miércoles, 30 de septiembre de 2015

Efectos secundarios de la bergoglina

Hace unos días publicaba este blog una importante reflexión de Ludovicus, titulada «El capítulo II del güelfismo». Podríamos resumir su tesis así:

El Papa Francisco, preocupado por el carácter revolucionario de los actuales dirigentes del mundo (en sentido amplio: dirigentes políticos, ideológicos, grandes medios de presión etc.), que amenazan el futuro de la Iglesia, habría optado por la siguiente estrategia: Cambiar los acentos y la agenda de temas a subrayar y priorizar, «de cara a lograr autoridad en la opinión pública, concentrar así prestigio para la Iglesia y adquirir poder político y capacidad de presión sobre las dirigencias». A este fin se intentaría, por tanto, «apaciguar al nuevo soberano aparentando ceder sin conceder demasiado, sin terminar de entregar la honra. Con la ambigüedad, el doble discurso, la emisión de mensajes equívocos que son completados por los medios en el sentido más heterodoxo posible. ...»

La hipótesis es interesante, y merece la pena pensar algo más en ella. Sobre todo, merece la pena detenerse a considerar los efectos positivos y negativos que encierra una estrategia así. El principal efecto positivo lo hemos podido comprobar, sin ir más lejos, a lo largo del reciente viaje de Francisco a los Estados Unidos: En lugar de la creciente hostilidad mediática hacia la figura del Romano Pontífice, que había llegado a un punto casi intolerable en tiempos de Benedicto XVI, nos encontramos con el espectáculo de un reconocido líder espiritual mundial, al que todas las instancias escuchan, y todos los medios principales de comunicación hacen un eco positivo. De esta manera, también la presión sobre la Iglesia en general se suaviza, con gran alivio del estamento clerical, principalmente.
Si analizamos lo ocurrido como un médico que fuera siguiendo los efectos sobre el paciente de un nuevo tratamiento experimental, podríamos decir que la aplicación de la «bergoglina» ha rebajado la inflamación y la fiebre que ocasionaba en el paciente su exposición al ambiente venenoso de nuestro tiempo. El enfermo, sin duda, se siente ahora mucho mejor, sobre todo, insisto, el estamento clerical, y, en general, todo su aparato institucional, que había padecido con singular agudeza los efectos del choque con el ambiente.
Sin embargo, como ocurre siempre con los medicamentos, junto al efecto positivo que se busca, es casi inevitable que aparezcan otros efectos secundarios negativos, y que en ocasiones pueden resultar nocivos, o al menos mucho peores, a la larga, que el problema que se trataba de resolver.
Uno de tales efectos secundarios, o desarrollos negativos, fue apuntado por el propio Ludovicus en el texto que da pie a este artículo:
«El tiempo termina por volver insoportables las tensiones entre lo que se sugiere y lo que se sigue siendo aunque sea a regañadientes». Tanto más cuanto que el «soberano» actual tiene unos claros objetivos que, sobre todo en lo que se refiere a la moral sexual y familiar, son incompatibles con la doctrina de la Iglesia sobre el hombre y la familia. Digámoslo con toda brevedad: La ideología dominante concibe una sociedad formada por individuos-partículas elementales, que se ligan ocasional y voluntariamente, por el tiempo y en la forma que ellas decidan. ¿Habrá que explicar el potencial de conflicto entre dicho modelo y la antropología cristiana?
Y ese potencial de conflicto se agudiza aún más si tenemos en cuenta que el soberano actual ha optado por el materialismo ateo como religión, y odia y desprecia a la Iglesia como a una religión falsa. De manera que todas las concesiones le resultarán pocas, a medio o largo plazo. Su objetivo último sería inducir un cambio doctrinal en los temas conflictivos, que desacredite a la Iglesia como una mera construcción humana de doctrina moldeable según las circunstancias. Si uno presta atención, por ejemplo, a algunos titulares y artículos de prensa sobre los «mandamientos ecológicos» de Francisco, se dará cuenta, más allá de la alabanza superficial, del poco disimulado regocijo que desprenden, ante lo que interpretan como una reinvención ad hoc de la religión, para hacerla políticamente correcta.
Sin embargo, y siendo gravísimo, éste no es el único problema ocasionado por el tratamiento de bergoglina. Otro efecto, que podría resultar a la larga nocivo, es el alejamiento de la Iglesia, o al menos la incapacidad de provocar un acercamiento a la misma, de aquellos espíritus inteligentes y libres que perciben con claridad las insuficiencias de la ideología dominante en nuestro tiempo. Pensemos en un Chesterton, en un Waugh, en un Benson, en todo el movimiento de intelectuales que durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, conforme la ideología materialista moderna impregnaba la sociedad, vieron en la Iglesia católica la respuesta a las deficiencias que percibían en ella. Y preguntémonos: ¿Podría convertirse hoy un Chesterton al discurso buenista de Bergoglio? ¿Cabe pensar en un Knox, en un Belloc, en un Geach, en una Edith Stein, en una Elizabeth Anscombe que abrazaran la Iglesia movidos por el discurso que ésta trata de subrayar ahora?
Si algún lector alberga dudas sobre la respuesta a tales preguntas, puede consultar sus libros. O puede hacer otra cosa: Prestar atención a los escritos católicos en defensa del nuevo curso de la Iglesia. Me refiero a los artículos, a los comentarios de blogs, a los escritos apologéticos, institucionales etc. El nivel que se percibe en ellos es, a todas luces, ínfimo. De hecho, es el típico nivel de la propaganda al servicio de un régimen político o un líder cualquiera. Deleznable.
En definitiva, el tratamiento de bergoglina sólo hará remitir los síntomas durante un periodo más o menos breve de tiempo, amenaza además con provocar un cambio genético en el paciente, y mata su inteligencia.

En estas condiciones, insistir en su aplicación, supone una pura irresponsabilidad.

Francisco José Soler Gil

lunes, 28 de septiembre de 2015

Cuando se acabe Europa

"El avión blanco del Vaticano tomó tierra solo -distinguiéndose claramente- con mucha anticipación, pues la aeronave vaticana llegaba siempre la primera a todas partes. Se diría que la tenían dispuesta día y noche para despegar, cargada con medicamentos, dominicos vistiendo jeans y piadosas misivas. Probablemente volaría a la velocidad supersónica de los símbolos. Para equiparla, el papa Benedicto XVI, (*) empobrecido por voluntad de su predecesor, vendió la tiara y el Cadillac. Pero como su imagen sobrevivía aún a través del mundo, sobre todo en las parroquias más humildes y rezagadas de Córcega y Bretaña, Luisiana e Irlanda, Galicia y Calabria, donde había muchos católicos demasiado lerdos y supersticiosos para imaginar un pontífice sin tiara ni automóvil aparatoso, los donativos afluyeron al instante. Cediendo ante la presión de aquellas pobres gentes, el Papa rescató con gran tristeza su tiara y su coche para revenderlos aprisa y alegremente en nombre de la santa humildad cuando la opinión pública o quizá las circunstancias exigieron el despegue inmediato del avión blanco. A decir verdad, se intentaba enriquecerlo con una regularidad desconsoladora. ¡Por fortuna, allí estaba el avión blanco para sacarlo de apuros! Era un papa muy popular en la prensa, un papa que había sabido adaptarse a su época. ¡Excelente portada! Se le mostraba alimentándose con una lata de sardinas, empuñando un tenedor de hierro en su pequeño comedor-cocina bajo las cúpulas del Vaticano. Si se piensa que ese romano único, mal nutrido, habitaba en Roma, una urbe rebosando salud, exhibiendo unas riquezas bien ganadas a lo largo de los siglos, no parece exagerado afirmar que él aportaba realmente lo suyo. Sin embargo, inspiraba todavía cierto desprecio a algunos romanos cerriles."


