lunes, 25 de febrero de 2008

Cardenales, popes e imanes


El sitio Sombreval ha dado a conocer una noticia sorprendente: el Instituto Católico de París (la UCA francesa) va a recibir a veinticinco estudiantes de imanes (seminaristas musulmanes) quienes harán cursos en esa institución. Los ingenuos se asombrarán del éxito misionero francés y soñarán con las posibles y próximas conversiones de los islámicos. Y tienen razón. El objetivo del rector del ICP es lograr en ellos una conversión, pero, claro está, no al cristianismo, sino al laicismo y a la interculturalidad, pues así se llama el curso que tomarán en esa tradicional institución católica: “Religión, laicismo e interculturalidad”.
Y no se trata de una maliciosa interpretación. Uno de los dirigentes del Institut Catholique lo declaró sin ambages: “El laicismo merece una pedagogía y una transmisión, sobre todo para aquellos que provienen de países donde este principio fundamental de la cultura francesa no es un referente”. Las bolillas que integran el curso son: 1) Libertad; 2) Igualdad; 3) Fraternidad; 4) Laicismo; 5) Democracia.
No es broma. Es terriblemente cierto. La Iglesia, con este acto, expresa claramente su compromiso con los principios de la revolución.
Alguien podría pensar de que se trata de una decisión desafortunada de un decano despistado; una especie de Néstor Corona con vuelo parisino y sin envolturas de celofán alemán. Pero no es así. Es parte de una traición más profunda.
Cuando leí la noticia que colgaba Nelly (UN parisien que vive solo y trabaja mucho) en su excelente sitio, enseguida me vino a la memoria la editorial que en el año 2002 escribió el cardenal Walter Kasper en “La civilità cattolica” como respuesta a ciertas palabras y actitudes del patriarcado de Moscú. Veamos el caso:
A comienzos de noviembre de 2002, la Santa Sede erigió en Rusia una provincia eclesiástica latina integrada por una arquidiócesis y tres diócesis sufragáneas. Fue una medida inesperada y audaz por parte del Vaticano puesto que a nadie era ajeno la carga de agresividad que suponía para con la iglesia ortodoxa: se trataba de introducir obispos donde ya habían obispos válidos, en contra de la venerable regla de la iglesia primitiva que disponía: una ciudad, un obispo. Hubiese sido una decisión plenamente comprensible en el periodo pre-conciliar, cuando la iglesia católica tenía pretensiones aún de ser la única verdadera y reclamaba su derecho de convertir a sus filas no sólo a paganos y protestantes sino también a ortodoxos. Pero en la iglesia de la Dignitatis humanae, en la Iglesia del pontificado del campeón del diálogo e inventor de Asís, y con la planificación intelectual de Kasper, era francamente inconcebible. ¿Por qué acabar de ese modo abrupto con el diálogo ecuménico?
La respuesta de Moscú, como era previsible y comprensible, no se hizo esperar. Alexis II retiró la representación del patriarcado ante la Santa Sede y suspendió la visita de una delegación católica largamente planificada, además de pronunciarse duramente sobre el hecho en una declaración pública.
