sábado, 17 de septiembre de 2016

Prójimos y lejónimos

Más de una vez, Ludovicus ha hecho notar la dialéctica entre prójimo y el lejónimo propia del discurso bergogliano, por ejemplo en este post. En síntesis, mientras el prójimo es real y concreto, por eso Cristo se refirió a él, el lejónimo bergogliano es abstracto, más bien un ente de razón. Y así, el obispo de Roma puede lamentarse y llorar enternecedoramente por los sufrimientos que soportan los refugiados sirios, y pasar de largo frente al marido y a la hija de Asia Bibi, sin siquiera ofrecerles una palabra de consuelo o esperanza. Esta actitud psicopática y manipuladora del pontífice es nada más que un emergente del colapso posconciliar y que venía de larga data. 
Una de las flores más perfumadas de las últimas décadas que pueblan el jardín posconciliar es el protagonismo que la Iglesia adquirió frente a la opinión pública como la institución líder en la defensa de los pobres y la promoción humana. Pensemos, por ejemplo, en la Pacem in terris  de Juan XXIII, de los lejanos años ’60. Sería muy difícil, por otro lado, encontrar en los documentos del episcopado argentino de los últimos años alguna referencia a la conversión del corazón, a la búsqueda de la Verdad o a la adoración de la Trinidad. Los intereses episcopales pasan exclusivamente por alertan acerca del aumento de la pobreza y de los vaivenes del desempleo. Y los curitas de parroquia centran sus homilías en la importancia de sentirse comunidad, de buscar la paz y de dar de comer a los pobres, y presentan a Cristo como el protagonista del nacimiento de una suerte de Green Peace universal dedicada a socorrer al hombre en sus necesidades materiales. Hasta el misterio más grande de nuestra fe, la Eucaristía, se ha convertido en un símbolo del pan que debe ser compartido con el necesitado. 
Se trata, por cierto, del misterio de iniquidad obrando en la Iglesia, y del modo que han tenido los miembros de su jerarquía de legitimarse frente a un mundo apóstata. Si la sociedad ya no cree ni tiene consideración por lo sobrenatural, ¿de qué modo presentarse frente a ella y no ser rechazado? Uno de ellos, y es por el que se ha optado, es camuflándose en una ONG que agote su razón de ser en la inmanencia. Es este el camino que eligió la Iglesia luego del Vaticano II y para constatarlo, basta ver los videos mensuales protagonizados por Bergoglio, de los que dimos cuenta hace poco. 
Pero ¿es que la Iglesia no debe ocuparse de los pobres y necesitados? Por cierto que sí, y siempre lo hizo. El problema es cómo entender y desarrollar esa acción. Las palabras del salmo 126, Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los constructores indica que el centro absoluto de la vida de la Iglesia es Cristo y no el hombre, por más pobre y menesteroso que sea. Es por eso que siempre miró con cierta sospecha a las “organizaciones sociales” (pensemos, por ejemplo, en la opinión que tenía la Iglesia sobre el Rotary Club), o bien se las consideraba tareas secundarias que poco tenían que ver con los procesos auténticamente divinos y misteriosos que se cumplen en el alma de los fieles y que el Espíritu Santo dispensa a través de la acción de la misma Iglesia. Para eso fue fundada por Nuestro Señor, y no para dar de comer a los pobres. Luchar por la igualdad entre los hombres, eliminar la pobreza y el hambre, obtener la paz entre las naciones del mundo -hacia todo lo cual se dirigen los esfuerzos del papa Francisco- posiblemente puedan lograrse pero “cuando se diga: ‘paz y seguridad’, entonces, de improviso, vendrá la ruina” (I Tes. 5, 3). 
¿Y si al mundo le viene bien bien el sufrimiento y la pobreza? ¿Y si una vez que el mundo alcanzara el bienestar, la humanidad se volviese presuntuosa y se olvidara de Dios? ¿Y si la saciedad acallara las conciencias? ¿Y si el ocio y una vida sin dolores despertara vicios desconocidos? Son preguntas que se hacía Pavel Florensky a principios del siglo XX y que vale la pena rever. Me refiero a la obsesión que siempre demostraron algunas congregaciones religiosas contrareformistas por influir y hacerse de puestos mundanos ad maiorem Dei gloriam, por supuesto. Y podemos preguntarnos nuevamente: ¿será que los caminos de la Iglesia son los de una organización que hace propaganda de sus productos a fin de atraer consumidores? ¿Será que su éxito consiste en organizaciones firmes y jerárquicas que consigan infiltrarse en los centros del poder -las cortes reales, en el caso de los jesuitas de los siglos XVII y XVIII-, o en los centros económicos , en el caso del Opus Dei de nuestros días, por ejemplo? ¿Será que la misión de los laicos comprometidos consista en estar presentes en todos los ámbitos humanos, incluidos los partidos políticos de la democracia liberal? 
La verdad es que no. Nosotros, como dice San Pablo, no combatimos por la carne; las armas de nuestro ejército no son los instrumentos de la carne, sino que la fuerza la tenemos en Dios. Nuestras armas son la coraza de la justicia, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación, la espada del espíritu, la palabra de Dios y la oración.
El cristianismo propiamente tradicional desprecia las formas humanas de lucha y teme confundir como divinas aquellas gestas que son solamente de los hombres. Esto no significa que haya que negar todas las obras humanas; significa que hay que ser cauteloso a fin de no confundir lo terreno con lo divino. No se trata de negar las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo o visitar a los enfermos. Todas ellas son virtudes que adornaron a los más grandes santos, pero tienen sentido solamente en cuanto son actos de amor y de caridad, y no como dirigidos a transformar este “valle de lágrimas” en el jardín de las delicias. Las miserias de este mundo no se cambiarán por los esfuerzos humanos, aun cuando sean liderados por el Obispo de Roma. La beneficencia (hacer el bien), desde el punto de vista cristiano, se dirige hacia el prójimo, que es una persona concreta y determinada, y no hacia el lejónimo, que es un colectivo indeterminado. Se hace el bien porque se ama a un hombre determinado que sufre y no porque se tenga la intención de cambiar las condiciones de vida de la humanidad, o de ganar el premio Nobel de la Paz. 