El párrafo que encabeza esta entrada no es la cronica trasnochada de algún periodista luego del apenas terminado viaje pontificio a Cuba y Estados Unidos, periplo que nos ha hartado con una obscenidad nunca vista de corrección política e indiferencia a las verdades cristianas. Se trata de la novela El campamento de los santos, escrita por Jean Raspail en 1973. Huelga decir que el papa ficticio que aquí se menciona no puede confundirse en modo alguno con Su Santidad el Papa Benedicto XVI, dedicado por estos días a la piadosa tarea de alimentar pececillos pontificios. 
Con traducción de Jack Tollers, aquí les dejo una esclarecedora entrevista al autor del libro que se anima a decir lo que cualquier europeo con sentido común, y cualquier extranjero que aborda el metro parisino o londinense, ve: en pocas décadas, Europa deja de serlo.  


Jean Raspail publicó “El campamento de los santos” en 1973. En esa novela describe cómo una inmigración masiva que comienza en Francia conduce a la destrucción de Europa. En uno de sus números de abril de este año, la revista “Valeurs Actuelles” publicó una entrevista con el autor.


¿Qué piensa de la situación actual?
¿Sabe una cosa? No abrigo deseo alguno de agregarme al gran grupo de intelectuales que se la pasan debatiendo acerca de la inmigración… tengo la impresión de que esos debates son completamente inconducentes. A esta altura de las cosas, la gente ya sabe todo, aunque más no sea intuitivamente: que Francia, tal como nuestros ancestros la modelaron hace siglos está desapareciendo. Y que nosotros entretenemos al público hablando incesantemente sobre la inmigración sin decir la verdad jamás. Una verdad que por otra parte es indecible, tal como lo notó mi amigo Jean Cau, porque no importa quien lo diga, inmediatamente es abucheado, condenado y silenciado. Richard Millet estuvo cerca de que le pase algo así, ¡y mire lo que le pasó! (N. del T.: Refiere al escritor de la casa editora Gallimard que publicó un escrito en el que decía aprobar, no la conducta de Anders Breivik—el noruego que mató a casi un centenar de personas porque sí nomás—pero sí su manifiesto de 1500 páginas que “posteó” en la web donde expresa su odio hacia la social democracia, la inmigración indiscriminada y el multiculturalismo. Después de eso, la casa Gallimard lo destronó de su puesto como editor). 
¿La gravedad del problema es una cosa que se le esconde al público francés?

Sí. ¡Empezando por los políticos a cargo de esto! Públicamente, dicen que “todo está bien Señora Marquesa”. Pero a puertas cerradas admiten que sí, que tenemos un verdadero problema. He recibido varias cartas muy edificantes sobre todo esto de parte de políticos de izquierda prominentes, y de la derecha también, a quienes les había mandado “El campamento de los santos”. “Pero, como comprenderá, no podemos decirlo”. Esta gente tiene un doble discurso, una doblez de conciencia. ¡No sé cómo se las arreglan para hacerlo! Creo que la desazón proviene de ahí: la gente sabe que hay gato encerrado. Hoy en día decenas de millones de personas no compran el discurso oficial sobre la inmigración. Ni uno de ellos puede creer que eso es una oportunidad para Francia, “une chance pour la France”. Porque la realidad se les impone, todos los días. Todas esas ideas bullen en sus cabezas pero no encuentran expresión.

¿No cree que sea posible asimilar a los extranjeros venidos a instalarse en Francia?
No. El modelo de integración no está funcionando. Aun cuando expulsemos a algunos inmigrantes ilegales más y aun cuando mejoremos los resultados de la integración de extranjeros, su número no dejará de crecer y nada cambiará en lo que respecta al problema fundamental: la progresiva invasión de Francia y de Europa por cuenta de una innumerable cantidad de extranjeros provenientes del Tercer mundo. No soy ningún profeta, pero uno ve claramente la fragilidad de estos países en los que reina una pobreza insoportable al lado de riquezas indecentes. Esa gente no se rebela contra sus gobiernos: no esperan absolutamente nada de ellos.
Entonces viran hacia nosotros y llegan a Europa en botes, cada vez más numerosos, hoy en Lampedusa, mañana en otra parte. Nada los descorazona.  Y merced al juego demográfico, para el 2050, más o menos, habrá tantos franceses nacidos en el país como extranjeros residentes.
Muchos serán naturalizados. Lo que no quiere decir que se convertirán en franceses. No digo que sea gente mala, pero la naturalización en los papeles no equivale a una naturalización del corazón. No puedo considerarlos compatriotas. Tenemos que endurecer drásticamente las leyes, nada es más urgente…
¿Cómo puede Europa arreglarse con estas inmigraciones?
Sólo hay dos soluciones. O bien los acomodamos y entonces Francia—su cultura, su civilización—será borrada del mapa sin siquiera funerales de por medio. A mi juicio, eso es lo que va a pasar. O no los acomodamos nada—lo cual supone definitivamente despreciar esas “ideas cristianas vueltas locas” que decía Chesterton, o estos otros depravados derechos humanos, a la par de distanciarnos inapelablemente, para evitar la disolución de nuestro país en un generalizado mestizaje. No veo otra solución posible. De joven he viajado mucho. Todas las gentes son fascinantes, pero cuando uno los mezcla demasiado, aparecen más animosidades que recíprocas simpatías. Nunca es pacífico el mestizaje. Se trata de una peligrosa utopía. ¡Vean lo que sucede en Sudáfrica! 
En el punto al que hemos llegado ahora, las medidas que habría que tomar necesariamente serían muy coercitivas. No creo que vaya a pasar y no veo a nadie con el coraje como para hacerlo. Tendrían que jugarse por entero en semejante empresa ¿y quién está dispuesto a tanto? Ahora, no creo ni por un instante que los que alientan la inmigración sean más caritativos que yo: probablemente ni uno solo de ellos tenga la menor intención de darle la bienvenida a estos infortunados en sus propias casas… todo eso no es más que una máscara emotiva que genera un vertiginoso torbellino que arrasará con nosotros todos. 
¿Por tanto no existe ninguna solución más que la sumisión o la coerción?
A lo mejor podría haber una tercera salida, pero tendrá una sola oportunidad: la creación de comunidades aisladas o barrios cerrados donde puedan refugiarse quienes se sientan étnica y culturalmente amenazados. De hecho, algo así ya está ocurriendo: ya estamos viendo como franceses nacido y criados en este país huyen de los barrios más “sensibles”. Las demostraciones contra el matrimonio de los homosexuales también son una manifestación de esto mismo: dan testimonio del rechazo de millones de franceses que se oponen al “cambio de civilizaciones” que promete la Izquierda y Christiane Taubira. Hoy en día, todo el mundo rechaza estas formas de comunitarismo, pero podrían constituir una solución, por lo menos provisoriamente. Las comunidades aisladas se verán reforzadas por su recíproca animosidad y eso, inevitablemente, no puede sino terminar, finalmente, en confrontaciones extremadamente violentas. Aun cuando uno no quiera que ocurran.
¿Ud. no cree en un repentino nuevo comienzo, como ha ocurrido muchas veces en la historia de Francia?

No. Requeriría un espíritu épico, una inteligencia del destino providencial de la patria para que en Francia fuera posible un nuevo comienzo. Requeriría de gente que todavía creyese en su país. No veo que quede mucha gente así. Y, para empezar, habría que reformar enteramente el sistema educativo nacional, además de los medios audiovisuales, quitándole el púlpito y las tarimas a los docentes y a los periodistas que participan tan activamente de la desinformación en curso… Hemos desacralizado la idea de nación, el ejercicio del poder, el pasado de nuestro país. Hemos agrietado la estatua de Francia, la hemos desfigurado (¡sobre todo la Izquierda!) a punto tal que ya nada inspira respeto. El poder de las falsas ideologías diseminadas por todo el sistema educativo francés y los medios masivos, es ilimitado. Pero en lo que mí respecta, he vivido en Francia durante 1500 años, estoy conforme con lo que es mío, y no abrigo deseo alguno de que eso cambie. 

sábado, 26 de septiembre de 2015

¿Lo eligió el Espíritu Santo?