El cardenal Kasper, enfurecido, le responde desde la jesuítica revista “La civilità cattolica”. Llama la atención la aspereza del lenguaje cardenalicio, habituados siempre como estamos a sus palabras amerengadas cuando se dirige a los hermanos separados, lo que, nuevamente, volvía a restar puntos al esfuerzo ecuménico. Una cosa quedaba clara luego de leer la editorial: Walter Kasper quería enfriar, o cortar definitivamente, el diálogo ecuménico con el patriarcado de Moscú. Pero, ¿por qué?
El cardenal alemán explica que tratará en su escrito el problema fundamental, en sus términos esenciales, que está incancrenendo, es decir, convirtiéndose en un cáncer, en la iglesia ortodoxa rusa. En la primera parte del texto divaga sobre cuestiones canónicas y semánticas, acertadas en general, que justifican la decisión vaticana. Pero el último punto es sugestivamente titulado: “La libertad religiosa como problema central”. “Este es el cáncer”, parece decir Su Eminencia. Allí afirma que el conflicto entre Moscú y Roma es sustancialmente el modo en el cual la iglesia rusa expresa su propia imposibilidad de aceptar la vigencia de los derechos humanos. Con una notable actitud compasiva, Kasper dice que tal actitud es comprensible y que hay que ser paciente, puesto que la misma iglesia católica “no fue capaz de conciliarse con la concepción de la libertad religiosa... (durante mucho tiempo, ya que) sostenía que solamente la verdad tiene el derecho de existir, y no el error, y por eso rechazó la concepción liberal de la libertad de conciencia y religión. Solamente el Concilio Vaticano II, luego de largas y dramáticas discusiones, dio un giro con la declaración Dignitatis humanae”. De ese modo, entonces, los católicos pudimos “emanciparnos de la época constantiniana..., encontrando un lugar dentro de un mundo moderno, pluralista y liberal...”.
Y prosigue el purpurado diciendo que “la iglesia ortodoxa rusa... se encuentra frente al mundo moderno pluralista... y se mantiene en una postura cerrada...”. Por eso, el problema de Alexis con la erección de la jerarquía latina en Rusia no es canónico sino “sustancialmente de naturaleza ideológica”. Y finaliza afirmando sin tapujos: “Mientras la iglesia ortodoxa rusa permanezca anclada en esta posición ideológica no podrá iniciar un diálogo constructivo con la sociedad moderna y con la Iglesia católica”.
Aquí estaba finalmente la madre del cordero. Kasper, y con él Juan Pablo II debemos suponerlo, se encontraban cómodos en el diálogo ecuménico con aquellos que negaban la divinidad de Nuestro Señor y la eficacia de los sacramentos, la virginidad de María Santísima y la presencia real de su Hijo en la eucaristía, pero jamás se prestarían al diálogo con aquellos que se atreven a negar la libertad religiosa y a cuestionar al mundo moderno. A aquellos, sonrisas y guiños, ya que, en definitiva, han elegido, en uso de su libertad, otro camino para llegar al Cristo Total; a estos eslavos desubicados y trogloditas, el desaire y la represión, augurios de su inevitable condenación por resistirse a aceptar los dogmas revolucionarios.
La reciente decisión del Institut Catholique de París es coherente con la postura del cardenal Kasper de hace cinco años. Se trata, podemos suponer, no de un hecho aislado sino de una política, y política de estado. Seguramente hoy estará hibernando por el efecto Benedictus, pero ¿qué ocurrirá en el próximo pontificado? Da escalofríos el solo pensarlo. No sé porque, se me vienen a la memoria Robert Benson y Hugo Wast.


