jueves, 30 de enero de 2014

Otro que se nos va: Blas Piñar

Hace dos días falleció en Madrid el ya nonagenario maestro de la Resistencia, don Blas Piñar. Aquí la reflexión de un amigo y el recuerdo de su nieto:

Los que me conocen bien saben de mi reticencia a la idolatría de las personas, alergia a los gurús, y desconfianza de los "líderes"; en definitiva: que soy medio iconoclasta. Con éste, sin embargo, no puedo más que hacer una excepción: lo traté personalmente con cierta asiduidad. Dicen que no hay gran hombre para su ayuda de cámara... tal vez habría que hacer la salvedad de los que no lo son ante sí mismos, los que no se toman en serio, los que no toman la "pose" de grandes defendiendo sus ideas de modo patético... esos, creo que se agigantan. Si supo ser altisonante, elocuente, si mostró indignación, es porque la tenía, la sentía y la sufría. Uno puede estar de acuerdo o no con sus posturas y simpatías concretas (yo no siempre las comparto), pero no eran pose, ventaja material o combustible del narcisismo. Y dentro de sus posturas "extremas" supo ser sensatamente moderado cuando era razonable serlo. Era capaz de ser amigo de sus oponentes doctrinales, pero no para "sacar chapita" de "abierto" (lo que por otra parte en esa época y contexto no servía de nada) o para "usar" tortuosamente esa amistad como herramienta política. De Bandrés (mencionado en el texto de abajo) me habló más de una vez y no lo hacía como mostrando al descuido su magnanimidad para que uno lo admire sino como el que rememora divirtiéndose con ingenuidad infantil las travesuras que hacía en la escuela. Perdió un puesto importante en el gobierno franquista (Director del Instituto de Cultura Hispánica que le permitía viajar constantemente por toda América) por escribir en la portada de ABC un artículo muy políticamente incorrecto contra los yankees, en un momento en que el gobierno estaba haciendo esfuerzos por crear una amistad con el Big Brother, artículo que tituló escuetamente "Hipócritas!".
      


Los personajes públicos que tanto hemos conocido acaban por resultar personas absolutamente desconocidas. Porque la vida está llena de matices y anécdotas, de recuerdos y experiencias que normalmente desconocemos. Quisiera recordar hoy lo que quizá no conociera de mi abuelo Blas, porque suele ser lo que mejor describe a un ser humano, más allá de los tópicos y, por supuesto, de los prejuicios, normalmente interesados…

Mi abuelo era un poeta: vivió la vida escribiendo versos de los dramas y flores de su vida. En la Guerra Civil, cuando liberaron el Alcázar o liberaron Madrid; constantemente al amor de su vida, mi abuela Carmen o cuando un nieto se casaba o cuando nacía un bisnieto. También hubo versos para la política, la fe y para España y su historia, todas ellas vocaciones de una persona leal e íntegra, de vida pública y privada ejemplar. Sin distinciones.


Mi abuelo era un teólogo: leía y escribía sobre la fe, sobre la Virgen María y sobre los ángeles. Vivió la transformación eclesial del Concilio Vaticano II sin dejarse llevar por los vientos de la confusión pero sufriendo las incomprensiones de quienes dirigían un cambio cuyas consecuencias aun notamos y, sobretodo y a pesar de todo, manteniendo la fe y transmitiéndola de forma ejemplar.


Mi abuelo era un profeta: su papel público supo adelantarse a los tiempos y, viendo en primera línea los acuerdos soterrados de la Transición, quiso avisarnos –poniéndose en la diana de los que engañaban- de muchos de los males que hoy padecemos los españoles en forma de crisis económica, institucional, nacional y, sobretodo, moral.


Mi abuelo era un Político con mayúsculas: independientemente de su ideas, en la Transición se comportó lealmente frente a tantos que cambiaban sus principios por los cargos, tentación permanente de quienes quieren servir a lo público y acaban por servirse de lo público. Jamás habló de sus adversarios como algunos hablaron de él. Fue leal a los principios y respetuoso con las personas. Hasta el punto de construir y mantener desde los escaños de la primera legislatura de la democracia una entrañable amistad, todo un símbolo de reconciliación, con Juan María Bandrés. Sirvió a España de forma desinteresada viajando por medio mundo como Director de Cultura Hispánica, hablando de nuestra mejor historia, defendiendo nuestra cultura, nuestras contribuciones y nuestra particular forma de estar en el mundo.


Mi abuelo era un humorista: no dejaba de sacar punta a las situaciones, de contar anécdotas graciosas e inventar chistes. Mi abuelo era un gran abuelo y aún mayor bisabuelo: cariñoso, detallista, cercano, sensible y siempre emocionado con las vidas nuevas que la familia recibía…


Mi abuelo ha sido ejemplar hasta en su propia enfermedad.
 

Que algún día, cada vez que un gran español nos deja, sepamos los españoles aprender de todo lo bueno, para lograr así la nación que merecemos volver a ser, por encima de las ideas y por encima de los prejuicios.


miércoles, 29 de enero de 2014

¿Qué hacemos con Francisco?