Para los neocones que todavía afirman que al Papa lo elige el Espíritu Santo, aquí dejo la traducción de un artículo en el que se demuestra que a Bergoglio, al menos, lo eligió una mafia de cardenales, según la confesión del líder de los mismos.


Francesco: una elección preparada durante años

Marco Tosatti
24/09/2015 en La Stampa

La elección de Jorge Bergoglio fue el fruto de las reuniones secretas que cardenales y obispos, organizados por Carlo Maria Martini, tuvieron durante años en San Gall, Suiza. Esto es lo que sostienen Jürgen Mettepenningen y Karim Schelkens, autores de una biografía recientemente aparecida del cardenal belga Godfried Danneels, que es quien denomina al grupo de cardenales y obispos una “Mafiaclub”. Danneels, según los autores, habría trabajado durante años para preparar la elección del papa Francisco, que tuvo lugar en 2013. El mismo purpurado, además, en un video grabado durante la presentación del libro en Bruselas, admite haber sido parte de un club secreto de cardenales que se oponían a Josep Ratzinger. Riendo, lo define como “un club de mafiosos que tenía el nombre de San Gall”. El grupo quería una reforma drástica de la Iglesia, mucho más moderna y actual, con Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, a la cabeza. Lo que después, de hecho, ocurrió. Además de Danneels y Martini, formaban parte del grupo el holandés Adriaan Van Luyn, los cardenales alemanes Walter Kasper y Karl Lehman, el cardenal italiano Achille Silvestrini y el británico Basil Hume, entre otros. 
Escribe el diario belga “Le Vif”: “El 13 de marzo de 2013 un viejo conocido estaba al costado del nuevo papa Francisco: Godfried Danneels. Oficialmente, estaba allí porque era el decano de los cardenales presbíteros, pero en realidad había actuado durante años como como discreto creador del rey”.
Danneels fue invitado nuevamente por el papa Francisco al Sínodo sobre la Familia que tendrá lugar en octubre en Roma. Su figura, sin embargo, ha sido muy criticada, dado que hizo todo lo posible para disuadir a una víctima de abusos sexuales de denunciar al autor, que era un obispo (tío de la víctima) y, por este motivo, durante la época del cónclave de 2013, en Bélgica muchos pedían que no fuera admitido como elector del nuevo papa.
Además, sus posiciones sobre el matrimonio homosexual y sobre el aborto -según lo que han dicho dos parlamentarios, habría escrito una carte al rey de los belgas exhortándolo a firmar las leyes que lo consentían- no parecen en sintonía con el Magisterio de la Iglesia. Pero son las mismas que sostiene el Papa Francisco.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Vacaciones pontificias en Cuba y Estados Unidos

Al comenzar a escribir este artículo tengo delante de mí una entrañable foto de la visita del Papa Francisco a Fidel Castro, el anciano Máximo Líder de la Revolución Cubana. Gran foto. Los diversos comentaristas han subrayado la alegría que emana de ambos personajes. Y ante todo la mirada tierna y entregada del Pontífice. Jubilosa.
Algunos malévolos susurran que llegó a besar la mano ensangrentada de Castro. Pero eso es murmurar por murmurar. Aparte de que la mano de Castro raras veces estuvo ensangrentada. Él sólo ordenaba los crímenes. Unos quince mil, más o menos, muerto arriba o abajo. Detalles antiguos que el tiempo ya desdibuja.
Los viajes al Caribe tienen siempre un algo vacacional, relajante, distendido. Y uno se alegra de ver al Papa en sus días de ocio, para qué negarlo. Entre sus amigos, Castro, Obama,... posiblemente más Castro que Obama. Pero estas minucias tampoco importan.
Ni importan en exceso las detenciones de opositores por todos los lugares por donde iba pasando el Papa. Según dicen, para que no intentaran acercarse a él. No obstante, es de justicia reconocer que esta ha sido una medida tan antiestética como innecesaria. Pero sobre todo innecesaria, puesto que ya el pontífice mismo había dejado bien claro que no pensaba conceder audiencias a nadie. Porque una cosa es reunirse con los amigos, y otra muy distinta el tener que aguantar quejas de extraños sobre torturas, desapariciones, encarcelamientos sin garantías y en condiciones infrahumanas, etc. etc. Anécdotas que, sin duda, el Papa lamenta mucho, pero en fin, no podemos andar todo el tiempo dándole vueltas a eso.
En cualquier caso, y con los opositores entre rejas, que es su lugar natural en la bella isla de Cuba, Bergoglio y Castro pudieron entretenerse hablando de ecología, y de los problemas de la Tierra y del medio ambiente. En definitiva, charlando de los temas que se esperan de los labios de un Papa.
Entretanto, el romano pontífice ha dejado la isla, y prosigue su viaje pastoral en los EEUU. Le deseo lo mejor: sabrosas conversaciones de tú a tú con los poderosos del mundo, baños de sol y de multitudes, apoteosis de buenismo en las Naciones Unidas, cóctail ecuménico en Nueva York, algún gesto de humildad convenientemente fotografiado... En fin, todo lo que pueda agradar a Su Santidad, y le permita disfrutar de unas reconstituyentes vacaciones de verano.
¡Ay, si las vacaciones fueran interminables! Pero se acaban, por desgracia, y aunque no se quiera pensar en ello. Ya el imaginar el viaje de vuelta a Roma, el próximo domingo, da grima: Horas y horas encerrado en ese avión, durmiendo poco y hablando mucho con los periodistas. ¡Las famosas declaraciones aéreas del Papa! Si la Iglesia cotizara en bolsa, resultaría fácil identificar las fechas de los vuelos papales, con sólo consultar las turbulencias repentinas y extremas en el valor de sus acciones.
Y eso es sólo el principio. Apenas llegado a Santa Marta, le espera el sínodo. Nos espera el sínodo, sí. En donde se acaban las bromas, y entran en juego aspectos clave del depósito doctrinal de la Iglesia. Y el Papa ha de afrontarlo en plena resaca de su periplo caribeño. Con esa mezcla de euforia de los recuerdos y depresión de la vuelta a la horrible realidad curial, atronando en su cabeza.
Si no me falla la memoria, el viejo maestro Chaucer, por boca de su alguacil, profetizó ya un enjambre de veinte mil padres sinodales emergiendo de cierto oscuro lugar para zumbar libremente, antes de volver a hundirse en sus profundidades. Y esta escena, que bien podría desarrollarse en Roma, dentro de muy pocos días, tendrá entonces un responsable último, con las maletas aún a medio deshacer.
Por eso, como la realidad presente es dura, y la futura posiblemente más, y soñar en cambio sale completamente gratis, me gustaría concluir este artículo evocando un verdadero sueño: el sueño de unas interminables vacaciones caribeñas y estadounidenses para nuestro romano pontífice. Una estancia en la que pudiera charlar a placer con los Castro y los Obama, discursear sin fin ante las Naciones Unidas, esbozar excelentes planes para salvar el Planeta del calentamiento global, y recibir en portada el homenaje merecido del New York Times, y los otros medios católicos. Perdurablemente.
Y si para financiar semejante estancia, tan útil al mundo, y más aún a la Iglesia, fuera preciso recaudar una fuerte suma, o incluso instituir un fondo permanente de suscriptores, no faltaría mi nombre entre ellos. De muy buena gana, y sin entrar en cálculos acerca de las indulgencias que pudieran ganarse con dicha suscripción.
En fin: dulces ensoñaciones septembrinas, no más. Luego vendrá octubre, y el enjambre de padres sinodales, y Dios no permita que se tomen decisiones que hayan de lastrar y avergonzar a la Iglesia durante mucho tiempo.

El Papa Francisco de charla con Castro... ¡Ojalá que hubiera durado para siempre!

