aún cuando el predicador tenga la mejor de las intenciones, es capaz de hacer mucho daño. Se necesita un abba, es decir, un padre. Y abba se hace, no se nace, ni se consigue con la sola imposición de manos. 

Escolio 1: Un dato que vale la pena recordar. Más de una vez escuché decir que la Santísima Virgen era la que habían inspirado a San Ignacio de Loyola los Ejercicios Espirituales en la cueva de Manresa. Lo cierto es que, si hubo un inspirador, fue García de Cisneros, abad de Monserrat. Está claro que el libro de los Ejercicios es una buena copia o adaptación si se quiere (los jesuitas lo llaman “recreación”) del Ejercitatorio de vida espiritual, escrito por Cisneros, y mediado por un resumen  realizado por un monje anónimo de la misma abadía de Monserrat, llamado Compendio breve de ejercicios espirituales. Concretamente, lo de San Ignacio es el resumen de un resumen. Y esto no va en su desmedro. Era una práctica muy habitual aprovechar lo que otros habían escrito, y eso no significaba ni plagio ni deshonestidad. Pero lo cierto es que los ejercicios ignacianos, de “ignacianos” tienen menos de lo que se cree. 
Escolio 2: Resulta casi enternecedora la ingenuidad con la que un anónimo sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado escribió la entrada de Wikipedia sobre Ejercicios espirituales. Además de ser  elemental e incompleta, no se priva de afirmar que, quienes los predican, son los jesuitas y los miembros del IVE y, además, deja un link para que los interesados pueden hacer los ejercicios ¡de modo virtual!, por supuesto, con un sacerdote de ese instituto. Pero lo más asombroso de todo es que dice: “Un Instituto religioso que sigue esta espiritualidad y practica los Ejercicios durante el noviciado y cada 10 años, es el Instituto del Verbo Encarnado”. Flaco favor le hacen a San Ignacio y pocas técnicas de marketing tienen porque si la práctica de la espiritualidad y de los ejercicios ignacianos es la propia del IVE, estamos en el horno: el fundador, predicador serial de ejercicios ignacianos durante décadas, está condenado por la Santa Sede por abuso de sacerdotes y seminaristas, y de todos los sacerdotes que hicieron puntualmente sus ejercicios ignacianos durante años, alrededor de doscientos han dejado el Instituto y, de esos, noventa han abandonado el ministerio, lo cual representa el 30% del total de miembros. Y mejor arrojemos un manto de piedad a lo que ocurre con la rama femenina del Instituto. 

lunes, 8 de mayo de 2017

Las hienas de Malta


La semana pasada, fray Gerundio de Tormes publicó un excelente post sobre la Orden de Malta, cuya lectura recomiendo. Me permitiré algunas acotaciones marginales al texto frailuno. Verdad es que dos de los motivos que impulsaron al "Patógeno Supremo" a lazar el ataque de microorganismos a los malteses fueron el dinero que está juego y la nobleza: a primero lo desea y a la segunda la desprecia. Pero hay un motivo más, y es el conocimiento directo que tuvo en Buenos Aires de los caballeros de Malta, que por estas zonas del fin del mundo, tienen dinero pero escasa o nula nobleza.
Ocurre con ellos lo que ocurre con buena parte las asociaciones nacionales que la Orden de Malta posee, sobre todo en los países del nuevo mundo, donde es imposible conseguir nobles de varios cuarteles para llenar sus filas. Lo que ocurrió, consecuente y lamentablemente, fue que las asociaciones se nutrieron de nuevos ricos que, en el caso de Argentina, tomaron a la Orden como un sucedáneo, o un complemento, al Jockey Club, que les permitía a sus miembros mantener largas conversaciones acerca de sus estancias en San Martín de Los Andes, mientras tomaban un single malt en los altos sillones de gobelino de su sede de Av. Santa Fe. Estos señores caballeros, que preferían no usar los uniformes rojos y mucho menos las cogullas, seguramente ponían dinero para sostener las dos o tres buenas obras de caridad que la Orden mantiene, pero de ir a cuidar enfermos, de bañarlos y sacarlos a dar un paseo en sus camillas o sillas de ruedas, estaban bastante lejos: con hacerlo una o dos veces por año era suficiente. No es raro, entonces, que el cardenal Bergoglio les tuviera una abierta antipatía, fruto de su natural resentido aunque en este caso se justificaba en buena medida.
Pero me permitó también añadir al post de fray Gerundio algunas otras observaciones acerca de la etología de este agente patógeno que algunos denominan Bergoglius sceleratus y que pertenecería a la familia del Staphylococcus improbus. Según aseguran algunos, sufre una mutación genética consistente en un rimero de genes pertenecientes a la familia de los hiénidos. Para quienes no conocen las oscuridades de la ciencia genética, digamos que por su sangre circulan genes propios de las hienas. 
Todos hemos visto más de una vez los documentales en los que se nos muestran la conducta predadora de estos cánidos en las sabanas africanas: siguen a una manada de gacelas o de ñus, detectan al miembro más débil -sea porque está enfermo, o porque es viejo, o porque es cachorro-, lo aíslan de la manada, lo atacan y se dan un festín con él entre carcajadas. La única estrategia que han desarrollado las víctimas es proteger a los miembros más débiles concentrándolos en medio de la manada a fin de que las hienas no puedan localizarlos. Consecuentemente, el peor error que pueden cometer estos individuos es apartarse del grupo y hacer visible su vulnerabilidad. 
Y es esto justamente lo que hizo la Orden de Malta a fines del año pasado a través de su Gran Maestre frey Mathew Festing apalancado por el cardenal Burke. Levantó la cabeza, cuando debería haber seguido caminando y silbando bajito, y se la cortaron. Sus altisonantes declaraciones luego de la expulsión del distribuidor de condones y, sobre todo, a raíz del nombramiento vaticano de una comisión investigadora, no pasaron de ser una bravata que mostró al mundo entero que había un ñu avejentado y herido. Y el olfato siempre atento del Bergoglius sceleratus enseguida lo identificó, organizó el ataque con sus compañeros de especie, y ahora mismo se están comiendo al pobre mamífero entre eructos y risotadas plebeyas.