Otro interesante aporte de Tollers:

Estimado Wanderer:

Aquí una impaciente traducción del último post de Louie Verrechio, un autor americano que tiene un blog harto interesante. Por supuesto que no comparto todas y cada una de las cosas que dice aquí, pero me parece muy de notar que no se trata de un "tradi" común, ni mucho menos un neo-con. Es un tipo que ha querido explicar Vaticano II con especial empeño en reconciliar los textos de aquel malhadado concilio, con el magisterio de siempre. Es fundador de la Catholic News Agency y su currículum aparece acá:
Es gracioso, pero su blog se llama "Cosechando los frutos del Concilio Vaticano II" y la cosa es que uno de esos frutos es, sin duda, el Papa Francisco.
El otro, es él mismo, je.
El texto original en inglés se encuentra acá:

¿Cómo se resuelve un problema como Francisco?
por Louie Verrechio

Hay una razón para referirse a la vida en la Iglesia Militante como a la de quienes están "gimiendo y llorando en este valle de lágrimas". Nunca nadie dijo que la cosa sería fácil.
Y aunque siempre ha sido así, me parece bastante claro que a los hijos de la Iglesia en los días que corren les toca vivir tiempos asombrosamente difíciles.
Muchas de las razones ocultas para que la presente situación de la Iglesia se muestre tan difícil tiene que ver con sucedidos del pasado; cosas que han sido dichas y hechas y que no se pueden, hablando en plata, borrarse; sino sólo condenadas y corregidas por un futuro Pontífice, y eso siempre y cuando el Señor en su indulgencia quisiera proveernos con un pastor así.
Pero me interesa enfocarme en el aquí y el ahora, en esas cosas que las futuras generaciones de católicos contemplarán retrospectivamente, cosas que ellos verán como del pasado y que sirvieron para acelerar la crisis; y de entre todas ellas, ninguna más urgente que el comportamiento de quien es hoy Obispo de Roma. 
"El que no amontona conmigo, desparrama." (Mt. 12:30).
Teniendo presente esto, los católicos de los días que corren se encuentran frente a un serio dilema: para tomar prestada una frase que aparece en "La novicia rebelde": cómo resolvemos un problema como Francisco, un papa que cualquier persona razonable no puede sino comprobar cómo desparrama, de palabra y de hecho, con impresionante frecuencia. 
Seguro, alguno se apresurará a indicar la inmensa popularidad del papa como evidencia de que no, de que lo contrario es el caso. Después de todo, no por nada fue elegido como el Hombre del Año en la revista "Time".
Con todo, lo que los apologistas del papa no alcanzan a ver, es que el mundo admira tanto al Papa Francisco precisamente porque él no amontona, porque justamente no conduce a las ovejas perdidas al único redil verdadero, la Iglesia Católica.
En otras palabras, si bien es probable que la gente que de otro modo ignoraría la voz del papa y que ahora lo escuchan, habría que ver qué cosa escuchan.
Desde que ascendió a la Cátedra de San Pedro, el Papa Francisco no sólo ha hecho mucho para confirmar a los que están fuera de la Iglesia en su error, sino que además los ha alentado activamente para que permanezcan exactamente allí donde están.
Sólo en el curso de la semana pasada, el Santo Padre se dirigió a los fieles católicos diciendo que "Dialogar no equivale a renunciar a nuestras propias ideas y tradiciones, sino que consiste en renunciar a la pretensión de que sólo ellas son válidas y absolutas".
Cualquier persona que se sepa su catequesis reconocerá inmediatamente la contradicción en la frase, puesto que el que se aleja o se mantiene a distancia de la realidad de la Iglesia Católica como única custodia de las verdades religiosas absolutas, es precisamente porque ya ha renunciado a la Fe.
Y unos pocos días antes, el Papa Francisco suministró ante el mundo un ejemplo asombroso de qué cosa es desparramar a las ovejas, cuando le pareció apropiado alentar a los musulmanes para que se mantengan fieles al Corán y a su "fe" islámica, asegurándoles que, procediendo de ese modo les ayudará a superar las dificultades de la vida.
En cualquier tiempo moderadamente sensato, semejante afirmación habría suscitado la indignación de parte de los que se llaman católicos; y sin embargo, aparte de un manojo de comentadores, la sentencia pasó sin que nadie la mentara siquiera.
Ahora, que no se mencionara no significa que pasara desapercibida.
No tengo dudas de que un buen número de obispos (e incluso de cardenales) se han quedado mudos de horror ante el constante fluir de ofensas contra Nuestro Señor que se propalan desde Roma a partir del papado de Jorge Bergoglio.
Y seguramente se preguntarán, aunque más no sea en callada oración, ¿cómo resolvemos un problema como el de Francisco?
Y en verdad, ¿cómo nos pondremos del lado de Nuestro Bendito Señor en este momento en el que su vicario, con las llaves del Reino en una mano, tan a menudo desparrama con la otra?
En circunstancias normales, estar del lado de Cristo y de su Santa Iglesia Católica implicaría defender al papa frente a sus detractores; ahora, sin embargo, demasiadas son las veces en que implica convertirse uno en detractor de la retórica papal con miras a defender el magisterio católico.
El problema se extiende tanto al punto de que abarca la Exhortación Apostólica "Envangelii Gaudium", un mamotreto de 50.000 palabras, la mayor parte del cual se parece más al diario personal de un protestante trabajando en una O.N.G. por la paz, que no un documento emanado del Soberano Pontífice.
Esta exhortación se halla a tal punto desprovista de sustancia católica que el Cardenal Burke afirmó públicamente que ni siquiera puede considerarse como parte del magisterio papal, confesando por fin que "ni siquiera he podido establecer exactamente cómo describir semejante documento".
Y no es tampoco que aquí estemos hablando de cuestiones de estilo; sino que nos referimos a afirmaciones que se dan de lleno contra la misión de la Iglesia, como la desconcertante sugerencia que los paganos, gente que no cuenta con el beneficio del bautismo, están bajo la influencia de las operaciones de la gracia santificante (cf. EG 254).
De manera que pregunto nuevamente, ¿cómo resolvemos un problema como Francisco?
Y lo primero que debemos reconocer es que nosotros no podemos resolver un problema como Francisco, un papa cuyas palabras y gestos demasiadas veces reflejan la peste que se apoderó con saña del Cuerpo de Cristo hace cosa de cincuenta años atrás; el mismo cáncer que aflojó un tanto durante un breve período bajo el pontificado anterior, pero que ahora avanza con más fuerza que nunca.
Últimamente, sólo el mismísimo Médico Divino puede resolver este problema.
Y con todo, uno también comprende que quedarse quieto en el mientras, sin hacer nada, tampoco es la solución, de manera que el dilema permanece intacto, haciendo que nos preguntemos cuál será la mejor manera de reaccionar.
¿Acaso se puede afirmar seriamente que nosotros recogemos con Cristo mientras permanecemos en silencio ante las ofensas que se acumulan contra Él? ¿Y por ventura la respuesta cambia si resulta que el que ofende es el mismísimo Vicario de Cristo? ¿Es posible refutar las palabras y los hechos del papa en defensa de Nuestro Señor sin parecer que estamos atacando a la persona del sucesor de Pedro?
Lo he dicho ya, estos son tiempos asombrosamente difíciles, de modo que no hay por qué esperar respuestas sencillas.
Como uno que trabaja en medios católicos, aferrarme a la política de un "reverente silencio" frente a lo que claramente contradice el magisterio católico, especialmente cuando procede del papa, para mi gusto se acerca demasiado a volverse cómplice de los que desparraman. Obviamente, hay quienes no están de acuerdo conmigo.
¿No será que a veces, en circunstancias como estas, resulta harto difícil defender la Fe con la prudencia necesaria?
Por cierto, doy por descontado que probablemente erre el viscachazo más a menudo de lo que me doy cuenta, pero a fin de cuentas  o uno está con el Señor, o está contra Él; aquí no hay neutralidad posible. Preferiría cruzar la línea para ponerme al lado del Señor, antes de hacerme el tonto mientras su gente es engañada por su Vicario. 
Ahora, habiendo dicho todo esto, hay un par de rasgos que deberían caracterizar a todos los que se esfuerzan por hacer frente a los desafíos de la hora.  
En primer lugar, debemos rectificar la intención a menudo, examinando nuestras razones, asegurándonos de que el deseo dominante al confrontar estas ofensas sea porque han sido cometidas contra Nuestro Señor y no movidos por defendernos a nosotros mismos, quizás por las tribulaciones que nos tocan en suerte a resultas de todo esto.
En segundo lugar, mantenernos firmes en esta convicción, de que está bien que experimentemos pena y dolor al saber que Nuestro Señor está siendo injustamente privado de su honor, de tal modo que hemos de ofrecer actos de reparación, juntando aquel sufrimiento a su cruz, sabiendo que al actuar así, a lo mejor contribuimos a la redención del Cuerpo de Cristo.
En tercer lugar, hemos de concentrarnos en las realidades objetivas; no en juicios subjetivos. Esto es, lo que nos importa es si este o aquel otro hecho objetivamente está fundado en la verdad: no estamos llamados a juzgar a quien así actúa delante de Dios.
Por último, hemos de rezar y ayunar por el papa, pidiendo al Señor le otorgue la gracia necesaria para servir a la Iglesia de conformidad con su Voluntad en todas las cosas.  