Francisco José Soler Gil

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Las periferias del Sara

El cardenal Robert Sarah, de Guinea y actual Prefecto de la Congregación del Culto Divino, es para tener en cuenta. Abajo les dejo un breve escrito sobre la “pastoral de las periferias” y los “hospitales de campaña” begoglianos. Sin que le tiemble el pulso, da vuelta el discurso populista del Pontífice: las periferias actuales son los católicos que viven con fidelidad las enseñanzas de la Iglesia en un mundo que los ataca implacablemente. Es para ellos, en primer lugar, que deben ser levantados los “hospitales de campaña”.
¿Próximo candidato a la misericordiación?


¿Qué tipo de misericordia pastoral?
Card. Robert Sarah

Los "Lineamenta" indican que en el contexto eclesial mucho más amplio descrito por la "Evangelii gaudium” el nuevo recorrido marcado por el sínodo extraordinario tiene como punto de partida las ”periferias existenciales", las cuales requieren un enfoque pastoral caracterizado por una "cultura del encuentro capaz de reconocer la obra libre del Señor también fuera de nuestros esquemas habituales y asumir, sin reparos, esa condición de 'hospital de campaña' que tanto ayuda al anuncio de la misericordia de Dios" (introducción a las preguntas después de la “Relatio synodi", primera parte).
La pregunta que hay que plantearse, entonces, es la siguiente: ¿cuáles son estas periferias de la vida en el nuevo contexto socio-cultural que tenemos hoy ante nosotros?
El impacto de la globalización en las culturas humanas ha sido tan destructivo que no sólo las instituciones sociales tradicionales, sino también los valores que las sostienen han sido sacudidos desde sus cimientos. A través del poder político y legislativo (con, por ejemplo, las nuevas leyes que deconstruyen la familia y el matrimonio y especulan sobre la vida humana), del poder financiero (con fondos para el desarrollo condicionados a la adopción de documentos "anti-familia" y "anti-vida") y especialmente del poder de los medios de comunicación, una ideología relativista se está difundiendo en todas nuestras sociedades contemporáneas.
Si nos fiamos del presidente del consejo de las conferencias episcopales europeas, en los países del hemisferio septentrional “la convivencia de hecho es ya la norma", dato confirmado por los estudios sociológicos. Vivir en una familia cristiana, según los valores del Evangelio, se ha convertido en una situación marginal respecto a la mayoría. Las familias cristianas, en este contexto, son ahora una minoría no sólo numéricamente, sino también sociológicamente. Sufren discriminaciones silenciosas, pero oprimentes e implacables. Todo está contra ellas: los valores dominantes, la presión mediática y cultural, los vínculos financieros, la legislación vigente, etc. Y la propia Iglesia, a través de documentos como los "Lineamenta", parece que también las estén llevando hacía esa situación.
Si los "Lineamenta" están expresados en el lenguaje que vemos, ¿qué tipo de Iglesia se ocupará de este "pequeño resto"? ¿Quién hará oír la voz misericordiosa del Buen Pastor diciendo repetidamente: "No temas, pequeño grey" (Lc 12, 32)?
¿No hemos encontrado aquí tal vez la verdadera "periferia" de nuestra aldea mundial postmoderna? Esperemos que el próximo sínodo no expulse de la "gruta de Belén" (la Iglesia) a la pequeña familia cristiana que ha encontrado espacio en las fondas de la "Ciudad del rey David" (nuestro mundo globalizado). Las hermosas familias cristianas que están viviendo heroicamente los exigentes valores del Evangelio son hoy las verdaderas periferias de nuestro mundo y de nuestras sociedades, que transcurren la vida como si Dios no existiera.
Además de este "pequeño resto", hay una segunda categoría que pide en voz alta más atención pastoral. Son las víctimas del sistema  postmoderno, que no se dan por vencidas. No se sienten en casa en este mundo sin Dios. Llevan consigo la nostalgia por el calor de la "familia cristiana", pero sienten que no tienen la fuerza necesaria para volver a ese modo de vida radicalmente evangélico.
A estas personas les parece que nosotros presentamos hoy una Iglesia rígida, una madre que ya no les entiende y les cierra la puerta en las narices, mientras que otros intentan convencerles de que son juzgados y condenados precisamente por las mismas personas que deberían acogerles y preocuparse por ellos. En lugar de ayudarles a descubrir el horror del pecado y a que pidan ser liberados de él, les ofrecen, sin tener ningún derecho a hacerlo, un tipo de “misericordia” que no tiene otro efecto que dejar que se hundan aún más profundamente en el mal.
Pero estos hermanos y hermanas que han sido realmente heridos por la vida no se dejan engañar. Tienen sed de verdad en sus vidas, no de conmiseración o palabras melifluas. Saben muy bien que son víctimas del sistema globalizado cuyo fin es debilitar y destruir a la Iglesia. No están entre quienes dan voz a las ideologías relativistas que deterioran los cimientos de la doctrina cristiana y anulan la Cruz de Cristo.
Se ven a sí  mismos como el pecador del que habla San Agustín que, aunque no se asemeja a Dios por haber perdido la impecabilidad, desea por lo menos parecerse a Él en el horror que siente por el pecado. Este, de hecho, es el motivo por el cual no quieren que nadie les impida gritar al cielo: "¿Quién nos dará la salvación?”, "Jesús, hijo de David, ¡ten piedad de mí!", prometiéndoles en cambio algo que Cristo no ha prometido nunca que daría.
Dios nunca ha cerrado su corazón a estos hermanos y hermanas y tampoco la Iglesia, su sierva, puede hacerlo. Pero, ¿cómo puede asumir la Iglesia un enfoque pastoral de misericordia hacia ellos? Evitando vendar con la comunión sacramental una herida que no ha sido tratada por el sacramento de la reconciliación debidamente recibido.
Si su enfoque pastoral no debe ser la condena, que maltrata a la persona dañada por un herida sangrante, sino más bien la presencia compasiva, entonces la Iglesia no puede hacer creer que ignora la existencia real de las devastaciones causadas por la herida; debe, en cambio, aplicar el bálsamo de su corazón, para que así esta herida pueda ser tratada y vendada en vista de la verdadera sanación.
Esta especie de presencia respetuosa, con el renovado modo de ver las cosas que viene de Dios, nunca llamará "bueno" a algo que es malo o "malo" a algo que es bueno, como recuerda el ritual para la ordenación de los obispos. Se trata de una pastoral de esperanza y de espera, como el padre misericordioso espera al hijo prodigo. Como el Buen Pastor, la Iglesia deberá buscar a los hijos que están lejos, deberá cargarlos sobre sus espaldas, abrazarlos y no volver a lanzarlos sobre las espinas que laceraron sus vidas. Este es el significado de la misericordia pastoral.



lunes, 21 de septiembre de 2015

viernes, 18 de septiembre de 2015

¿Insanía o me ne frega?

El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Al contrario:  el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. No debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente a sí mismo y la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todos los intentos de adaptación y alteración, así como frente a todo oportunismo
Así lo hizo el Papa Juan Pablo II, cuando, ante todos los intentos, aparentemente benévolos con respecto al hombre, frente a las interpretaciones erróneas de la libertad, destacó de modo inequívoco la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce al ser humano a la esclavitud. El Papa es consciente de que, en sus grandes decisiones, está unido a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes surgidas a lo largo del camino de peregrinación de la Iglesia. Así, su poder no está por encima, sino al servicio de la palabra de Dios, y tiene  la  responsabilidad de hacer que esta Palabra siga estando presente en su grandeza y resonando en su pureza, de modo que no la alteren los continuos cambios de las modas”.