26 comentarios:

La Bergoglia dijo...

El lejonimo es una gran falsificación pero ¿no es también una falsificación el "projimo virtual"?. Ese que está cercano "en la red" o el indeterminado próximo a quien pretendo ayudar tirando una enseñanza en el indeterminado éter de la web. ¿No habrá que volver a intentar amar al vecino, ese que cortá el pasto, grita a su hijo adolescente o toca la trompeta a la hora de la siesta?.

Juan se pregunta dijo...

Si el hombre es cuerpo y alma, ¿hemos de practicar solamente las obras de misericordia espirituales? ¿O también corporales?
¿Existen las virtudes morales infusas? ¿Podemos sobrenaturalizar las virtudes humanas por la caridad? ¿Tenemos que ponerlas en acto para ser perfectos?

Anónimo dijo...

Los católicos tenemos también nuestros problemas que no son pocos en este mundo tan difícil, pero si hay una cosa que yo puedo hacer y la inmensa mayoría, es ser amables con nuestros vecinos, escuchar a ese amigo pesado que necesita que le escuchen, y al que anda por malos caminos, aconsejarle de forma sutil sin prepotencias ni soberbias, eso es algo que todos podemos hacer. Luego habrá otras personas que en su alcance estén más cosas. Pero yo desde luego ya tengo a mi alrededor a quien ayudar sin tener que buscar una emoción llorosa exagerada más allá de mis fronteras. Aunque desde luego siento compasión por esa gente.

Jack Tollers dijo...