Jack Tollers sobre la Fe

lunes, 27 de enero de 2014

Augurios

Ayer, al finalizar el ángelus dominical, el Santo Padre Bergoglio, junto a dos niños, liberó desde los balcones pontificios a dos bellas palomitas blancas, simbolizando sus deseos de paz e inspiración divina.
Las pobrecitas no sabían la suerte que les esperaba. Apenas dejaron las seguridades palaciegas, a una de ellas la agarró una gaviota argentea (¿argentina?) y la desplumó. A la otra le fue peor: la atacó un cuervo renegrido (el ave símbolo, entre otras lúgubres cosas, del equipo de fútbol argentino, San Lorenzo de Almagro, al cual pertenece desde su juventud Jorge Mario Bergoglio) y luego de picotearla un buen rato, parece que la dejó moribunda.
Los augures romanos, que predecían el futuro según el comportamiento de las aves, se habrían hecho un festín presagiando vaya uno a saber qué, luego de ver signos tan nefastos.
Pero nosotros, que somos cristianos, no le hacemos caso a esas cosas. 

domingo, 26 de enero de 2014

Jack Tollers sobre la Caridad



Imperdible conferencia de nuestro amigo Jack Tollers sobre la virtud teologal de la Caridad.

viernes, 24 de enero de 2014

La Srta. Prim y los dragones dormidos

Aquí va una interesante reflexión del Procrastinator sobre la novela de la señorita Prim:

En un breve artículo sugestivamente titulado "Algunas veces los cuentos de hadas pueden llegar a decir mejor lo que debe ser dicho", C.S.Lewis afirma

“Ví como historias de este tipo podrían sortear una cierta inhibición que  había paralizado mucho de mi propia religión en la infancia. ¿Por qué encontraba uno tan difícil sentir como se le decía que debía sentir acerca de Dios o de los sufrimientos de Cristo? Yo pensé que la principal razón es que a uno se le decía que debía hacerlo. Una obligación para sentir puede congelar los sentimientos. Y la reverencia misma hacía daño. Toda la cuestión se asociaba con voces bajas, casi como si fuese  algo médico. Pero supongamos que se transfiriese todas estas cosas a un mundo imaginario, despojándolo de asociaciones con vitrales y escuelas dominicales, ¿podría uno hacerlas aparecer por vez primera en su real potencia? ¿No podría uno entonces pasar a través de los dragones vigilantes? Pienso que se podría (Lewis, C.S., “Of Other Worlds: Essays & Stories, p. 37).