La Orden de Malta era un miembro débil dentro de la Iglesia. Más de trece mil miembros y cientos de millones de dólares era manejados por un reducido grupo de señores mayores que poseían antecedentes tales como tasación de antigüedades, enseñanza de música en colegios secundarios y especializaciones en griego clásico. Todos estos caballeros, hay que decirlo, llevaban una ejemplar vida religiosa en el cumplimiento de sus tres votos, pero de ahí a gobernar una organización de estas características hay un trecho muy largo y que exige, mal que nos pese, experticia. Se trataba de una situación análoga a la que viven decenas de congregaciones religiosas que están agonizando y que, sin embargo, poseen enormes colegios que manejan presupuestos millonarios, los que claramente no pueden ser gerenciados por religiosas octogenarias. No ha quedado más remedio que entregarlos a los laicos y acuñar para esta triste situación el eufemismo de misión compartida
Los estatutos de la Orden de Malta se fueron ablandando en el último siglo y ya no se exige sangre noble para pertenecer a ella. Sin embargo, habían mantenido sabiamente ciertos requisitos para aquellos que ocuparan los cargos más altos. Concretamente, el Gran Maestre debía ser un caballero de justicia, es decir, un religioso con los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y debía poseer cuatro cuarteles de sangre noble. En pocas palabras, al menos sus cuatro abuelos debían ser nobles. Esta situación llevó a que, en la actualidad, cuando existen solamente cincuenta y cinco caballeros de justicia en todo el mundo, de entre ellos sólo trece cumplan con los requisitos de nobleza, y se trata en todos los casos de personas mayores, una de 97 años.
La estrategia que siguió frey Mathew mientras duró su mandato, secundado por otros buenos caballeros como frey Duncan Gallie y animados por el cardenal Burke, fue propiciar el aumento de las vocaciones de caballeros de justicia entre personas de mediana edad a fin de nutrir la cantera de autoridades de la orden y sobre todo fortalecer su carácter religioso. Caso contrario, la Orden terminaría siendo, decían, una ONG católica. 
Esta iniciativa no podía ser bien vista por las asociaciones nacionales, es decir, las delegaciones de la Orden en los diferentes países, que eran los que ponían el dinero pero que no tenían, ni les interesaba tener entre sus filas, caballeros de justicia, y tampoco se desvivían por mantener la condición de Orden de religiosa de caballería: con un par de misas al año a la que asistían vistiendo sus cogullas era suficiente. Sus esperanzas consistía en la extinción de los caballeros de justicia, lo que llevaría consecuentemente a que el gobierno de la Orden, y el manejo de los millones de dólares, pasara a sus manos.
El plan de frey Mathew, aunque de éxito incierto, era bueno y, hasta donde puedo yo ver, el único posible para salvar una Orden que, más allá de las apariencias de uniformes, espadines y sombreros emplumados, estaba tan débil como un ñu rengo. Y es en este momento cuando se cometió la gran imprudencia: apartarse de la manada, quedar al descubierto y mostrar sus debilidades frente al coro de hienas cuya madriguera está a un tiro de piedra del Palacio Magistral. 

Si la Orden era, como de hecho es, un estado soberano, debería haber tenido un reducido servicio de inteligencia: un MI5 que le dijera a las autoridades lo que se estaba tramando en el interior, y un MI6 que le reportara los corrillos que circulaban en Santa Marta y que les permitiera tantear si el horno estaba para bollos. Pero, o no tenían servicio de inteligencia -no necesitaban a George Smily; con Mr. Bean hubiese sido suficiente-, o si lo tenían, no le hicieron caso: en diciembre expulsaron con bombos y platillos al barón de Boeselager y, pocos días después rechazaron con oriflamas y alabardas a la comisión investigadora nombrada por el Vaticano. El problema fue que no eran conscientes que al primer grito, pues ni siquiera fue necesaria una escaramuza o el haka de los All Blacks, huiría hasta el último alabardero, dejando lanzas y banderas abandonas en las callejuelas del Aventino.
Hace algunos días se eligió a un nuevo lugarteniente, frey Giacomo Dalla Torre del Tempio di Sanguinetto, un santo varón italiano que tendrá la triste tarea de reformar, en el término de un año, los estatutos de la Orden a fin de eliminar cualquier requisito que impida que distribuidores de preservativos y nuevos ricos puedan llegar a los cargos más altos de su gobierno. 
Y entonces, la Soberana Orden militar y hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, dejará de ser una orden de caballería y se convertirá, al sonido de risas de hiena, en una Cruz Roja paqueta, millonaria y más o menos católica.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El demonio de la ira