Y aquí podríamos recordar a Newman:

"La Iglesia sostiene que sería mejor que el sol y la luna se cayesen a pedazos, que la tierra se destruyese y que todos los millones de hombres que viven en este planeta se muriesen de hambre y en extrema agonía―que sufra cuantas aflicciones temporales fueran posibles―antes que una sola alma, no diré que se pierda, sino que ni siquiera venga a cometer un solo pecado venial, deliberadamente diga una sola mentira, o inexcusablemente se robe un penique." (De la Apología pro vita sua).

Anónimo dijo...

A cuento del post:

En la -para mi- bellísima película La Grande Bellezza de Paolo Sorrentino, la "Santa" que aparece como el alter ego del sensual protagonista masculino (Jep Gambardella) solamente pronuncia una frase la única vez que habla en la película: "yo no hablo de la pobreza, vivo la pobreza" (o algo así). Según tengo entendido al Sumo Pontífice no le gustó nada esta película cuando la vio. Y deduzco que fue por la única frase que pronuncia la Santa públicamente, que Francisco debe haber vivido -como todo político de izquierda- como una censura personal. Es explicable, la vida de Francisco fue hablar todo el tiempo de la pobreza y exhibirla demagógicamente, no vivirla. Lo hizo hasta con el sagrado nombre que eligió para ejercer su servicio como obispo de Roma.

El otro personaje eclesiástico de la película es un cardenal u obispo -no recuerdo- que es un consumado exorcista, el más importante de Roma o Italia. El personaje es agradable pero habla interminablemente de lo mismo: cocina, comida y cierto burgués "vivir bien". Primero parece un superficial insoportable, finalmente en la película -interpelado por el pagano protagonista, Jep, por "SU" duda religiosa existencial- se revela que el ex-exorcista ha perdido su última batalla y que su apariencia afable, en realidad, esconde el hecho de esta poseído por un demonio.

Creo que esa parte de esta película -que muchos juzgan irreligiosa- tiene la imagen más realista y dramática del drama del catolicismo de nuestros días: un pagano confundido, pero con dudas sobre las cuestiones últimas de la vida, que se acerca a un importante hombre de Iglesia para encontrar una guía y, cuando lo hace, no puede obtener ninguna respuesta porque, en realidad -y el pobre pagano no llega a saberlo- el hombre de Iglesia está poseído por el diablo. Un ciego busca la guía sobre las cosas última de la vida en un hombre de Iglesia y, cuando llega a la persona que debería dársela, en vez de dialogar con un representante de Dios dialoga con un demonio que no le dice nada. El demonio, además, se molesta con Jep porque ve que está en el buen camino o lo está buscando, y le cierra la puerta de su limousine en la cara. Como en la obra de Lewis el demonio se frustra frente a ciertos seres humanos que ve buscan el bien.

Y es que Jep no es esencialmente una persona mala sino una que ha vivido y triunfado, sin guías, en el mundo que le tocó vivir. La nobleza personal de Jep se muestra en una escena fabulosa por paradójica, que parece cruel pero que tiene como fin exhibir el valor intrínseco de la Verdad -el trascendental del que no quiere versar primariamente la película-. En esa escena Jep desenmascara a una amiga -militante de izquierda que ha caído envuelta en la soberbia de su propia vida- para defender al resto del círculo de amigos izquierdistas haciéndole entender a esta mujer que todos eran -más o menos- unos miserables, y que ninguno valía o debía sentirse mucho más que el otro. Jep es vicioso pero tiene un rechazo por el peor de los pecados capitales, la soberbia y, además, no traiciona y desprecia a sus amigos, viciosos como él, sino que los defiende aún en sus defectos que busca ignorar con caridad -porque el padece los mismos-. En esa escena están el Dante y sus últimos círculos infernales (traición y soberbia) en los que, Jep, con todos sus defectos no ha caído.

Anónimo dijo...