            Lewis hace referencia al hecho de que el formato de los cuentos de hadas puede permitir sortear las inhibiciones que a algunas personas y a algunas edades el formato estrictamente religioso puede suscitar. E inclusive agregaríamos que los dragones no están sólo presentes en las mentes de los individuos,  sino que los más formidables se encuentran en las matrices del pensamiento único y homogéneo que monopoliza los medios y la intelligentsia de la cultura imperante. Como toda red que pretenda abarcarlo todo, pueden pasársele peces chicos que transporten verdades poderosas, al modo en que el pequeño Frodo pasó desapercibido al ojo de Sauron en Mordor. Lewis, que sabía del tema, comenta en una carta a propósito del modo en que la crítica literaria  había pasado totalmente por alto la referencia cristiana a la caída de Satanás en la Salida del planeta silencioso, primer volumen de la trilogía de Ransom.

 “Pienso que esta gran ignorancia podría ser una ayuda para la evangelización de Inglaterra; cualquier medida de teología puede ser ahora contrabandeada en la mente de la gente bajo aspecto de novela sin que se den cuenta” (Warren H. Lewis, ed., Letters of C. S. Lewis (New York: Harcourt, Brace, & World, 1966 p.167.)

Tal vez la principal misión de la Srta. Prim sea pasar a través de estos dragones sin despertarlos. O para decirlo con el lema de Hogwarts: Draco dormiens nunquam titillandus, es decir, no se hace cosquillas a un dragón dormido.



martes, 21 de enero de 2014

La señorita Prim

Había escuchado algunos comentarios al pasar acerca de un libro que había aparecido en España había aparecido, que estaba teniendo bastante éxito, y que daba la impresión de que la autora leía  este blog del Wanderer. Yo no le hice mucho caso y me olvidé enseguida del tema.
Sin embargo, hace algunas semanas, llegó un comentario a uno de los post en el que se citaba una frase de la “Señorita Prim”. Enseguida me di cuenta de que se trataba de la novela que me habían comentado y, picado por la curiosidad, inicié la búsqueda hasta que di con ella. Se trata de la primera obra de Natalia Sanmartín Fenollera, una gallega de Pontevedra, y el título de la novela es “El despertar de la señorita Prim”. La primera definición que podría dar es que se trata del Wanderer hecho novela, pues aparecen allí tratados, en formato literario y recorriendo una historia entretenida, una buena parte de las entradas que hemos publicado en esta bitácora desde 2007. Aclaro que no me estoy atribuyendo ningún tipo de autoría ya que una segunda definición de la novela sería la exposición novelada del sentido común cristiano, que lo que en este blog tratamos de discutir.
El libro narra la historia de una mujer, culta y moderna, que responde un aviso de empleo. Se trata de desempeñarse como bibliotecaria en una casa de un pequeño pueblo, San Ireneo de Arnois, en la que viven “el hombre del sillón”, cuatro niños y el personal de servicio. Pronto descubrirá la señorita Prim que se trata de un pueblo muy particular –allí viven los exiliados del mundo moderno-, y con habitantes muy especiales. Por ejemplo, los niños no van a la escuela, sino que se educan en sus casas porque “…antes los colegios eran un lugar donde los niños aprendían cosas. Hoy en día son fábricas de indisciplinada, criaderos de monstruos ignorantes y meleducados.” Y entonces, “si contrataran a una maestra repleta de teorías sobre pedagogía, sociología, psicología infantil y todas esas ciencias modernistas, tendrían el zorro dentro del gallinero”. En las escuelas modernas, lo que los niños reciben es “sofismo, pestilente y podrido sofismo. Los sofistas han tomado las escuelas y trabajan por su causa”, considerar los vecinos del lugar.
En el pueblo, que rodea a un monasterio benedictino donde se celebra la liturgia romana antigua,  viven conversos del mundo moderno a la fe. Pero no ha sido conversión fácil. Explica “el hombre del sillón”: “Ha sido mi piedra de toque, el paralelo que ha partido en dos mi vida y que le ha dado un sentido absoluto. Pero le engañaría si le dijese que ha sido fácil. No resulta fácil, y quien le diga lo contrario se engaña. Supuso un desgarro, una catarsis intelectual, una a cirugía corazón abierto. Como un árbol cuando lo arrancan de la tierra y lo plantan en otro lugar, como lo que uno piensa que debe experimentar una criatura cuando afronta la terrible belleza del nacimiento”.
Es un pueblo tradicionalista pues sus habitantes están convencidos de que “las tradiciones son un muro de contención frente a la degradación y a la incultura”, y poseen “esa virtud de recordar siempre y en todo momento quién es uno y de dónde viene más que de ocuparse, como hacen los modernos, de adivinar hacia dónde va”.  