El texto que reproduzco parecería que fue escrito ayer para reprender duramente al Papa Francisco por las decisiones que está tomando últimamente, sobre todo el Motu Proprio sobre las nuevos modos de nulidad matrimonial que, como ya todo el mundo se ha dado cuenta, no es más que el divorcio encubierto. Sin embargo, esas palabras fueron pronunciadas el sábado 7 de mayo de 2005 por el papa Benedicto XVI en la homilía de la solemne misa de toma de posesión de la cátedra romana en San Juan de Letrán.  Es un texto que pertenece de un modo bastante claro al magisterio ordinario.
Observemos que:
1. El Papa no puede hacer lo que se le ocurre; no puede ser un caprichoso que se empecina en hacer algo y, contra viento y marea, lo hace. Debe observar dos condiciones.
2. Obediencia a la Palabra de Dios y Unidad con la Tradición.
Con respecto a la indisolubilidad del matrimonio, el Evangelio es claro: “Él les dijo: Por la dureza de vuestro corazón, Moisés os permitió divorciaros de vuestras mujeres; pero no ha sido así desde el principio. Y yo os digo que cualquiera que se divorcie de su mujer, salvo por infidelidad, y se case con otra, comete adulterio (Mt. 19,8-9).
Y la Tradición, que es la intérprete legítima de las palabras del Señor, también lo es. Para lo cual cito las conclusiones de dos estudios recientes y definitivos sobre el tema realizado por especialistas:
“Aunque entre los primeros cristianos el segundo matrimonio durante la vida de uno de la esposa estaba formalmente prohibido y a todos los que lo realizaban se les negaba la Sagrada Comunión, existía un pequeño pero significativo número de excepciones a esta que,  más allá de eso, siempre fue condenada. Aunque solamente podemos especular acerca de esas razones, y deben ser tratadas como especulaciones [y no hechos comprobados], eran excepciones que no pasaba por el hecho de que los primeros cristianos eran más “misericordiosos” con los divorciados…”. (J. Rist, “Divorce and Remarriage in the Early Church: Some Historical and Cultural Reflexions”, en R. Dodero, o.s.a., Remaining in the Truth of Christ. Marriage and Communion in the Catholic Church, Ignatius Press, San Francisco, 2014, p. 92).
El pícaro del Papa Francisco aludió en varias ocasiones a la “economía” de las iglesias ortodoxas que permiten el divorcio y nuevos matrimonios en ciertas condiciones. De esa manera, el muy pillo pretendía hacernos creer que se trataba de una práctica perteneciente a la Tradición. Sin embargo, dentro del mismo volumen que acabo de citar, aparece el ensayo del arzobispo Cyril Vasil, s.j., titulado “Separación, divorcio, disolución del vínculo y nuevo matrimonio: Aproximaciones teológicas y prácticas de las iglesias ortodoxas” (pp. 93-128). Allí, este especialista en el tema -y que es, además, secretario de la Congregación de para las Iglesias Orientales- muestra que la iglesia ortodoxa jamás elaboró una doctrina o un cuerpo jurídico al respecto y que los motivos por los que lo hace es a fin de adaptarse a la sociedad civil. Es decir, cedió a las presiones de los gobiernos de turno y no tuvo ni tiene ninguna seriedad al respecto. De ningún modo, entonces, puede presentarse como un antecedente.
En conclusión, el Papa Francisco, motu proprio, es decir, por propia voluntad -o capricho- decidió oficializar en los hechos el divorcio en la iglesia católica, despreciando la Palabra de Dios y el testimonio de la Tradición de la Iglesia. En palabras del papa Benedicto XVI, Bergoglio se comportó como monarca absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Y esto es algo que un Papa no puede hacer.

¿Será que Bergoglio no es Papa? Más bien tiendo a pensar que Bergoglio está loco o bien, se ne frega en la Iglesia.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Sinceramiento o sincericidio

Un lector dejó ayer un comentario en el que citaba al padre José María Iraburu definiéndose sobre la posibilidad de la elección de un papa hereje. Decía el preste: “Desde las hondas profundidades de mi ingenuidad le diré que si en un Cónclave los electores eligen a uno que es hereje, cosa que puede permitir Dios, no se produce un Pastor necio, falso, precursor del Anticristo: sencillamente la votación aunque, aunque haya sido unánime, es nula e inválida. Hay ‘error in persona’ . No hay Papa. Hay sede vacante. Y ya la providencia de Dios verá los medios para remediar el desastre y asegurar un Papa verdadero en la Sede de Pedro, que es Roca indefectible, sobre la que Cristo edifica su Iglesia, aunque las fuerzas infernales atenten contra ella”.
Como ya bien respondió Ludovicus, el p. Iraburu es el abanderado de los neocones que, durante el pontificado de Benedicto XVI, acuñó la clasificación de “filolefebvristas” y otras sandeces más por el estilo, a fin de encasillar en ellas a los que osaban pronunciar la mínima crítica al magisterio pontificio, ya fuera una encíclica o el comentario papal a un guardia suizo. Ahora, espantado, no sabe qué hacer con el Papa Francisco, y está abriendo el paraguas por el chaparrón que se avecina.
A mí se me ocurren algunas reflexiones:
1. Es notable la coincidencia de las posturas de Iraburu y de todo el neoconismo vaticanosegundista con las de la Fraternidad San Pío X. Ambos contribuyeron, a su modo, a crear un monstruo que se volvió inmanejable: el Papado. La hipertrofia que sufrió en los últimos siglos la figura del papa romano condujo a esta situación. Ya señalamos hace algunos años en este blog los problemas que se generaron a partir de la Reforma protestante y de la respuesta católica: la reforma tridentina. Uno de ellos fue el circunstancialmente necesario agigantamiento y autoridad del Sumo Pontífice como medio de mantener la unidad de la fe. El problema se generó cuando esa autoridad se fue acrecentando a punto tal que, con Pío IX la Iglesia comenzó a padecer de hidrocefalia: recordemos al Papa Mastai Ferretti aplastando con su sagrado pie la cabeza de un obispo de rito oriental que se oponía a la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia o, mejor aún, su rabieta con el cardenal Guidi: el 18 de junio de 1870, este cardenal de la Curia le sugirió a Pío IX que, antes de redactar la Pastor Aeternus, “debería informarse sobre el sensus ecclesiae y sobre la tradición de las iglesias, antes de una decisión doctrinal infalible”. Esto provocó una enorme rabieta en el Papa quien pidió explicaciones al purpurado. Y éste, que no era ningún tonto, se las dio de un modo irrebatible con argumentos de Santo Tomás de Aquino y de San Roberto Bellarmino. Pío IX, vencido, acalorado y furioso, gritó: “ ¡Yo, yo soy la tradición; yo, yo soy la Iglesia!”. Y, mientras tanto, el bueno de San Juan Bosco declamaba la insensatez de los “tres amores blancos”, poniendo al Papa a la misma altura que la Eucaristía y la Santísima Virgen.
La enfermedad no se detuvo, sino que se acrecentó. San Pío X, un papa ortodoxo pero de ningún modo tradicional, cambió a su antojo la disciplina plurisecular de la Iglesia sobre la frecuencia de la comunión, y a su antojo también reformó el breviario romano, primera y catastrófica reforma que anticipa, casi puntualmente, la reforma posterior de la misa. Y para quienes dudan o piensan que exagero, pueden leer el reciente libro de Honoré Vinck al respecto, o leer aquí un buen y extenso resumen en inglés.
Con Juan Pablo II y su carácter histriónico; con el pulular de institutos neocones como el Opus Dei, Legionarios de Cristo, Fasta, IVE, Miles Christi, etc., etc.; con la universalización invasiva de los medios de comunicación, el Papa se convirtió en un semidios, intocable, impoluto, santos súbito por derecho propio - los últimos papas están todos en los altares- y con una multiplicación inaudita de “actos magisteriales”, -peroratas en la mayoría de los casos-, que esos mismos institutos neocones, y el P. Iraburu, se ocupaban de catalogarlos como magisterio ordinario, al que no pertenecían, o luego incluían directamente en la infalibilidad pontificia (hay una tesis doctoral escrita sobre eso).
Si alimentaron ese monstruo; no pueden quejarse que ahora el que ocupa la sede pontificia sea Bergoglio. Nadie aseguraba que siempre estaría allí un teólogo de fuste como Ratzinger o, al menor, una persona con fe católica. 
Ahora, a aguantarse y a joderse porque se les despertó Frankestein.
2.  La FSSPX se regodea con este papismo hipertrofiado hasta Juan XXIII, cuando dejó de gustarles. Y tienen razón en eso. Pusieron el freno en los ’60. Aumentaron la intensidad de la criongenización del monstruo y lo preservan tal como estaba hasta el pontificado de Pío XII. Alguna vez escuché un argumento para justificar esta actitud: los papas posteriores -o quizás sólo se referían a Francisco- han renunciado a su munus pontificio. Es decir, de algún modo “no ejercen el poder pontificio”. ¡Mamma mia! ¡La solución es que ejerzan mayor autoridad!  ¿Se imaginan qué haría Bergoglio con más autoridad? ¿O, por caso, alguien cree en su versito de la humildad y que él es apenas el obispo de
Roma? Pregúntenle al difunto Mons. Livieres lo que es sentir la autoridad pontificia bergogliana. ¿Que Bergoglio ha renunciado al poder de enseñar como maestro universal? Si se la pasa el día hablando y concediendo entrevistas. Es verdad, ya no son breves pontificios, ni exhortaciones apostólicas, ni encíclicas, pero poseen tanto o mayor efecto -que es lo que él le interesa- que los documentos oficiales.
3. Finalmente, convengamos que el Papa Francisco está sincerando la Iglesia. Las barbaridades que dice, que en muchos casos atentan contra la misma fe, son las mismas que piensan y dicen desde hace décadas el 80% de los obispos y el 70% de los curas del mundo. Y a esos obispos los nombró Juan Pablo II y Benedicto XVI, y a esos curas los ordenaron esos obispos. Bergoglio es un exponente del término medio de los obispos católicos de la actualidad o, quizás, sea bastante mejor que muchos de ellos. Aunque sea doloroso, no podemos dejar de reconocer que la media doctrinal, la media litúrgica, la media en seriedad, y muchas medias más de la Iglesia de la hoy es Bergoglio. Es el emergente de lo que hay y, a su modo, ha cargado con la tarea del sinceramiento, o del sincericidio, de la Iglesia. Y para muestra basta un botón: la cuestión de las nulidades matrimoniales, que tanto razonable escándalo a levantado. ¿No era, acaso, lo que en la práctica se venía haciendo en todas las diócesis del mundo? Que levante la mano quien conozca que una nulidad haya sido negada por algún tribunal eclesiástico. Y que levante la mano también quien conozca un caso en que la segunda sentencia no haya confirmado la primera. Todas, o al menos una gran mayoría de las nulidades, que se solicitaban, se concedían, porque los abogados canonistas siempre le encontraban la vuelta. Es decir, la Iglesia, con sus obispos y jueces togados, consentían en la trampa y, de hecho, practicaban el divorcio encubierto. Lo que agregó el Papa Francisco es el fast track y la gratuidad, lo cual es un guiño al mundo y un problemón para los obispos, pero a él esas menudencias no le preocupan.