(continuación)

La Santa de la película -una imitación de Teresa de Calcuta, y donde la película tiene la virtud de mostrar que dentro de la Iglesia convive el demonio anterior (humanamente muy agradable, como el Papa Francisco) con Cristo (la Santa es humanamente desagradable, es un ser horrible)- vive junto al prójimo pobre y es pobre como ellos y con ellos. Como Pascal en su muerte que se rodeó de los pobres de París. En la película se hace notar que la Santa ha viajado penitentemente a Roma, para subir La Scala Santa frente a San Juan de Letrán, siendo evidente que no tiene ningún resto físico -ni siquiera mental- para hacerlo.

La Santa no es alguien entretenido con sus "lejónimos", sino con la gente cercana, incluido el pagano protagonista a quién la Santa conoció de niño y joven y al que ahora tiene la sabiduría de indicarle, con caridad, que toda su vida, salvo la gran novela que escribió hace muchos años, ha sido un desperdicio y que, en aquel amor humano de juventud que inspiró su novela -carnal, pero puro o primario que alguna vez tuvo- estaba la clave de su vida que había perdido por seguir los atractivos del mundo, derivado del éxito de ventas de su libro. La Santa -como Cristo- con una sugestión misteriosa sobre la propia vida del pagano le da el consejo que el pagano buscó en el importante hombre de Iglesia. Como en la historia de las grandes conversiones al catolicismo, las palabras de la Santa no son pedidas por Jep ni buscadas, sino que le llegan de modo inesperado en la terraza de su propia casa y con un hecho normal pero que, en ese momento, le parece sobrenatural y que aparece patente en la película. En esa escena de la Santa y el pagano vemos al Santo de Asís de modo metafórico, con colores de hermosos flamencos rosas contra la figura majestuosa de las ruinas paganas del Coliseo donde se derramara la sangre de tantos mártires cristianos. Inesperadamente a Jep le ha llegado su respuesta, de modo íntimo y sin que él preguntara a quién creía debía responderle, porque parecía obvio que ese engrendro humano que es la Santa poco parecía apta para dar alguna respuesta coherente. Pero Dios escribe recto con renglones torcidos.

La última doble imagen de la película muestra comparativamente al pagano buscando a esa mujer bella de su juventud con la que no se había comprometido en aquellos días lejanos, y a la Santa subiendo la Scala en un sacrificio que parece destruirla. Ambas imágenes encierran una belleza humana y divina a la vez, como la historia de Cristo. Una imagen, la de la religiosa, consumada en el martirio final de su vida completamente consagrada a Cristo físicamente sufriente y el otro, el pagano, como el jornalero de la tarde en la parábola de la viña del Señor que, siendo un viejo, afortunadamente -y gracias a la palabra no esperada de la Santa y las buenas disposiciones de su alma- empieza a encontrar el verdadero sentido de su vida en la imagen bella de esa mujer única de su juventud que amó y luego olvidó por su éxito y otros placeres mundanos.

Esta vez Hollywood, sin darse cuenta -porque son bastante toscos- le dió el Oscar a Mejor Película Extranjera, a una obra de arte católica aunque para muchos haya parecido otra cosa. Es mi opinión, por supuesto, y puedo estar equivocado.

La película transcurre en Roma, nuestra Ciudad Santa -la de los católicos-, como para indicar por enésima vez que cualquier sean los avatares de la historia, Cristo puso la mirada en ella por algún motivo que desconocemos pero que debemos aceptar, como parte de nuestra fe. Incluso con papas como Francisco y otros personajes peores.

Saludos,

M T A dijo...

Wanderer, usted dice:

"¿Será que la misión de los laicos comprometidos consista en estar presentes en todos los ámbitos humanos, incluidos los partidos políticos de la democracia liberal?"

La pregunta usted la hace retórica y de ella´(del modo que la formuló) se respondería que "no, no deben los católicos integrar partidos políticos de la democracia liberal".

Pero hay un problema: todos los partidos son liberales y con su criterio, directamente, no participaríamos en política (salvo por nuestra politicidad natural y en ámbitos muy acotados).