Junto a la sorprendida señorita Prim, es también protagonista de la novela el dueño de casa, “el hombre del sillón”, que pertenece al grupo de personas “cuyo objetivo es huir, literalmente, del dragón. Quieren proteger a sus hijos del influjo del mundo, volver a la pureza de costumbres, recuperar el esplendor de la vieja cultura”. Y es por eso que los niños del pueblo leen a los clásicos en latín y griego, y saben que “los iconos no son pinturas sino que son ventanas” y que “la Redención es un cuento de hadas verdadero”. Y una de las vecinas de San Ireno considera que “todos esos niños (modernos) han crecido ignorando los grandes ideales, aquellos que forjaron a las viejas generaciones a través de los siglos y las hicieron fuertes. Se les ha enseñado a mirarlos con desdén o a sustituirlo por algo empalagoso y sentimental que muy pronto les indigesta y desilusiona. Y con ello matan lo más valioso (yo diría lo único verdaderamente valioso) que posee la juventud respecto a la madurez”.
La redención de la señorita Prim vendrá por su búsqueda y su encuentro con la belleza. Como le aconsejan algunos de sus amigos del pueblo, ella no encontrará la belleza “mientras cuide de sí misma como si todo girara en torno a usted. Es exactamente al revés, justamente al revés. No debe usted ser cuidada, debe ser herida. Lo que trato de explicarle, niña, es que mientras no permita que esa belleza que busca la hiera, mientras no permita que la quiebre y la derribe, no conseguirá usted encontrarla”. Y en la misma línea se sitúa el único sacerdote que aparece en la historia, hacia el final, en la novela. Se trata de un monje nonagenario que dice que “todo sacerdote debe ser un caballero”, y le aconseja a la protagonista: “Busque entonces las belleza, señorita Prim. Búsquela en el silencio, búsquela en la calma, búsquela en medio de la noche y búsquela también en la aurora. … y no se sorprenda si descubre que ella no vive en los museos ni se esconde en los palacios. No se sorprenda si descubre finalmente que la belleza no es un qué, sino un quién”.
Claro, algunos podrían considerar que se trata de una novela pesimista, tal como consideran al Wanderer. Pero la autora destaca que “en absoluto es pesismista. ¿Pero qué ha de hacer un centinela sino dar aviso de lo que observa? No hay centinelas pesimistas u optimistas. Hay centinelas despiertos y centinelas dormidos”. Y frente a los que la achacan de pesimista, una anciana del pueblo responde: “lo suyo no son más que juicios bienintencionados; y las personas de juicios optimistas, no solo no ayudan a mejorar las cosas, sino que contribuyen a empeorarlas. Transmiten la falsa percepción de que todo va bien, cuando el mundo va rematadamente mal”.
Los párrafos transcritos son una muestra de lo que se encuentra en la novela. Se trata de un libro que se centra en la fe, aunque nunca se hable de Dios, y de un libro cristiano, aunque nunca se mencione a Cristo. Pero no lo es al modo en que lo son las obras de Tolkien o algunas de las novelas de Evelyn Waugh, donde el tema de la fe o del cristianismo aparecen de un modo mítico o con sutilezas que no siempre, y no todos, pueden apreciar. En este caso, las cosas se dicen claramente, sin sutilezas. Y es por eso que a algunos les podría parecer un libro demasiado ingenuo o demasiado simple. Y ciertamente lo es. Pero es aquí donde aparece algo asombroso. Todos los comentarios que he leído sobre “El despertar de la señorita Prim” aparecidos en diarios, revistas y blogs españoles, todos ellos celebran a la novela por su capacidad de mostrar “el encanto de las cosas y de la gente sencilla”, y es a esta virtud a la que le adjudican el éxito que ha tenido. Esto deja ver la consternante imbecilidad del hombre moderno que es incapaz de darse cuenta de lo que está leyendo. En efecto, se trata de una novela profundamente contrarevolucionaria y políticamente incorrecta, y sin embargo, la celebran. O no se dan cuenta de lo que leen, o el alejamiento que tienen ya del sentido común y de la fe los hace totalmente inmunes a comprender lo más básico de lo que forjó la cultura occidental, y esto dicho en el lenguaje más llano.
El libro de Sanmartín Fenollera fue editado en 2013 por Planeta y ha tenido un gran éxito en España. Ha sido ya traducido a varias lenguas y han comprado sus derechos editoriales como Mondadori en Italia y Little Brown en Inglaterra. Si Argentina fuera un país normal, no habría más que ir a la librería de la esquina para comprarlo. Pero no es así. Es imposible comprarlo en nuestro país. No existe en las librerías. Por lo que hay dos opciones para conseguirlo: o bien comprarlo en Amazon.es en formato papel pagando el envío y el 35% de recargo, y esperando que la buena suerte impida que el paquete quede retenido en la aduana, o bien comprarlo en formato electrónico para leerlo en la Tablet, que es el medio que yo elegí. Pueden hacerlo en Librerías Santa Fe (www.lsf.com.ar) por $107, pero hay que tener en cuenta lo siguiente: el libro está en formato ePub, que puede ser leído en la mayoría de las tablets, excepto en Kindle (lo siento por el Procrastinator) y, si tienen Ipad, deberán bajar alguna aplicación como BeyondPrint, que es gratuita y funciona muy bien.
Prosit!