Concluyamos: el Papa Francisco puede hacer lo que está haciendo porque la “tradición” hiperpapista nacida hace ciento cincuenta años se lo permite. La Tradición católica jamás se lo hubiera permitido. Frankenstein se comenzó a gestar hace muchas décadas. 

lunes, 14 de septiembre de 2015

El capítulo II del güelfismo

Cada vez más el papado de Bergoglio se revela como hiperpolítico y en consecuencia, cesaroclerical. Es inevitable. Dado que según el dictum staliniano el Papa no tiene divisiones, si el programa de un pontificado se revela centrado en fines políticos, tal descenso se acompañará con pactos con los factores de poder, se llamen César, Emperador, ONU, Mass Media, Opinión Pública. La pretensión del neogüelfismo bergogliano es cristalina: lograr autoridad en la opinión pública a los efectos de concentrar prestigio para la Iglesia y adquirir poder político  y capacidad de presión sobre las dirigencias. Todo esto en aras de una confusa agenda personal compuesta por fines temporales teñidos de ideología, mas bien humanista o filantrópica.

En este orden, el nuevo régimen canónico de matrimonio marca una tendencia que lejos de parecer “progre”, no deja de tener un regusto inconfundible a la Edad Media de los siglos normandos (digamos a partir del XI). Si leemos la vida de Leonor de Aquitania, descubriremos hasta qué punto la treta de la nulidad latente era una práctica usual. Leonor casó primero con su primo el rey de Francia, para después de muchos años y cuando surgieron las dificultades conyugales -¡en una Cruzada!- conseguir la nulidad del enlace y casar con su otro primo el rey de Inglaterra, matrimonio que tampoco terminó bien, aunque Enrique tomó la precaución de sepultar a Leonor en un convento. El motivo de la nulidad era el parentesco, en una época en que el impedimento se extendía a grados considerados hoy en día remotos. Nunca faltaba en ese entonces clero local para sancionar las nulidades y convalidar las nuevas uniones, en aras de fines políticos diversos. Las características de la época limitaban a una finísima capa gobernante estos supuestos, pero no veo mayor diferencia con la tendencia que ahora se quiere imponer, por cierto que al amparo de causales más dignas de Freud que de un genealogista. No nos olvidemos que el César hoy es el Pueblo, convenientemente mediado por la opinión publicada.

Contrariamente a un slogan neocon que recorre la web, Santo Tomás Moro no murió por defender el matrimonio. En realidad, Moro murió por defender un solo matrimonio, y sobre todo por no asistir a la nueva unión de Enrique, lo que disgustó terriblemente a su soberano. Enrique, según la vieja costumbre de los diabólicos Plantagenets, quería su nulidad, el clero local se la daba, y sólo una apelación a la Santa Sede deducida in extremis por Catalina se la quitó. El amaño político clerical fracasó, por cierto ante el dato no menor de que la cónyuge era tía del Sacro Emperador.

Claramente las “reformas” de Bergoglio, como casi todas las reformas del Concilio hasta aquí, tomadas aisladamente, no tienen un contenido criticable. Lo que es complicado es la tendencia y el mensaje: más peso de la jurisdicción local, menos instancias de control y cierta tenuidad en la posibilidad de apelación a Roma, que de todos modos no se puede obviar. La imposible gratuidad (¿en setenta y ocho años de vida Bergoglio no aprendió que no hay almuerzo gratis aunque la bendición lo sea?), la enumeración casuista de indicios para abreviar el procedimiento, etc, son señales de relajamiento que a mentalidades más claras y racionales como San Juan Fischer o el mismo Moro les hubieran repugnado como las argucias medievales de los juristas y los obispos de Enrique.

Sea con la cuestión del divorcio, sea con el homosexualismo, el ecologismo, el socialismo del siglo XXI, etcétera, este nuevo cesaroclericalismo intenta apaciguar al nuevo soberano aparentando ceder sin conceder demasiado, sin terminar de entregar la honra. Con la ambigüedad, el doble discurso, la emisión de mensajes equívocos que son completados por los medios en el sentido más heterodoxo posible. A esto lo llaman “progresismo no adolescente” los progres, y “conservadurismo lúcido” los neocones. Tiene un límite inexorable, el tiempo que termina por volver insoportables las tensiones entre lo que se sugiere y lo que se sigue siendo aunque sea a regañadientes.