Le voy a poner un solo ejemplo de mi punto de vista contrario al suyo:

No soy un ingenuo. Sé de la actual apostasía casi completa y también sé que desde la política ese no es un punto que hoy se pueda modificar. Pero también sé que si soy católico coherente no soy ladrón y que si no robo y llegase a un cargo determinado, por ejemplo en el Ministerio de Infraestructura, en vez asfaltar veinte cuadras, con el mismo dinero asfaltaría treinta. Esas diez cuadras asfaltadas de diferencia hacen que el apóstata siga tan apóstata como antes, pero yo que no lo soy, voy al supermercado sin romper el auto o rompiéndolo menos.

Ya conozco la objeción a mi postura, (para que vea que no le quiero hacer trampa) que dice que el mayor bienestar afianza más la apostasía. Puede ser, ese argumento tiene lógica y se constata diariamente cuando vemos casi siempre un desmedro espiritual cuando en el tiempo actual la gente logra vivir algo mejor. También vemos que están peor a nosotros espiritualmente (sólo que se nota menos a primera vista) en los países donde no hay inflación ni recesión y gozan del "estado de bienestar".
Sin embargo, a eso le respondo con lo siguiente: los apóstatas que sigan apóstatas que yo no lo puedo cambiar, pero siendo que yo no apostataré, me resulta mejor que la Argentina, mi provincia o al menos mi municipio, se parezca más a Finlandia que a Senegal. Ya sé que lo que pretendo se parece más a "bienestar" que a "bien común", pero no me importa. Prefiero que haya más chances de vivir mejor, al menos para los que no ponemos a las cosas de la tierra en primer lugar.

Anónimo dijo...


inobjetable este post...y de paso me permito recomendar la lectura de Fray Gerundio

sobre los "católicos" filo-protestantes

https://fraygerundiodetormes.wordpress.com/2016/09/18/luteranos-de-corazon/

Anónimo dijo...

Perdón por la extensión... de Bruckberger, La Historia de Jesucristo:

Sería demasiado sumario pensar que Cristo nos manda elegir entre el pan y la palabra de Dios. Como es imposible al hombre elegir contra su pan cotidiano, sería una bonita excusa para abandonar la palabra divina. Cristo sabe muy bien que, para vivir, el hombre tiene necesidad de pan, y que, si no tiene pan, muere. Sabe muy bien que, en un hombre hambriento, lo que muere ante todo es el espíritu, es decir, lo que puede recibir la palabra de Dios. El hambre no es buena cosa ni para la dignidad del hombre ni para el Reino de Dios; sin pan cotidiano no es posible nada, ni aun el cristianismo, y por eso pedimos nuestro pan cotidiano en el Padrenuestro. La economía política es necesaria.

Pero no basta. El cuerpo tiene necesidad de pan, el alma tiene necesidad de otro alimento. ¿Cuál? Cristo lo dirá más tarde: "Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre". Por el momento dice lo que viene a ser igual: "Todo lo que sale de la boca de Dios".
¿Qué sale de la boca de Dios? Un grito, una llamada, un nombre, una palabra, de que se vive. Toda la historia de Israel resuena con esas llamadas: "Yahvé llegó y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! Y Samuel respondió: Habla, Yahvé, que tu servidor escucha". Feliz aquel que, después de oír tal llamada, se levanta y dice: "Aquí estoy, Señor, para hacer vuestra voluntad." Hay una palabra magnífica para designar la llamada de Dios; es, por excelencia, "la vocación".

El hombre tiene hambre de pan, es algo físico, natural, es normal, es legítimo, y los que se consagran a saciar esa hambre hacen bien. Pero el hambre más profunda del hombre es de una vocación. Saberse llamado por su nombre, tener la valentía de responder a esa llamada, atarse toda una vida y hasta el último aliento a la tarea para la que se ha sido llamado, esa es una vida digna del hombre, porque responde plenamente a la llamada de Dios, y es como un eco prolongado de esa llamada. Tal es el sentido de esta primera tentación: se refiere esencialmente a la vocación de Cristo, para hacerla olvidar, para apartarle de ella.