Después de dedicar algunos días al ayuno de noticias eclesiales y luego de pasar un par de semanas sin escuchar ni leer nada sobre las correrías del papa Francisco y de su corte de imitadores, me ha llamado la atención la virulencia y una suerte de obsesividad con su figura que aparece en muchos comentarios, blogs y mails que recibo. Y en lo primero que caigo en la cuenta, es que yo mismo he tenido durante años esa conducta que, por decir lo menos, tiene algunos peligros. Y quiero referirme a uno de ellos que no es, por cierto, el menor: es una conducta que nos lleva muy fácilmente a caer presa del pecado de la ira y a alimentar nuestra alma con él pensando que estamos luchando el buen combate cuando, en todo caso, lo estamos perdiendo.
Evagrio Póntico fue un monje del desierto egipcio que vivió en la segunda mitad del siglo IV. De todos los Padres del Desierto, fue el más instruido y el que dejó más escritos. Fue el primer sistematizador de la espiritualidad cristiana y en él abrevan los escritos de los grandes maestros como San Juan Casiano o San Juan de la Cruz. A él debemos, por ejemplo, la división de la vida espiritual en tres grandes etapas, según hemos aprendido por santos posteriores como Santa Teresa de Jesús, o por escritores contemporáneos como el P. Garrigou-Lagrange.
Uno de los aspectos menos conocidos de su enseñanza es su psicología. Considera que todo pecado se inicia por un pensamiento malvado detrás del cual se esconde un demonio, y enumera ocho pensamientos de este tipo (que, con el correr de los siglos, darán lugar a los siete pecados capitales). El mecanismo es el siguiente: el demonio de la fornicación o de la tristeza, por ejemplo, lanza contra el hombre un pensamiento malvado de ese vicio concreto. Si el hombre no está atento y lo deja entrar en su mente, el pensamiento moviliza las pasiones y, de eso modo, termina pecando. Y el pensamiento malvado que se ha colado, anida en el corazón y cuanto más tiempo pasa, más difícil será erradicarlo. 
Enseña Evagrio que, de entre todos los pensamientos malvados, el más peligroso de todos es el de la ira, porque es el pensamiento propio de los demonios. Y su peligrosidad radica en que nubla el corazón y, además, engendra otros pensamientos malvados, sobre todo la tristeza. Escribe en el Tratado práctico: “No te abandones al pensamiento de la cólera, debatiéndote interiormente contra el que te ha contristado [...] pues [este pensamiento] oscurece el alma...”. Y en otra de sus obras: “Los vapores de la niebla sobrecargan el aire, y el ímpetu de la ira a la mente del iracundo. Una nube que pasa oscurece el sol, y así oscurece al intelecto el recuerdo de un mal sufrido”. Es notable que todos estos casos, y en muchos otros ejemplos que podría incluir, el autor compara a la ira con un oscurecimiento, comparable al que provocan en un cielo límpido la niebla y las nubes. Más allá que se trate de fenómenos que consisten sólo en simples y sutiles partículas de agua flotando en la atmósfera, sin embargo son capaces de oscurecer el sol. El hombre que comienza a “debatirse interiormente contra el que lo ha contristado” (por ejemplo, el papa Francisco), cae presa de este oscurecimiento. Las nieblas de la ira se introducen en su alma y el resultado es el que ya nos advierte Evagrio: no podrá pensar con claridad. Dicho de otra manera, será incapaz de ejercer su fin natural que es, justamente, el pensar.
¿No nos ocurre esto muchas veces, acaso, con los problemas de la Iglesia que debemos afrontar diariamente? No se trata aquí de adoptar una actitud “negacionista” o “pasatista”, y mucho menos de aplaudir lo que vemos con claridad que está mal. No se trata tampoco de aplazar el juicio crítico, lo cual sería también actuar contra nuestra propia naturaleza. Se trata de no permitir que los pensamientos de ira infecten nuestro corazón y nos nublen el pensamiento. Y es esto lo que ocurre con mucha frecuencia. Y pongo un ejemplo para ilustrar lo que digo:
Algunos días antes de la Pascua, se difundió la tarjeta con la que el papa Francisco había saludado a los miembros de la Curia por la fiesta, y que es la que ilustra este post. Edward Pentin alertó de este hecho al mundo a través de Tweeter e inmediatamente comenzó la histeria colectiva de quiene creían ver un Cristo demasiado humano, o la Ascensión y no la Resurrección; otros se burlaban diciendo que era Superman y no faltaron muchos, replicados incluso en blogs tradicionalistas, que identificaron la obra con algunas de las figuras filogay del fresco de la catedral de Terni pintado por el argentino Ricardo Cinalli bajo la supervisión del impresentable arzobispo Paglia. Sin embargo, resultó ser que se trataba de la reproducción de un grabado del artista belga-argentino Víctor Delhez que, además de eximio grabadista, fue un católico devoto, ejemplar padre de familia y políticamente identificado con la derecha de mejor línea. En breve, fue alguien “del palo”. El blog Info-caótica publicó algunos documentos interesantes al respecto.
Verdad es que ni Pentin ni ninguna otra persona está obligado a conocer a Delhez y a todos sus grabados, y mucho menos están obligados a gustar de ellos, pero también es verdad que a todos se nos exige un mínimo de prudencia antes de emitir un juicio público. La ira que nos embarga contra Bergoglio nos puede nublar fácilmente la inteligencia y terminar viendo lo que no existe y cometiendo, consecuentemente, injusticias y zafarranchos injustificables. Y, lo peor de todo, es que terminando perdiendo la calma y la paz del alma que son un don de Dios y un signo de su presencia.
Decía el cardenal Newman: “En general, las personas, cuanto más religiosas son, más serenas. Y siempre, en principio, la religión es en sí misma serena, moderada y consciente” (Sermón 13). Vale la pena prestarle atención. No sea que por defender la fe y desenmascarar a los falsos pastores, terminemos cayendo en las garras del demonio de la ira, cometiendo injusticias y perdiendo la serenidad que es signo del hombre verdaderamente religioso.