Aclaro por las dudas: en modo alguno estoy diciendo que la autora se halla "inspirado" en el Wanderer. Y eso por dos motivos. En primer lugar, porque a la legua se nota de que se trata de una persona muy culta y con un importantísimo fondo de cultura y sentido común cristiano, y eso no se consigue leyendo un blog. Y, en segundo lugar, porque lo que escribimos y comentados aquí no es más que lo que cualquier cristiano leía y comentaba cuando Occidente era cristiano. 
Una vez más, el Wanderer es un encuentro de amigos que ofrece la oportunidad de discutir y aprender sobre algunas temas, pero no tiene en absoluto pretensiones de originalidad o de ser el último centinela de la Cristiandad.

martes, 14 de enero de 2014

Dime cuándo, cuándo, cuándo...

La enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar
que Cristo no vuelve más; o al menos, no pensar que Cristo vuelve.
Leonardo Castellani.
Querellándose a él de la ausencia.
San Juan de la Cruz

-No sé. Pero me parece que el amor reclama la presencia. Que cualquiera que quiere a Jesucristo, necesariamente lo extraña…
-Sí, bueno, pero también da un poco de miedo. El texto advierte que el Juez está a las puertas y cuando la abra y pase, vaya uno a saber qué dirá de nosotros…
-Qué sé yo. Sí, eso, el Juicio, eso me da miedo también. Pero lo cierto es que Él dijo que volvería pronto y ya pasaron casi dos milenios y ni señales…
-¿Ni señales, te parece, de que vuelve pronto? Y la primera, la das vos con tus palabras, según advierte el texto: que en los últimos días habrá quienes pregunten en son de burla "¿Dónde está la promesa de su Parusía?".
-Touché. Pero, sí, algunas señales hay, "primero debe venir la gran apostasía" y esa parece haberse cumplido. Y si el "katejón" es el Orden Romano como lo quieren todos los Padres, de eso no queda ni vestigio. Pero falta, me parece, la gran tribulación, y luego el oscurecimiento del sol, la conmoción de las potencias del cielo, el cielo que se enrollará como un libro y todas esas catástrofes de la que habla el texto: todo ha de disolverse. Pero yo sólo quiero saber cuándo vendrá, porque lo extraño. Dime cuándo, cuándo, cuándo…
-No sabemos. Ni los ángeles del cielo, ni el Hijo… y pensá que es Él, el que viene, el que viene en gloria y majestad. He should know.
-¿Pero será de día o de noche? ¿A la mañana o a la tarde?
-No sé, el texto dice que volverá "en día que el siervo no espera y en hora que no sabe", pero a fe mía supongo que será cuando los levantes de la aurora…
-¿Y aparecerá desde Oriente o desde Occidente?
-No, eso está claro. Ex oriente lux. Desde oriente, porque el texto dice que como el relámpago brilla de oriente hasta occidente, así será la venida del Hijo del Hombre.
-¿De un día soleado, de un día tormentoso?
-No sé, pero el texto dice que vendrá sobre las nubes, en gloria y majestad.
-¿Durante la primavera, durante el invierno?
-No, ahí me mataste. Pero lo imagino en otoño, en nuestro otoño, no el del hemisferio norte. Allí será en primavera. Pero también creo que, por aquello de las catástrofes que preceden su vuelta, no se notará la diferencia…
-¿Por qué en otoño entonces, porque se acaba todo?
-Sí, claro, algo de eso. Pero también porque me parece que debería coincidir con el Tiempo Pascual, y aquí eso toca en otoño…
-¿El Jueves Santo, por lo de "volveré a veros y se alegrará vuestro corazón"?
-Nones. No parece.
-¿Será un Viernes Santo porque allí hubo máximo anonadamiento, máxima kénosis y ahora sería el guerrero, el León de Judá, el Rey de reyes que viene a buscar su corona?
-No, no creo. Debería ser, me parece, un domingo, el día del Señor.
-¿Domingo de Resurrección, el día del triunfo absoluto?
-No sé. Pero a veces me da por pensar que lo más apropiado sería un domingo de Ascensión, puesto que los ángeles dijeron que Él vendría "de la misma manera que lo habéis visto ir al cielo".
-¿Cómo es eso "de la misma manera"?
-No lo sé. Sé que cuando aparezca en el cielo la señal del Hijo del Hombre se lamentarán todas las tribus de la tierra y verán al Hijo del Hombre viniendo… así dice el texto. De la misma manera que lo vieron yéndose, ahora volviendo…
-Pero antes de que vuelva, antes de que se lamenten, la mayoría andará ocupada en sus… distracciones.
-Por eso el texto recomiende que velemos, que no nos distraigamos, justamente. Porque será como antes del diluvio, que muy pocos prestaban atención como Noé: comían, bebían, tomaban en matrimonio y daban en matrimonio… y de repente, ¡cataplún!