Cristo responde sencillamente que no ha venido para cambiar las piedras en pan, sino para hacer la voluntad de su Padre, para responder a su vocación. La fuerza inicial de Cristo frente a Satanás es definir perfectamente su vocación y atenerse a ella.

Igual pasa con todo hombre. Cierto que hay que comer, pero desgraciado del hombre que no sabe por qué está en esta tierra, y nunca se ha oído llamar a una tarea mayor que él, el que no tiene vocación: ese está en la soledad. Más desgraciados aún los que, habiéndose oído llamar por su nombre, no escuchan, no responden, olvidan y se duermen. Desgraciado el que prefiere los alimentos terrestres inmediatos a ese grito suspendido en el cielo y salido de la boca de Dios.
…..
La legitimidad del jefe de una nación sólo puede estar en haber reconocido la vocación de la nación y llevarla hacia su cumplimiento. Entonces, es vergonzoso que hombres de Estado hablen de su pueblo como un granjero habla de su ganado más bajo: "Con tal que crezca, con tal que engorde, con tal que le aproveche, con tal que aumente de peso" (ESTO LO DIJO BERGOGLIO CASI LITERALMENTE!). Aún es más triste oír a toda la nación aclamar ese lenguaje como el único que le convenga; tal nación está reducida por sus dueños a la condición animal, y que se glorifique de ello: "Con tal que crezca, con tal que aproveche, con tal que engorde, con tal que aumente de peso". Tal nación reniega de su vocación y su honor; ya no es una patria y merece reventar. A eso el hombre de Estado puede responder que él no se ocupa más que de la digestión de la nación, dejando a otros el cuidado de su alma. En ese caso, honremos a ese hombre de Estado como al mejor de los boyeros, pero no merece otro homenaje ni otra fidelidad.

Anónimo dijo...

Bergoglia, usted diga lo que quiera, pero no pienso amar al baterista de en frente.

Un vecino.

Walter E. Kurtz dijo...

El mandamiento de "amar al prójimo" siempre ha sido difícil (genialmente --como de costumbre-- lo expresa Chesterton: "The Bible tells us to love our neighbors, and also to love our enemies; probably because they are generally the same people" [La Biblia nos manda que amemos a nuestros vecinos y también que amemos a nuestros enemigos, probablemente porque generalmente son la misma gente.])

El problema es que ahora el "amor al lejónimo" (lo que llamamos "filantropía") se pone como el ideal cristiano.

Eso tampoco quiere decir que no debamos pensar en los cristianos perseguidos en Medio Oriente, las misiones de África o las víctimas del terromoto italiano (a quienes, también como cristianos, debemos auxiliar extraordinariamente), sino que la prioridad --en lo ordinario-- debe ser el prójimo/vecino.


Carlo dijo...

Walter, muy acertado su comentario. Pero creo que el "amor al lejónimo" de Bergoglio del que habla el artículo también pasa por la lejanía espiritual, y no solo física: él prefiere amar a los inmigrantes musulmanes que llegan a Europa más que una cristiana y su familia perseguidos en un país mayoritariamente musulmán, por ejemplo. Los primeros son cercanos físicamente, los segundos solo espiritualmente.

Pensador dijo...

Al lejonimo se lo ama rezando, lo cual empieza a implicar varios minutos al dia rezando por las misiones, exiliados, refugiados, hambrientos, gente que sufre desastres naturales, la conversion de los pecadores.
Amar al lejonimo con acciones materiales (mandar plata, alimentos, etc) es un poco una truchada. Amarlo con oraciones, con el tiempo que tenemos rogando a Dios por ello es mas verdadero.
Amar al projimo material y espiritualmente cuesta mas y es recontra jodido. ¿Quien no ha pasado por los que te piden plata en la calle y el primer pensamiento es: "seguro va a hacer cualquier cosa, ni le doy".?
El tema pasa por dedicarle 5 minutos, nombrarle a Dios, y darle algo de plata, no porque la vaya a aprovechar, que al fin y al cabo no sabemos, sino porque nos duele.