lunes, 1 de mayo de 2017

Campanas bajo las olas


Luego de algunas semanas de alejamiento del blog, aprovechando para ello el tiempo sagrado de la Pascua del Señor, retomo la tarea con una breve reflexión acerca de la necesidad de detenerse, de tanto en tanto, a “escuchar”. 
Dicen que a veces, quienes caminan por las costas del sudeste de Inglaterra, escuchan campanas sonando bajo las olas del mar del Norte. Son las campanas de las ocho iglesias y dos monasterios que poseía la ciudad de Dunwich, que fue sepultada por el mar en el siglo XIII luego de una tempestad.
Las campanas de las iglesias sumergidas de Dunwich, que tañen de vez en cuando y que sólo pueden oír aquellos que se atreven a caminar, desafiando el viento y la lluvia, por los acantilados y las playas pedregosas de Suffolk, llaman también a cualquier cristiano que se detiene a reflexionar en algunos de los arrecifes que Dios siempre pone en su camino para que tome un descanso en su camino. Sólo hay que agudizar el oído para acceder al recuerdo de lo que perdimos y caer en la cuenta, una y otra vez, que vivimos en un páramo de barbarie. No se trata de idealizar el pasado; simplemente de escuchar sus campanadas que resuenan bajo las olas de los ruidos externos e internos que nos agobian. 
El tañido de las campanas de Dunwich no son sólo recuerdo del pasado sino también esperanza del futuro. La ciudad sumergida no es más que el reflejo de la ciudad con siete iglesias y dos monasterios que siempre existió y sigue existiendo en el hyperuránios tópos, el “lugar más allá de los cielos” del que hablaba Platón y que los cristianos del Medioevo identificaron con el Reino de los Cielos, al cual todos deseamos alcanzar.
El problema que aparece una y otra vez es descubrir el modo de tener el oído atento para escuchar el tañido de las campanas. Dicho de otra manera, ¿cómo podemos detenernos en el arrecife a escuchar? ¿No es ese, acaso, el oficio del monje? Como hemos dicho en otras ocasiones, la llamada a la vida monástica se dirige a todo cristiano. Todo cristiano debe ser monje en algún lugar oculto del corazón. ¿Qué otra cosa sino una exigencia universal de vida monástica es lo que nos manda el Señor: “Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto...” (Mt. 6, 6)? Es en el jardín cerrado de nuestro corazón donde nos encontramos con el Padre que habita -así nos lo asegura el Hijo- en “el secreto” (κρύπτω), en lo oculto, en un lugar cubierto y al abrigo de las miradas extrañas. Y es allí donde nos habla; es allí donde escuchamos el tañido de las campanas de Dunwich, las que están sumergidas y las que están más allá de los cielos. 

martes, 25 de abril de 2017

En el jardín escondido

No es necesario aclarar que no existe ninguna “visita fraterna” pontificia. El comentario no fue más que una humorada de un ocurrente lector que me divirtió. 
No existe más que algunos días de descanso que nunca pueden ser más propicios para tomarlos que la Semana Santa y los días pascuales. Más que un descanso es la necesidad de sentarse algunos días en el jardín secreto. Y si me disculpan el esnobismo, es esto lo que quiero decir: 
I should find that low door in the wall which opened on an enclosed and enchanted garden, which was somewhere, not overlooked by any window, in the heart of that grey city. 
La cita es de Evelyn Waugh en “Retorno a Brideshead”. Y la verdad es que todos tenemos la necesidad de buscar de tanto en tanto esa puerta escondida que nos lleva al lugar encantado, que no puede ser observado desde ninguna ventana, pero que realmente existe. La otra opción es no buscarlo y contentarse con vivir en la dispersión, o en la diversión, de todo lo que nos aliena: desde la televisión hasta la escritura de un blog. 
Y esa pequeña puerta escondida no siempre es fácil de encontrar aunque el Señor suele ubicarla muy cerco nuestro. La pequeña Téseris dice: “Los iconos no son obras, señorita Prim; los iconos son ventanas”. Y muchas veces pueden ser también puertas disimuladas a través de las cuales nos asomamos al jardín cerrado del rostro de Cristo en el que encontramos nuestro propio rostro olvidado.
Otras veces la puerta se encuentra en la liturgia que es, o debiera ser, la escotilla a través de la cual el cielo se derrama sobre la tierra y nosotros, con los ojos elevados y el oído atento, podemos atisbar las orlas del manto de alguno de los ángeles que celebran la eterna liturgia frente al Trono del Cordero. 
O puede ser un libro, o una poesía, o las montañas nevadas que se observan desde un bosquecillo de amarillos álamos otoñales. Cada uno sabrá dónde buscarla, y encontrarla.
Me quedaré, por tanto, todavía algunos días en el jardín escondido. 

sábado, 15 de abril de 2017

Cristo ha resucitado


Cristo ha resucitado
Χριστὸς ἀνέστη! 
Christus resurrexit!
Христóсъ воскрéсе!
ܡܫܝܚܐ ܩܡ! ܫܪܝܪܐܝܬ ܩܡ!