-¿Y cómo podrían no prestar atención, si antes se arma "la abominación de la desolación y el gran despelote", como dice Castellani?
-La mayoría… se ha perdido el sentido simbólico… la mayoría de la gente verá todos esos signos, pero no sabrá cómo interpretarlos, y entonces harán caso omiso, como si todo siguiera igual, intentarán vivir como si nada, "business as usual", etc.
-¿Mientras que a muchos cristianos los entregan a la tribulación y son matados y odiados de todos los pueblos a causa del nombre de Cristo?
-En efecto. Eso no sería posible si la mayoría no se mostrara perfectamente indiferente…
-¿Y de dónde esta indiferencia? ¿No les importa nada? ¿O querrán mantenerse imparciales, el famoso "por algo será", el famoso "a mí no me van a venir a buscar", el famoso "yo argentino", yo no me meto?
-Bueno, como decía Chesterton, es que la imparcialidad es un pomposo nombre para lo que en realidad sólo es ignorancia; y la ignorancia no es más que un elegante nombre para lo que en realidad sólo es una enorme indiferencia. Ya te dije, no les importa. Y luego están los que simplemente no entienden, porque no fueron enseñados o por carecer de luz en el caletre, o… qué sé yo, porque les han vaciado el alma.
-Pero a nosotros, sí que nos importa, porque además de todo, a lo mejor vienen por nosotros…
-Sí, puede ser, posiblemente… Igual, si eso da miedo, más miedo nos debe dar el Juicio, como lo quiere la secuencia del Dies Irae: "¡Cuánto terror habrá en el futuro!... Hasta el justo temblará... ¿Qué diré yo entonces pobre de mí? ¿A qué protector rogaré cuando ni los justos estén seguros?"
-¿Pero no se nos dijo que no debíamos temer, justamente, que cuando viésemos los signos y las señales debíamos levantar la cabeza porque se acercaba nuestra liberación?
-Sí; pero antes que eso, hay que ordenar los temores, el famoso "ordo timoris" que decía el Aquinate. Temor al Juicio, antes que nada. Y luego, quizás, temor a la Gran Tribulación, al martirio, etcétera, pero siempre sabiendo que aquellos días se acortarán, que si no… Y entonces podríamos, tal vez, en una de esas, quizás, vencer el miedo y hacer un buen papel… en el Juicio. Porque como decía el Padre Pío, está bueno presentarse primero al tribunal de la Justicia, pues siempre podremos luego, recurrir al tribunal de la Misericordia, que si vamos directamente a la segunda instancia… después, ¿a quién recurriremos?
-Pero ¿vendrán por nosotros?
-Vendrán por los que echan de menos a Cristo, por los que velan, por los que lo esperan, por los que repiten el Marán Athá, ¡ven Señor Jesús! Vendrán por los que temen el Juicio—y tanto será ese su temor, que endurecerán el rostro como el pedernal, venga lo que viniere. Porque el texto también lo promete, que Él mismo los hará aptos, firmes, fuertes e inconmovibles.  
-¿Y los otros, los anti-parusíacos, los que no lo esperan, los que no creen que ya vino una vez, y los que no creen que vuelva: "Qué va a volver, ¡volvería!" como lo dice Castellani?
-Serán instrumentos de la Gran Tribulación, serán instrumentales al Anticristo, lo sepan o no. Por eso el texto dice que "estarán dos en el campo, el uno será tomado y el otro dejado; dos estarán moliendo en el molino, la una será tomada y la otra dejada." Aunque, lo repito, hasta que se separe el trigo de la cizaña, no estará nada claro quién será tomado y quién no. Y habrá sorpresas, porque en el bando de los "buenos" se hallarán malos y viceversa.
-¿Qué bandos?
-Precisamente, no los hay, por lo menos a los ojos nuestros. Dios sabe… pero sólo Él.
-¿Pero cuándo será todo esto, dime cuándo?
-No se nos dijo, precisamente para que no dejemos de velar, para que no nos durmamos durante la guardia, para que vigilemos sin cesar. Y por eso al "adveniat regnum tuum" le sucede la siguiente petición al Padre, "fiat voluntas tua". Puesto por junto, cobra sentido: que Él venga, cuando Él quiera. Pero además, recordando lo que dice el texto, ¿no?, que la paciencia de nuestra Señor es para salvación…
-Va estar bueno, "¡Jesús en Buenos Aires!", como soñaba Méndez Calzada.
-Sí, y como lo imaginaba Castellani, "traveseando amablemente con los Doce Palurdos".
-¡Qué lindo eso, che, qué lindo! Ahora, ¿cuándo…?
-¡Y dale con los "cuándo"! Pensá un poco más en el Juicio, y ya vas a ver como se te templa la impaciencia. Y eso, sin dejar de recordar lo que dijo el primer Papa, que hay que poner toda nuestra esperanza en la gracia que se nos traerá cuando aparezca Jesucristo.
-¿Cuándo aparezca Jesucristo? ¿Y eso cuándo…?
-Mirá, rajá de acá, te voy a matar…