Anónimo dijo...

Estimado Don Guander

Al mundo le encanta ver a la Iglesia como una mega ONG conducida por una suerte de Gurú, objeto de culto personal

En Lutero supo haber mas espiritualidad que en estos hombrecitos

Anónimo dijo...

Anónimo de las 22:20,
totalmente de acuerdo con usted. Lutero discutía si uno se salvaba por la Fe o por las Obras, discutía la naturaleza de la Presencia de Cristo en la Eucaristía, si Sola Fide o Sola Scriptura, etc..
Hoy nadie le daría pelota a sus planteos. Le preguntarían si los gays pueden casarse, o si las personas trans pueden adoptar.

Anónimo dijo...

En el momento que accede a nuestro país, un refugiado dejar de ser "lejónimo" para convertirse en prójimo.

Si nos vamos al plano espiritual, un musulmán sirio es más prójimo que un ateo europeo.

Anónimo dijo...

En Lutero supo haber mas espiritualidad que en estos hombrecitos

19 de septiembre de 2016, 22:20

que idiota

Juan se pregunta dijo...

¿Debo amar a mi prójimo? ¿Lo amo si antes no soy justo con él?

Anónimo dijo...

Wanderer, en un rapto de espiritualismo oriental, se cargó todo el campo de la prudencia política, que es, en el fondo, como cargarse el misterio de la Encarnación.
Que alguno quiera escapar del mundo al desierto por amor a Cristo, está muy bien. Pero que alguien insinúe como regla que, para mantenerse en la ortodoxia, todos deberíamos escapar del mundo ... ayudénme a pensar. Es otra forma de aplicación del concepto de "lejonimo": cascoteamos al cofrade que se mete en lo temporal, mientras nos embelesamos con el anacoreta ideal (que ciertamente no encarnamos y que se va al diablo cuando apenas nos suben los impuestos, nos birlan el salario o le enseñan inmundicias a nuestros hijos en las escuelas)
La vieja tentación de reducir la vida cristiana a una "esfera", olvidando que es un conflicto y una paradoja permanente, como nos recuerda la "cruz".
Si es prudente que los jesuitas o el opus se metan con y en el poder; o si esto lo han hecho bien; o si esto "les" ha hecho mal, es una cuestión muy distinta a si "es verdadero y bueno" que "alguien" se meta en el orden temporal. Y, como de costumbre, aquí Wanderer se apoya sutilmente en el barro del orden prudencial (falible por definición y al que se denosta) para cuestionar un principio superior: el que por la Encarnación del Verbo, el orden temporal, aunque sea un chiquero, nos guste o no, no puede serle "indiferente" a ningún cristiano. Que uno se involucre o no, y en qué manera, eso es otro cantar,
Es lo que dice el anónimo 13:31 sobre el verdadero jefe de Estado. Pero ese, no sale de un repollo. Cometemos el mismo pecado de los judios: esperamos que Dios nos mande el caudillo milagrero que nos saque las papas del fuego. Mesianismo carnal disfrazado de espiritualismo. O mejor dicho, carnalismo mesiánico disfrazado de pietismo. Dios en cambio nos dice: ahí tienen todo lo necesario, rómpanse la cabeza y trabajen. Mi gracia les basta.

Anónimo dijo...

Estimado MTA, la real objeción a su postura es que si Usted es un católico coherente difícilmente llegue a un cargo político de peso (y de poco peso, incluso).
Saludos

Wanderer dijo...

Aclaro simplemente a quienes, con todo derecho, no están de acuerdo con mi opinión, que el artículo no es más que una reflexión siguiendo casi a la letra el ensayo de Pavel Florenski titulado "La ortodoxia". Es decir, lo que digo no es una ocurrencia mía. Es la enseñanza del cristianismo oriental, católico y ortodoxo.