Además, la Némesis del cesaroclericalismo es precisamente su esencia. Al condescender a “tener divisiones”, el Papa se hace blanco de las divisiones. A la gloria del Jubileo cesáreo de Bonifacio en el 1300 le siguió la cachetada de Agnani y la cautividad galicana. A la política de Julio II y las negligencias de León X, la Reforma.  Si el Papa se hace político, enfrenta el inevitable destino político: la crisis, el faccionalismo, en definitiva la medusa de todo político,  la ilegitimidad de ejercicio y su hermana gemela la  ingobernabilidad. Bajo la Luna todo cambia. De seguir en esta vía, el papado se está arriesgando a una situación que hará recordar como a Arcadia el pontificado de Benedicto XVI. Se está poniendo en juego nada menos que la legitimidad de la autoridad espiritual del papado. Se están removiendo simas abisales, invocando monstruos subterráneos, alentando fuegos secretos que animarán rebeliones prometeicas. Es claramente una irresponsabilidad, probablemente no advertida en toda su terrible realidad por la falta de formación histórica y política (¡quién lo dijera!) de quien la está gestando. Este intento de concentración del poder espiritual y político con mente y métodos zafios termina mal, con daño para todos, güelfos y gibelinos.


Quizás convenga recordar que Santo Tomás Moro también murió por defender la supremacía papal en razón de pecado, es decir, en materia espiritual. Tal vez le convenga recordarlo al sucesor de Julio II. Ojalá alguien le hiciera llegar esta advertencia, en la forma más filial posible.

Ludovicus

martes, 8 de septiembre de 2015

¿Divorcio a la Bergoglio?

No entiendo nada de derecho canónico y, por tanto, habrá que esperar a que los que entienden puedan dar una opinión acerca del Motu Proprio del Papa Francisco que agiliza el proceso de nulidad matrimonial disponiendo que sea el propio obispo de los cónyuges quien actúe como juez y dicte sentencia, la cual será definitiva sin necesidad de segunda instancia como ocurría hasta ahora.
Lo que sí llama mi atención de neófito es que se agregan a las ya definidas por el Código de Derecho Canónico (c. 1683-1687), de un modo más bien vago e indefinido y con un inquietante etcétera final, otras “circunstancias que pueden consistir tratar las causas de nulidad del matrimonio por medio del procesos breve”. Ellas son (Art. 14 § 1.):
1. Falta de fe que puede general la simulación del consenso o el error que determina la voluntad;
2. la brevedad de la convivencia matrimonial;
3. el aborto procurado para impedir la procreación;
4. la obstinada permanencia en una relación extraconyugal al momento de la boda o en un tiempo inmediatamente sucesivo;
5. el ocultamiento doloso de la esterilidad o de una enfermedad grave contagiosa o de hijos nacidos de una relación precedente o de un encarcelamiento;
6.  la causa del matrimonio totalmente extraña a la vida matrimonial o consistente en el embarazo imprevisto de la mujer;
7. la violencia física utilizada para lograr el consentimiento;
8. la falta de uso de razón comprobada por documentos médicos;
9. etc.

Pregunto:
2. ¿Quién y cómo se determina la brevedad? ¿Cúantos días, o meses o años se consideran breves para la convivencia matrimonial? ¿Podría un obispo, por ejemplo, determinar que hasta 2 años de convivencia es “convivencia breve”? 
4. Si el novel esposo comienza una aventura extraconyugal con su nueva compañera de trabajo tres meses después de su matrimonio ¿es causa de nulidad? ¿Qué significa “obstinada? ¿El touch and go vale? ¿O deben ser más de 10 encuentros? ¿Qué tipos de encuentros? ¿No es que las causas de nulidad debían ser antecedentes?
6. No entiendo.
8. ¿Una depresión mayor supone la falta de uso de razón? Quizás el CIC determine qué entiende concretamente por “uso de razón”. Si no lo hace, me parece que es una puerta abierta para que la doña se consiga de su psiquiatra un certificado diciendo que en el momento del matrimonio estaba medio pirada para que el obispo sentencia la nulidad.
9. ¿Quién va a llenar ese etcétera? ¿El obispo de cada diócesis que podrá agregar, según su criterio pastoral, nuevas causas de nulidad?


Insisto. El documento acaba de aparecer y yo no entiendo de derecho. Solamente tengo dudas.  

lunes, 7 de septiembre de 2015

Piedra libre

Es notable como, poco a poco y en diversas partes del mundo, se están dando cuenta quién es Bergoglio. O bien, están comprobando todas las hipótesis que desde este blog veníamos anticipando desde el mismísimo 13 de marzo de 2013. Muchos están ya descubriendo el gris pelaje del lobo bajo la blanca lana ovina con la que se había cubierto. 
He traducido una columna de Antonio Socci en la que, además de sus propias reflexiones, incluye las de Giovanni Sartori, un politicólogo de prestigio y solvencia absolutamente indiscutible, sobre el Papa Bergoglio. 