Jack Tollers

domingo, 12 de enero de 2014

Lecturas de verano I: Sta. María Magdalena

¡Qué libro! ¡Qué tema! ¡Qué santa! Se trata de "María Magdalena", escrito por el P. Bruckberger O.P. y publicado en 1952, después de lo cual… no se reeditó (hay una versión electrónica de 1992, pero me parece que no cuenta).
¡Desapareció! Son una de esas cosas que si no existiese el demonio no se podría entender. Por ejemplo, "Los cuatro amores" de Lewis estuvo "out of print" durante más de 20 años, explíquenme eso, semejante librazo… y "Ortodoxia", quizá el libro más importante de Chesterton, ha sido pésimamente traducido al castellano, no menos de cinco veces (al punto de convertirlo en prácticamente ilegible). Sí, el diablo existe.
Pero Dios también, no vayan a creer.
Yo vengo leyendo al viejo Bruck desde que descubrí su "Carta abierta a Jesucristo" hace cosa de treinta años atrás (publicado por Emecé, o tempora, o mores). Después leí su "Vida de Jesucristo" (que se encuentra en www.conoze.com y que se puede descargar gratis) y algunas cositas más, algunas perfectamente horribles como su defensa del Capitalismo y otras yerbas de las que no me quiero acordar.
Pero, Bruck es Bruck, tiene un genio incomparable para las cosas del Evangelio, para la interpretación de la Escritura, sabe de psicología, de exégesis, de moral y de hombres, de pueblos y de regiones, de lenguas y de lugares; sabe con un saber y un sabor enteramente originales…
Yo sabía de su afición por María Magdalena y que algo había escrito sobre la gran santa, pero no había caso, este libro que les cuento, estaba agotado (y no había descubierto la versión para el Kindle). Entonces, se me ocurrió buscarlo en inglés y ¡arripoa!, apareció en una librería de viejo en Ohio que me lo envió a casa en menos de lo que canta un gallo, milagro del ciber-espacio.
Ahora, ¿traducir un texto francés, a su vez traducido al inglés, para ponerlo en castellano? Bueno… como verán, si quieren, se puede hacer si la primera versión es tan buena como la de H.L. Binsse.
La mía, me parece, tampoco está mal y salvo en el caso de un párrafo, presumo haber entendido perfectamente lo que Bruck quería decir (el párrafo ese, de apenas dos renglones, terminó suprimido, qué le vamo'a hacer).
Pero volvamos al libro. Quien lo lea verá que Bruck entiende cosas difíciles: la psicología de una mujer prostituída, la psicología de Cristo, cómo juegan los afectos en la vida espiritual, qué cosa es un exorcismo, en qué términos se convirtió María Magdalena, por qué Cristo la quiso tanto y mucho, muchísimo más. Este es, insisto, un libro genial.
Y atrevido. Como botón de muestra, fíjense cómo se dirige al asuntito este, tan traído y llevado, de la relación entre la santa y su Redentor:
Si hemos de hacer un retrato perfectamente honesto de María Magdalena, hay una cuestión que no podemos eludir. ¿Cuál era, exactamente, la naturaleza de eso que sentía, qué cosa era el sentimiento que la unía a Cristo? Está muy bien llamarla la Bienamada de "El Cantar de los Cantares", pero en el teclado de los afectos humanos, ¿qué nota estamos tocando al decir esto? Cuando, recurriendo al lenguaje poético, decimos que María Magdalena es la Bienamada del "Cántico", ¿acaso queremos expresar lo que en prosa equivale a decir que estaba enamorada de Cristo? A menos que convirtamos a Cristo en una figura enteramente abstracta y transformemos a María Magdalena en una criatura inerte, no podemos escaparle a este asunto. Y por cierto, sabemos perfectamente que con ser Dios, no por eso el Cristo dejaba de ser un hombre muy concreto, vivo, en verdad todo un hombre; y que María Magdalena era una mujer.
Y no, no pienso transcribir lo que sigue, cómo resuelve Bruck el espinoso tema, saliendo del laberinto por las alturas—y conservando todos y cada uno de los afectos humanos intactos.
Y cómo Cristo amó a esta mujer, y cómo la prefería…
Para ver eso, el lector tendrá que leer este libro.
Bruck, como hemos dicho, interpreta a la perfección cosas difíciles, por ejemplo qué cosa es el fariseísmo (y cómo se cuela entre nosotros):
Pascal nos dice que hay dos clases de hombres: pecadores que se creen justos y justos que se creen pecadores. Mediante sus hechos y el perdón que le fue concedido, esta mujer desencadenó el inmenso malentendido que hay respecto de la vieja y la nueva Ley, un malentendido que persiste en la conciencia de muchos bautizados que, por vocación, pertenecen a la Nueva Alianza, y que, sin embargo, por razón de su formación o quizá por una cuestión de reflejos, aún pertenecen a la Antigua. Son innumerables los cristianos de nuestras parroquias (y se los hallará incluso allí donde hay gente consagrada a la vida religiosa) que aún retienen la noción de una pureza legal que los dispensaría de toda humildad, cuando no de la caridad misma: con tal de que se sientan en paz en lo que a la observancia de reglas externas se refiere y si no por otra cosa, por lo menos que con eso se ganen la aprobación de la opinión pública de los piadosos.
En su caracterización de los fariseos, alcanza las alturas (y honduras) de Castellani, y mido mis palabras. Pero además, exhibe una inteligencia agudísima del Evangelio, de los modos de Cristo—y de los de Judas:
Mientras tanto, Jesús se acercaba a la casa de su amigo Lázaro que estaba muerto y cuyo cadáver comenzaba a descomponerse en su tumba. El comportamiento todo de Cristo en esta instancia fue paradojal, estaba más allá de la comprensión, se mostraba contrario al sentido común. Podríamos haber entendido que al viajar hacia el lecho de un amigo en agonía, Cristo se hubiera apresurado en el camino hacia Betania, aun a riesgo de caer en manos de sus enemigos: pero no, en ese momento, Cristo se mostró más bien moroso y deliberadamente se demoraba. Ahora, lo que se nos hace completamente incomprensible es que llegado el momento de la muerte de Lázaro, recién entonces Cristo se pone en camino, sabiendo perfectamente que al llegar no se encontraría sino con un sepulcro que había sido tapiado cuatro días antes. Debe haber sido entonces que Judas pensó que este hombre estaba completamente fuera de sí. Uno no arriesga la propia vida y la de los amigos para ir a meditar al lado de una tumba.
Y con todo, Cristo resolvió qué cosa haría no sobre la base de un normal sentido común: completar su misión, y ninguna otra cosa era lo que lo guiaba por entonces. Otros héroes encaran los acontecimientos, los enderezan según su voluntad y fuerzan su desenvolvimiento según sus propios deseos. Pero cuando un acontecimiento ya ha sucedido, nadie es capaz de hacer nada con eso. Cristo va más lejos. Si arriesga su vida, no es para impedir la muerte de Lázaro, ni siquiera es para cumplir con los deberes de piedad finales para con su cuerpo; es para tender un manto de duda sobre lo realmente sucedido, es para reabrir el debate acerca de la vida y la muerte, es para extender incluso hasta la muerte los dominios de la esperanza que hasta entonces se detenían exactamente ante ese umbral; es para poner seriamente en duda que la muerte sea un hecho incontestable que nadie puede modificar.
Para Cristo no había, nunca hubo, un hecho incontestable. Siempre y en todo lugar dominaba los acontecimientos, incluso los del pasado. Los interpelaba, los ponía en duda, e incluso los suprimía.
Judas se dijo: "Este hombre es un tonto de arriesgar así su vida por una persona muerta. Lo que pasó, pasó." Y ya no sentía obligación de lealtad ninguna hacia un hombre que se negaba a permanecer dentro de los límites de lo que es posible en este mundo.
Pero me estoy extendiendo en demasía, Wanderer, usurpando lugar de su blog de usted y haciendo perder tiempo a sus lectores cuando deberían estar descargando este libro ya mismo, desde aquí:
La descarga es gratuita y se puede elegir entre nueve formatos diferentes (PDF, Epub, Kindle, Doc, etc.). También se puede imprimir para leer en papel (en A-4 apenas si son 140 páginas).
Así es que sus lectores no tienen excusa alguna: tolle, lege.
Su traducción ha sido para mí algo así como una experiencia espiritual de la que he salido algo cambiado, de manera que ya mismo, le advierto que si alguno de los que tienen esto ante la vista no descargan y se ponen a leer el libro ya mismo, pues—voy a salir a buscarlos, uno por uno, para molerlos a palos, los muy miserables.
Para los demás, sólo dos palabras: Bon appétit!