miércoles, 12 de abril de 2017

Miércoles Santo




Mientras los gloriosos discípulos eran iluminados en el lavado de los pies durante la Cena, entonces también Judas, el impío, cayó en las tinieblas por estar enfermo de avaricia. Y él te entregó, ¡oh justo Juez!, a los jueces sin ley. 
Mira, tú que amas el dinero, y observa a aquél que por dinero se ahorcó. Huye de la avaricia que provocó que cometiera tal acto contra el Maestro. 
¡Oh Dios que amas a todos los hombres, gloria a Ti!
Tropario de la Liturgia Bizantina.

martes, 11 de abril de 2017

Martes Santo


Cuando vio que el sol había escondido sus rayos y que el velo del Templo se había rasgado cuando murió el Salvador, José fue a Pilato y, rogándole, gritó:

Dadme a ese Desconocido
que, desde su juventud,
ha caminado como un desconocido.

Dadme a ese Desconocido
asesinado por el odio de su propio pueblo,
como un Desconocido.

Dadme a ese Desconocido, 
al que contemplo maravillado,
viéndolo como el huésped de la muerte.

Dadme a ese Desconocido,
a quien los hombres envidiosos,
enajenaron de este mundo.

Dadme a ese desconocido,
para que pueda sepultarlo en una tumba,
porque siendo un desconocido no tiene lugar
donde reposar su cabeza.

Dadme a ese Desconocido
ante quien su Madre exclamó:
"¡Hijo mío, mis sentimientos están heridos
y mi corazón está ardiendo
cuando te veo muerto!
Pero, confiando en tu resurrección,
yo te glorifico".

Tropario de la liturgia bizantina.

lunes, 10 de abril de 2017

Lunes Santo




"En lo alto del cielo, oh Salvador, estás inseparablemente unido al Padre, y aquí abajo, sobre la tierra, donde estás entregado a la muerte, los serafines tiemblan al contemplarte".
Liturgia Bizantina de Semana Santa.

jueves, 6 de abril de 2017

Cave Scripturam

Hace algunas semanas, un tal Agustín dejó este comentario: “Más allá de lo excelentísima que sea la lectura de las Escrituras, teniendo a la Iglesia para que nos transmita la Verdad, ella no es necesaria e incluso puede ser contraproducente para el simple. Así que no tiene por qué ser legible para el común, como la Liturgia”. Yo lo tomé como la broma de algún lector; algún otro lo tomó como la intervención de algún troll pero, luego de pensarlo mejor, creo que Agustín hablaba sinceramente y que, además, se trata de un buen católico. Y quedé espantado: resulta ser que la lectura de la Escritura no es necesaria porque es suficiente la Iglesia que nos transmite la verdad. ¿Nos damos cuenta del tamaño, y peligroso, disparate que implica esta afirmación?
Cuando Agustín habla de transmitir la Verdad, y escribiendo la palabra en mayúsculas, se entiende que se refiere a Nuestro Señor, pero en realidad yo creo que se está refiriendo a la verdad a secas, que se expresa en la doctrina que profesamos y que, efectivamente, nos es transmitida por la Iglesia. Sin embargo, aquí radica la confusión: la religión, o la fe, o la vida cristiana no es una doctrina, por más verdadera y enseñada por la Iglesia que sea. Si así fuera, los católicos seríamos simple y llanamente racionalistas
La verdad, como todos sabemos, consiste en un juicio de la razón: adaequatio rei et intellectus, una actividad humana que nos permite conocer la realidad y avanzar en el conocimiento a través de los razonamientos, que se construyen a partir de juicios racionales a los que denominamos premisas. Toda doctrina es el desarrollo orgánico de una serie juicios, verdaderos o falsos. El marxismo o el sistema hegeliano, por ejemplo, son una doctrina integrada por un desarrollo perfectamente coherente en sí mismo de premisas verdaderas y falsas. Los hegelianos o los marxistas son quienes adhieren a una de estas doctrinas. 
Pero nosotros no somos catolicistas, somos católicos; no adherimos a una doctrina como los hegelianos o los marxistas, adherimos a una Persona que es Cristo. Y la diferencia es abismal o, mejor, infinita. Me parece monstruoso que alguien pueda creer que ser religioso, o que ser un buen católico, significa solamente adherir a la doctrina que nos enseña la Iglesia. Es lo que una vez me dijo una persona que pasaba por muy católica: “Para mí la fe es el Denzinger”. Caifás, habría dicho “Para mí la fe es observar la Torah”, y Lenín: “Para mi la fe es El Capital”. 
Ser católico significa vivir la vida de Cristo. Es esto lo que nos dice el mismo Hijo de Dios en los Evangelios, y es esto lo que nos han enseñado desde los primeros siglos los Padres y Doctores de la Iglesia. Más aún, es esto lo que nos enseñan los santos y los mártires: nadie muere por amor a un silogismo; se entrega la vida por amor a Cristo. Y Cristo -vaya novedad para el comentarista Agustín- se reveló a sí mismo fundamentalmente en las Escrituras. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Heb. 1, 1-2). Y resulta que el comentador Agustín prefiere no escucharlo...
Nuestro Señor nos ofrece su palabra, que es Él mismo, porque Él es la Palabra increada que se hizo carne, y nos habla. Y, sin embargo, se nos dice que “no es necesaria”, es decir, no hace falta que leamos lo que Dios quiso y quiere decirnos; más aún, que puede ser peligroso y contraproducente. Es mejor conformarnos con la doctrina, es decir, con los silogismos.
Sobre este punto hay toneladas de libros escritos. Propongo una breve reflexión siguiendo uno de los sermones de San Agustín (el 22A) al cual, espero, nadie considerará protestante, modernista o adherente al peligroso movimiento de los gnósticos. San Agustín describe allí la manera en la que San Juan, el pescador sin educación, fue inspirado a escribir su Evangelio, y especialmente aquellas “maravillosas y sorprendentes palabras” de su Prólogo, en la que declara la divinidad del Verbo. ¿Cómo ocurrió la inspiración divina para que escribiera eso? El evangelista, con la cabeza apoyada en el pecho de Nuestro Señor en la Última Cena, se empapó sobre lo que Él le decía sobre su divinidad: “al haberse saciado de sus palabras”, dice San Agustín. Surge como fruto de esa saciedad la creación de su evangelio: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. Esto nos demuestra, sigue el Doctor de Hipona, que el conocimiento de San Juan no fue una mera cognición intelectual ni tampoco una verdad transmitida por palabras. 
Por supuesto que nosotros, simples fieles, necesitamos que alguien nos explique las Escrituras. No se trata aquí del libre examen protestante. Es lo que el mismo San Agustín sigue diciendo en el mismo sermón: las Sagradas Escrituras son como una bolsa de nueces cargada por niños, que sienten su peso y se alegran pero no pueden abrirlas. Así como un niño le da las nueces a un adulto para que se las parta así poder comerlas, así debemos hacer con las Sagradas Escrituras: comerlas cuando han sido partidas por la Iglesia. En este sentido San Agustín habla de las Escrituras como de un sacramento: esconde bajo los signos de sus palabras la eficacia del mismo Cristo. “Aquí estás, ahí está la comida, cómela”, termina el Hiponense. Lo que debemos comer son las Escrituras, que contienen alimento para el alma. 
No se trata aquí de desconocer la importancia que tiene la doctrina. Creo que el ochenta por ciento de este blog está dedicado a defender las verdades de la Fe, pero eso no implica dejar de lado o desaconsejar la lectura de la Palabra de Dios que, insisto, es alimento ineludible para el alma.
Pero nuestro Agustín argentino prefiere dejar este alimento de lado. 