Una cosa es el partido de Bergoglio (que hace daño pero que se acabará con él), y otra cosa es la Iglesia Católica.
Lo ha señalado en los últimos días Mateo Salvini en su polémica con Mons. Galantino. Y a contraluz, lo ha dado también a entender la durísima entrevista de Giovanni Sartori, el rey de los politicólogos: “para mí, es un desastre este Vaticano delirante. No les importan los hechos verdaderos y se preocupan por estas pavadas”.
Sartori siempre ha hablado pestes de la política italiana, pero al partido bergogliano le dice: “Déjenme a mí hacer de politocólogo… ustedes ocúpense de las cosas de las que se ocupan los sacerdotes”.
¿Cuáles serías los “hechos verdaderos” de los que deberían ocuparse? Sartori es impetuosos: “Por dos años -dice- los personajes de la Iglesia de Bergoglio no han dicho nada sobre el exterminio de los cristianos, sobre las masacres de los católicos en África o en el resto del mundo, sobre la continua persecución de los kurdos. Que pienses mejor en esas cosas y dejen para otros los temas sobre los que no tienen competencia”.
Es verdad que hay caos clamorosos de cristianos condenados a muerte por la fe -como Asia Bibi o Meriem- sobre los que Bergoglio siempre se ha negado a hablar. Pero sobre el tema general del exterminio de los cristianos ha hablado varias veces. Sin embargo, siempre lo hizo con mucho atraso, de modo genérico, sin nombrar las causas o condenar a los verdugos y, además y lo que es peor, deslegitimando las hipótesis de intervención de la “policía internacional” para proteger a las poblaciones amenazadas de exterminio, intervenciones que eran pedidas desesperadamente por los obispos de esos lugares. Cuando a Bergoglio le interesa un tema, habla de él de un modo claro, vigoroso, continuo y tajante, como el caso de los inmigrantes a los que nosotros -según él- deberíamos recibir en bloque y sin tardanza, pagando las costas. En cambio, no se ha visto nada semejante en defensa de los cristianos masacrados. Por otro lado, nunca ha ahorrado palabras de estima hacia el mundo musulmán, llegando a pronunciar conceptos ecuménicas de ortodoxia dudosa.
Las palabras tardías y genéricas dirigidas a las comunidades cristianas perseguidas no son tampoco comparables al empeño que puso -por ejemplo-, en la ecología. Para defender la supervivencia de “algas, gusanos, pequeños insectos y reptiles” escribió una encíclica, pero para defender a los cristianos perseguidos no. Ha ordenado para el 1 de septiembre una jornada mundial de oración por el ecosistema, pero para los cristianos masacrados, que son el grupo humano más perseguido del planeta, no. Obviamente, en la encíclica ecológica no se ha ocupado solamente de gusanos y reptiles, sino que ha tronado contra el uso de vasos de plástico y de los acondicionadores de aire, que él utiliza en Santa Marta. Contra los perseguidores de los cristianos, jamás lanza truenos y relámpagos.
¿Por qué el partido de Bergoglio interviene con los tapones de punta contra los políticos italianos, pero no contra los regímenes islámicos o comunistas donde los cristianos son perseguidos?
“La verdad es que es más fácil (y más cómoco) disparar contra los políticos que defender a los cristianos”, dice Sartori, que opina que Bergoglio: “Es un argentino avivado (furbacchione) que tendría enormes cuestiones sobre las que concentrarse”. En efecto, Sartori enfrenta al Vaticano con cuestiones dramáticas: “Es más importante hablar del harem de los partidos, del gobierno y del Parlamento o de las guerras de religión que se expanden por todo el planeta?” Para la Iglesia católica es más importante ocuparse de sus perseguidos. Pero para el partido de Bergoglio parece que no. Y esto -para decirlo con el politicólogo- expone “a la Iglesia al horrible papel que está haciendo”.
El partido de Bergoglio, al que no le importa la fe y la doctrina, está concentrado sobre la política, pero no solamente la italiana. Quieren construir para Bergoglio una especie de liderazgo político mundial de la izquierda contraria a la globalización y ecologista, como repite lo que queda de la izquierda italiana.
Este es el motivo de la rehabilitación y glorificación en Roma de aquella vieja y desastrosa teología de la liberación que Juan Pablo II y Ratzinger habían justamente condenado. Pero el acontecimiento que mejor clarificó este proyecto -anticipado en 2014 por el encuentro en el Vaticano con los movimientos contrarios a la globalización- fu el reciente viaje de Bergoglio a Ecuador, Bolivia y Paraguay. Sandro Magister ha señalado que en este viaje “Francisco no escondió ninguna simpatía por los presidentes populistas de los primeros países, mientras que al tercero, conservador, le demostró frialdad hasta el punto de reprocharle públicamente por un crimen que nunca fue cometido, una clamorosa equivocación del papa”. 
Pero la imagen emblemática de tal viaje fue la “Hoz y el Martillo” (con el crucifijo anexo) que Bergoglio no solamente aceptó como regalo de Morales, llevándoselo al Vaticano, sino que se colgó un medallón con la misma imagen, lo que fue visto por todo el mundo. Y también se colgó del cuello -otro regalo de Morales- el tradicional recipiente con hojas de coca. Cosas nunca vistas. Y también en ese viaje se explicitó el “manifiesto político del Papa Bergoglio”. Como refirió Magister, ocurrió en el discurso de Santa Cruz a los “movimientos populares” no globalización de América Latina y del resto de mundo, convocados por él en torno a sí por segunda vez en menos de un año… y en ambos casos, con el presidente cocalero de Bolivia, Evo Morales.
El centro de este manifiesto de Bergoglio fue explicado por su hermano jesuita, el padre James V. Schall, que fuera docente de filosofía política en la universidad de Georgetown de Washington: “Según lo que puedo juzgar, en este discurso en particular no encontramos trazas de la atención cristiana por la virtud personal, la salvación, el pecado, el sacrificio, el sufrimiento, el arrepentimiento, la vida eterna, ni por un perenne valle de lágrimas. Los pecados y los males son transformados en cuestiones sociales o ecológicas que requieren remedios políticos y estructurales”. 
El mensaje se escuchó fuerte y claro. El 13 de marzo pasado en Buenos Aires, en el Foro Internacional contra el capitalismo, hablaron -escribe Magister- “Leonardo Boff, teólogo de la liberación convertido a la religión de la madre tierra, el italiano Gianni Vattimo, filósofo del ‘pensamiento débil’, y el argentino Marcelo Sánchez Sorondo, arzobispo canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias y de las Ciencias Sociales, y gran consejero del papa Bergoglio. Aplaudidísimo, y flanqueado por un complacido Sánchez Sorondo, Vattimo peroró sobre la causa de una nueva internacional comunista y “papista”, con Francisco como su líder indiscutible”.
Pero más que comunista, Bergoglio es peronista, con el mito teológico del pueblo y la astucia que lo lleva a lanzar flechas contra el capitalismo y las finanzas, pero -por ejemplo-, sin atacar jamás con precisión a nadie, ni al Fondo Monetario Internacional, ni al Banco Central Europeo, ni a los Estados Unidos. Peor aún, Obama es el primer gran defensor y sponsor de Bergoglio, quien evita cuidadosamente (“quién soy yo para juzgar”) atacar la fanática política laicista del mismo Obama que, sobre temas como la vida, la familia o el género, son frontalmente opuesto a la Iglesia católica. 
Pero,  como decía, el partido de Bergoglio es una cosa, y la Iglesia Católica es otra. ¿Son contrapuestas? 

De hecho, Bergoglio pega duro contra los puntos de renacimiento de la fe (por ejemplo, contra los franciscanos de la Inmaculada o contra obispos y cardenales ratzingerianos). Además, con el Sínodo, ha armado una especie de bomba de relojería bajo la catedral doctrinal del catolicismo. Y ha declarado incluso a Scalfari que “no existe un Dios católico”. Existe Bergoglio. Y su partido.  

Antonio Socci

viernes, 4 de septiembre de 2015

Dos libros imprescindibles

Les dejo dos libros de lectura imprescindible:


1) Una nueva traducción castellana, notablemente mejorada,  de la Vida de Monseñor Ronald Knox, escrita por Evelyn Waugh, de Jack Tollers. Pueden bajarla en varios formatos desde aquí.



2) El campamento de los santos,  de Jean Raspail, escrito hace varias décadas y que hoy se perfila como profético. Narra el desembarco de decena de miles de musulmanes en las costas europeas que deben recibirlos por razones humanitarias. Bajar desde aquí
En Argentina no se toma real dimensión de lo que está sucediendo por estos días en Europa. Cada día llegan 5000 nuevos inmigrantes a Hungría y otros 5000 a Grecia, sin contar con los que desembarcan en Italia u otras zonas. En su gran mayoría son sirios huyendo de la guerra, pero también hay afganos, paquistaníes y de otras nacionalidades. Todos ellos musulmanes.
En Budapest hay varios miles acampando a las puertas de las estaciones ferroviarias, que están custodiadas por la policía, en espera de la oportunidad de abordar cualquier tren que los lleve a Austria o a Alemania. 
Los húngaros están utilizando una mano un poco más firme a fin de identificarlos e impedir que pasen a los otros países europeos, lo cual despierta las airadas críticas de la progresía. 
Ayer, Viktor Orban,  primer ministro de Hungría, dijo que ellos custodiarán las fronteras cristianas de Europa ya que todos los inmigrantes son musulmanes y ellos, en su país, no quieren musulmanes. Que si los quieren otros países, que se los lleven.
Fue sorprendente e irrefutable. Su política de "derecha" le permite hacer y decir lo que indica el sentido común, algo de lo que están imposibilitados el resto de los políticos progres europeos aunque se den cuenta de la trampa en la que han caído. Predican un humanitarismo tan superficial que derraman la misma cantidad de lágrimas de cocodrilo por los hermanitos sirios ahogados ayer en el Mediterráneo que por el león Cecil cazado hace algunas semanas por un americano.
Hace poco, me senté durante un largo rato en un banco de uno de los senderos de Hyde Park en un bello atardecer londinense. De la multitud de visitantes que pasaron frente a mi, la mitad, al menos, eran ostentosamente musulmanes. Europa se está convirtiendo en un continente musulmán, y si no frenan de alguna manera la actual oleada inmigratoria, creo que ya no habrá marcha atrás.  

martes, 1 de septiembre de 2015

Noblesse oblige

Nobleza obliga. Y cuando el Papa Francisco toma una buena medida, es justo reconocerla. 
Me alegra esta disposición que ha tomado y no dejo de pensar en la reacción que tendrán los neocones y todos aquellos que aún consideran a la FSSPX como un grupo peligroso y excomulgado.



CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO CON LA QUE SE CONCEDE LA INDULGENCIA CON OCASIÓN DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA


Una última consideración se dirige a los fieles que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie. Desde diversos lugares, algunos hermanos obispos me han hablado de su buena fe y práctica sacramental, unida, sin embargo, a la dificultad de vivir una condición pastoralmente difícil. Confío que en el futuro próximo se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad. Al mismo tiempo, movido por la exigencia de corresponder al bien de estos fieles, por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados.

1 de septiembre de 2015.