Pensador dijo...

Para el anonimo de las 9:20
El politico catolico es considerado un ser increiblemente practico. Ahora me confirmo que no solo eso, sino que son incapaces de pensar.

Cualquier persona con razonamientos claros vería que aca no hay un ataque a la politica, hay un ataque a un cierto tipo de politica. Quien la practique se sentira ofendido, lamentablemente.

Ahora, el maestro que tiene verdadera vocacion por enseñar, digan lo que le digan del sistema educativo no se va a dedicar a arreglar autos, tengalo por seguro. Piensa primero, y se las arregla.

Quien tiene una verdadera vocacion para la politica, que es vocacion a mandar y a guiar a los demas al BIEN, pasando por el bien comun, va a pensar y luego se las va a ingeniar, y si es catolico tratara de que su alma no se le quede en el camino, ni la de los demas si tiene oportunidad.

No lo veo tan dificil, al menos se que no tengo ninguna intención de meterme a un municipio, ni pegar pancartas que nadie lee, ni que mi cara aparezca en una gigantografia prometiendo cosas que no depende de mi cumplir, etc, etc etc. Si estoy seguro que mientras pueda enseñarle a alguien la verdadera fe catolica lo voy a hacer. Si alguien me viene con una propuesta para mejorar algo voy a ayudar. Y si un amigo se candidatea, miro la lista completa y decido si votarlo o no, aunque sea lo mas catolico del mundo.

Y don Wanderer, no se excuse, esta gente solo tiene ojos para el año que vive, para el hoy, nunca van a poder remitirse al pasado o a la Tradicion porque para ellos es idealismo.

Anónimo dijo...

Anónimo del 19 2220 hs
Tiene toda la razón. Lutero, aun equivocado, iba al centro de nuestra Fe Estos pastores de tufo a oveja, no son nada mas que modernos sofistas que actúan y hablan según creen que al vulgo le agradaría. Y en el fondo hasta en eso se equivocan. Su lenguaje alejado de lo espiritual y alejado de lo místico no convoca a nadie y a lo sumo, no enoja a ninguno. Por eso pierden por goleada hasta frente al Gauchito Gil o Gilda que prometen milagros
Estoy escuchando al Bergoglio hablar en Asis en una ceremonia interreligiosa. Una ciénaga de lugares comunes.
Lo que pomposamente denominan diálogo interreligioso no es, en el mejor de los casos, otra cosa que una tertulia sobre el Orden Natural.


Anónimo dijo...


La " política " empieza en el municipio ….Si no me creen ....pregúntese lo a Jean Ousset .....

el chapa guzmán dijo...

Ojo, que Ousset, como buen francés, veía el régimen municipal de su país, que nada tiene que ver con el nuestro. Esto siempre hay que tenerlo muy presente cuando se lee a un tradicionalista francés hablar de "lo municipal" o a Sto. Tomás hablar de la democracia para el nivel municipal.

Nuestro régimen municipal depende de la publicidad, dinero y estructura de partidos nacionales, mientras en Francia, muchísimos pueblitos aún hoy eligen a sus más conspicuos vecinos, en un formato de democracia directa que no es la de partidos o de masas y que por el contrario a la nuestra es acorde con el orden natural.

La nuestra, por el sólo hecho de ser de masas, destruye y en los menos malos por lo menos esmerila el alma, desindividualiza, con lo que se pierde la posibilidad de salvación, por más hospitales y escuelas que construya y aunque mejore la seguridad vecinal. No hay que echarle leña al fuego, ni hedonismo, confort y "nivel de vida" a la apostasía.
Es aquí donde los textos se incendian y no valen nada, pues muestra la realidad que el apóstata, mejorando su vida no se hace de un ratito diario para contemplar las verdades más altas, sino, muy por el contrario, se hunde aún más en su chiquero.

Anónimo dijo...

la "politica" actual empieza en casa y termina, con suerte, en el colegio. Si no preguntenselo a Aristoteles.