martes, 4 de abril de 2017

Los hijos del Papa


El Santo Padre Francisco ha provisto en estos días dos jurisdicciones eclesiásticas en Argentina: la diócesis de Gualeguaychú y el Obispado Castrense. Los nombres de los candidatos no dejan de ser curiosos: P. Héctor Luis Zordán M.SS.CC., hasta ahora párroco de Nuestra Señora de los Dolores en Buenos Aires, y Mons. Santiago Olivera, hasta ahora Obispo de Cruz del Eje.
La diócesis de Gualeguaychú ya sufrió más de 15 años la mediocridad de otro hijo dilecto del Sumo Pontífice, Mons. Jorge Lozano, elevado a la sede archiepiscopal de San Juan. Ahora aparece un sacerdote del clero religioso cuya única actuación en esa diócesis es un curso en la Abadía del Niño Dios hace varios años. La virtud del P. Zordán es haber sido un ferviente sostenedor de la candidatura del entonces Mons. Bergoglio para ser Arzobispo coadjutor de Buenos Aires, hacia fines de los años ’90. Favor con favor se paga. 
Cabe recordar que la diócesis de Gualeguaychú posee un óptimo clero dotado de títulos académicos eclesiásticos y de probada capacidad pastoral que viene siendo ninguneado por el Obispo de Roma.
En el Obispado Castrense fue elegido un hijo dilecto del tristemente célebre Mons. Justo Laguna. Y no sólo hijo, sino también mayordomo, mucamo, jardinero y chofer, como bien puede apreciarse en este video en el que se ve al finado obispo Laguna, presa de un brote histérico, porque Santiago Olivera no le trae su automóvil. 
Llama la atención que el Santo Padre haya elegido para una sede importante y que suele estar en el foco de la atención de los medios, a un obispo de la línea de Laguna, de quien siempre se dijo que era un acérrimo enemigo. ¿Por qué será? ¿Qué hay detrás? ¿Algún lobby quizás?
Mons. Olivera no posee otro currículum más que su vocación por ausentarse de la diócesis –igual que su difunto mentor– además de una mancha no menor: fue Vicario General de la diócesis de Morón desde 1994 hasta 2008, es decir, durante todo el periodo del “caso Grassi”, sacerdote condenado por abuso sexual reiterado a menores, del que el actual Papa pretende desentenderse, como podemos ver aquí y aquí.

A tal punto llegó la ironía del Papa que pretendió que se publicara la designación del Obispo Castrense el 24 de marzo, fecha más que complicada por su relación con el último golpe militar. Tuvo que intervenir el gobierno argentino para evitar que el nuevo pastor recibiera una silbatina general en la plaza pública. Habría sido otra ironía del Pontífice que pidió a los obispos que no sean hombres de “aeropuerto”, mientras que el designado Olivera en estos momentos se encuentra en su enésima visita a Roma.
Sin entrar en un juicio moral sobre ambos candidatos, se puede afirmar que son coherentes con los precedentes nombramientos episcopales del Papa argentino en su tierra natal: persona de poca monta que dependan exclusivamente de él. Al respecto, este blog ha señalado el caso del Chino Mañarro y podríamos agregar el de Mons. Dante Braida, auxiliar de Mendoza y don nadie de tomo y lomo.
Mediocritas mediocritatem vocat.


El barrendero del Sacro Palazzo
Corresponsal en Roma

lunes, 3 de abril de 2017

Saludo papal



Nuestro estimado amigo, Mons. Guillermo Karcher, le comunicó al Santo Padre el reciente aniversario que cumplió este blog. La bondad del Papa Francisco ha querido enviar al autor de la bitácora y a todos sus lectores un especial saludo y su Bendición Apostólica. 

miércoles, 29 de marzo de 2017

Lo que perdimos


A un mozo de regular sentido le es fácil construir en su imaginación una ciudad, sin haber visto otra como ella; llenarla de tiendas aparatosas, de caballeros principales... y aun de lo que no existe sino en los cuentos maravillosos; cabe, en fin, hasta mejorar la realidad, y con frecuencia se observa este fenómeno en las gentes sencillas que han soñado mucho y han visto poco. Pero es imposible adivinar hasta dónde puede elevarse, cuánto puede sentir el espíritu humano excitado por el concurso de agentes externos, de los cuales no se tiene la menor idea. Yo me vi en este caso entonces. No me maravilló el templo con sus tres naves góticas, su coro bajo frente al altar mayor, su suelo de mármoles y sus capillas sombrías; pues si he de hablar con verdad, cosa más grande y más rica me había imaginado yo para una catedral de población tan renombrada e importante; pero comenzó la misa, y ya el ir y venir de los canónigos arrastrando las negras colas; el solemne y ostentoso ceremonial del presbiterio; los preludios del órgano; las nubes y el olor de los incensarios agitados por los inquietos monaguillos vestidos de rojo y blanco, y la templada luz que se descomponía en todos los colores, del prisma al atravesar los vidrios de las ojivas, imprimieron un nuevo rumbo a mis ideas, sacándolas de sus ordinarios y naturales cauces. Después, a medida que la misa adelantaba, crecía la fuerza de mi atención, porque nuevas ceremonias y no soñadas impresiones la sorprendían y la cautivaban, sin poder yo darme cuenta todavía de si aquel arrobamiento en que comenzaba a caer era solamente una inesperada excitación de mis sentimientos religiosos en ocasión y sitio tan señalados, o si en él influía también un exceso de curiosidad. Pero llegó un momento en que a las voces estentóreas de los sochantres, y a las atipladas de los niños de coro, y al sonar de las campanillas de los monagos, y al cántico trémulo e inseguro del oficiante se unió el estruendo de toda la trompetería del órgano, formando el conjunto un verdadero torrente de armonías que se desbordaba de las naves del templo y parecía estrellarse en inmensas oleadas contra los fustes, y saltar en ecos resonantes desde los mármoles del pavimento hasta los rosetones de las bóvedas. Entonces sentí un extraño cosquilleo que se deslizaba por todas las fibras de mi cuerpo; perdí la noción racional de cuanto tenía delante y en derredor de mí; hundí la cabeza en el pecho; parecióme que los haces de columnas se alargaban y crecían hasta perderse de vista, diáfanos y aéreos, y que la tempestad de sonidos se extendía por todo el espacio hasta llenar los ámbitos del mundo, como la voz terrible de Jehová...; Y LE Vi, Sí, LE vi flotando sobre nubes de incienso y de armonías, entre las desvanecidas bóvedas del templo, Y LE sentí en mi corazón y en mi conciencia, y crecieron en ella las más leves faltas hasta la magnitud de enormes culpas, al ardor de la fe, que también crecía en mi pecho; humillé mi cabeza... (creo que toqué con la frente el duro mármol en que se hincaban mis rodillas); negóse mi labio trémulo a pronunciar las plegarias que salían de mi corazón; brotaron mudas lágrimas de mis ojos; y al verme en presencia de Juez tan grande y majestuoso, avergonzóme la altura del suelo que me sostenía, y envidié la obscuridad y bajeza del mísero gusano que se arrastra bajo las costras de la tierra. 
Doliente y quebrantado salí de aquel éxtasis extraño cuando el silencio volvió a reinar en el templo, y, mi padre, después de plegar en tres dobleces el pañuelo de yerbas sobre el cual se había arrodillado, me tocó en el hombro para advertirme que era hora de marcharnos, pues se había concluido la misa y no quedábamos allí más que nosotros y cuatro viejas rezadoras. 
-Parece que te ha gustado la solemnidad -me dijo al llegar a los claustros-. ¡Nunca te vi oír una misa con tanta devoción! 
En toda mi vida he vuelto a sentir impresiones como aquéllas. 


José María de Pereda, Pedro Sánchez

lunes, 27 de marzo de 2017

Las mejillas del oso y la blasfemia

Cuando se celebró, hace algunas semanas, el absurdo Día internacional de la mujer, en varias ciudad argentinas se abrieron las puertas de los aquelarres infernales. De modo particular, en San Miguel de Tucumán, quienes caminaban por las calles, asistieron atónitos a lo que los periodistas calificaron como una “perfomance artística” pero que no fue más que una horrorosa blasfemia: una mujer, caracterizada como la Santísima Virgen, cometiendo un sangriento aborto frente a la catedral tucumana. 
El arzobispo de Tucumán, Mons. Alfredo Zecca emitió inmediatamente un claro comunicado de repudio. Otros prelados, en cambio, tuvieron otra indignante y vergonzosa reacción que ya todos podemos imaginar. Y me refiero de modo particular a la declaración de Mons. Sergio Buenanueva, obispo de San Francisco. Era un obispo que prometía mucho. Estando en Mendoza, fue un claro defensor de la misa latina y mostraba simpatías hacia el pensamiento tradicional. Todo fue así hasta que llegó Francisco, y Mons. Buenanueva volcó irremediablemente. Ya habíamos dado cuenta el año pasado del paso en falso cometido por el prelado en Roma cuando, pretendiendo desplegar su voluminosa sapiencia frente al Papa, fue completamente ninguneado por Bergoglio. Pero parece que no ceja en su empeño de mostrarse servil a las líneas romanas en espera, seguramente, de alguna promoción que lo saque de la insignificante sede en la que se asienta Su Corpulencia Reverendísima. 
Les dejo aquí una reflexión que circula en la web y viene muy al caso.

Sobre las mejillas ajenas
Legendario es aquello de que hay gente que gusta hacer limosna pero con plata ajena. Ser generoso, pero no con los bienes de uno, sino con los del vecino. Ayudar a los pobres pero metiendo la mano no en el propio bolsillo sino en el bolsillo de otro. Esto, por suerte, está refutado y ampliamente aceptado que se trata de una ramplona falacia que no resiste el menor análisis.
Ahora, lo interesante es ver cómo “funciona” esto mismo respecto a otros asuntos. 

Pues lo que vale para el bolsillo (para la generosidad) vale también para cualquier otra virtud. Por ejemplo, el gallardo propósito de no reclamar lo que otro injustamente me quita: si se trata de mí mismo, bienvenida la bienaventuranza; pero no aplica a terceros: ¡al contrario!, sería una falta por omisión que no colaborara a que se les devuelva a los vulnerables lo que les fuera injustamente quitado. Lo mismo valdría decir de la persecución: si es a mí, bendita sea; pero si es a terceros, no tiene asidero gritarle cínicamente desde el balcón: bienaventurado tú, cristiano de Siria, perseguido y llevado injustamente a la tortura y muerte. 
Lo mismo: gallardo es no defenderse ante agravios o calumnias proferidas a uno; cobarde y felón, en cambio, si uno no es capaz de defender a un amigo (o incluso un enemigo) injustamente difamado.
Y pienso más puntual y específicamente todo esto respecto a lo de “poner la otra mejilla”. Porque me preocupan los Peter Pan que quieren hacerse la gran bienaventuranza con mejillas ajenas. Y eso no está bien. No está nada bien. 
Y sabe más a cobardía que a mala teología. O a ambas, en todo caso.
Cuando A MÍ me pegan en una, ahí he de poner la otra. Pero si un muchacho va con su novia por la vereda y un degenerado pasa y le toca el traste: ay de aquel, ay de aquel joven que con engolada voz le dijera a su prometida: amada mía, paloma mía, Cristo se dejó matar por nuestros pecados, déjate tú toquetear y serás salva. Si te toca una nalga, déjate tocar también la otra. 
Ay de aquel joven que no fuera capaz de darle una buena tunda al degenerado maleante.  
Si A MÍ me escupen en la cara, y soy templado y fuerte, y recuerdo con fervor que mi Señor fue escupido, bien hago en soportar el salivazo recordando mis muchos pecados. Pero si voy por la calle con mi madre y un maleante la escupe en la cara… ay de mí, ay de mí si desenrollo las bienaventuranzas y le explico a mi pobre madre que se lo aguante, que más padeció Cristo por ella, prometiéndole al escupidor plegarias en favor de su conversión, al son de un feble: yo te perdono, pues no sabes lo que haces… mientras Mamá intenta limpiarse con su pañuelo la cara. Más me valdría no haber nacido que ser un hijo así. Pues a las madres se las defiende con uñas y dientes. Aun a riesgo de morir en la contienda.
Será que vivo con el vivísimo recuerdo de niño (tendría 7 u 8 años), en que mi padre, de viajar mucho, con el taxi esperando en la puerta para irse al aeropuerto, ya con el sobretodo y guantes puesto, solía ponerse en cuclillas delante de mí y decirme con voz muy seria y solemne: quedás a cargo de tu madre y tus hermanos: ¡cuidalos! Y yo cabeceaba, a dos mejillas, un sí tan rotundo como convencido. 
La vida por ellos.  
El Señor, como el Siervo Sufriente, avanzó como oveja al matadero, manso, mudo y entregado. Pues se trataba de su propia Vida, la que ofrecía libérrima y señorialmente. Pero justamente, ¡qué contraste!, ese mismo Agnus Dei se torna León de Judá, una fiera incontenible, cuando de la Casa de su Padre se trata. Ahí no hay mudez, ni mansedumbre: ahí hay desatada ira, pues se trata de la defensa del preciado Bien ajeno, pues se trata del Padre. 
Sólo Cristo, la Víctima, podía defender la oreja de Malco. Como que los discípulos no podían hacer otra cosa que atinar a defender a su Maestro. 
Gallardo fue Pedro en cortarla y gallardo Cristo, en reponerla.
Entreguemos con hidalguía nuestra segunda mejilla cuando nuestra primera fuera ultrajada. Sin medias tintas ni hermenéuticas amaneradas y ambiguas. 
Y con igual hidalguía, defendamos ambas mejillas, cuando de las ajenas se trate. También en esto, con las tintas bien cargadas
Que eso, y no otra cosa, es ser un hombre bien nacido y un cristiano cabal.
La vida por ellos.