martes, 19 de febrero de 2008

Остров

Una intuición. El verdadero cristianismo

viernes, 15 de febrero de 2008

El subte de Lupus


Lupus, conocido comentarista de este blog, me dejó un larto discurso en el que se discuten los últimos temas tratados en el blog. Su último párrafo, imperdible! Gracias Lupus, y prosit


Apreciado Wanderer, siempre me da la sensación, no sé, de que se funde alguna válvula bloguera cuando los comentarios pasan de 15, así que estaba por saltar de post, aunque no de tema, cuando vino Ud. en mi auxilio a presentar esta cuestión cercana a lo que veníamos conversando. En realidad, tambien me aburre darle y darle al click para bajar a los comentarios. No me gusta ir para abajo. Y me parece apropiado empezar por comentarle que nunca me gustó viajar en subte.
El subte tiene sólo dos ventajas: velocidad y precisión. Bueno, una más, si se quiere: va y viene con perfecta simetría. Ya que estamos, me estiro todo lo que puedo para congraciarme con sus admiradores: es absolutamente previsible. Veamos ahora sus desventajas: para ingresar, tenés que empujar un palo con las partes frágiles (en el subte, todo acontece por el lado de abajo). Sigo: la máquina se desplaza por donde están los intestinos de la ciudad; el paisaje es una espantosa caverna transilvana; los sonidos son metálicos, la luz eléctrica, y la mayor belleza natural inanimada que se puede observar es una maceta descuidada en un andén; la población animal con la que cuenta son ratas, cucarachas y hombres; también están los choferes y los porteros, que en realidad son vampiros domesticados; las puertas se abren y se cierran por mano del drácula de turno, no tienen manija; todos se mueven al compás de un bailecito invariable; si se detiene por falla técnica, sobreviene un silencio de sótano; si encima se apaga la luz, es porque el chofer y el abrepuertas se están lastrando a alguien. En resumen: la geografía subterránea es oscura, sucia, húmeda, fea, artificial, contrahumana y peligrosa. O sea, veloz, precisa, prolija y previsible.
Nos ocurre con frecuencia que, al tratar de cuestiones morales, nuestra índole de católicos modernos nos lleva a encadenar una situación con otra, una noticia con otra, luego otra, y otra más, hasta que caemos en la cuenta de que estamos lejos de las causas, nos metimos en el túnel equivocado, nos pasamos de estación, y lo único que queda es bajarse y volver atrás. Toda reflexión sobre el mal moral ajeno, además de que no debe ser liviana ni clausurante, tiene que permanecer vinculada a la procedencia de ese mal. Ud., mi amigo, puso el tema sobre el tapete correcto: la ontología de los seres y lo que salta a la vista. Ahora permítame tomar, mal que me pese, el subte de regreso.
Al hablar de una película como XXY, ingresamos en un serio y gravoso problema actual: el desquiciamiento sin pausa del orden natural y moral. Ud. salió después a pasear por el barrio y se cruzó con el rey del telo; su reflexión le echa un poco de azafrán a la misma cacerola. ¿Si ése es el enorme castigo de los últimos tiempos? Mmm... en todo caso, una de las fialas. En cualquier caso, ya se hizo presente. Dice bien: se desangran.
La cultura moderna sufre de ontofobia, rechaza los entes reales, visibles e invisibles, y manufactura sustitutos con frenesí. La figura del hermafrodita les ayuda a los otros a levantar más alto la frontera trazada contra el cielo. No la pobre criatura que nace con ese inextricable problema, sino su explicación y la puesta en práctica de su difusión, a través de una película mala y maldita, vanguardista, lamentablemente argentina: así hace los seres la natura y así deben ser aceptados, ése es el mensaje. La réplica es difícil, porque estamos incluso más allá de la realidad del homosexual, respecto de cuya problemática apenas podemos pronunciar entre nosotros las respuestas que ya tenemos. Pero esto nos pasa porque, desapercibidamente o no, erigimos un gran manual de casuística, y recibimos nuestro merecido: nos cañonean con un caso detrás de otro. Por ese mismo túnel opaco vamos batallando siempre en pérdida todo lo que tiene que ver con la vida y la familia. Ni qué decir respecto de los placeres carnales. En medio de tantos males, consólemonos: todavía no hay entre nosotros loquitos que nos busquen con la mira de su arma desde las terrazas de los edificios. Nosotros nos topamos por la calle, como usted, con este otro tipo de campeón del rifle.
En lo moral, las torceduras se deben por lo general a la inconsciencia, la insensatez, la imbecilidad; la malicia es un postgrado. Pero el problema empieza por la noción de causa y la razón de fin a la que se va atando el alma, los sentidos... Analizamos caso por caso, de modo tal que parece no existir otro método, y lo único que ganamos es una colección de derrotas. En este sentido, sigo sosteniendo que no sirve para mucho catalogar, a veces hasta con truculencia, cada noticia. Que lo que conviene es avanzar persona por persona, aun por medio de recursos probados que sólo necesitan ser renovados en su tono, en su lenguaje, en su ánimo. Volver atrás, a las verdades más sencillas: una persona no es un pedazo, un cacho de carne, un fragmento, no es lo mínimo del mundo. Demorarnos a pasar revista, a repasar cláusulas o a establecer cuadros generales permite que esta runfla de bizziosos acreciente la estafa del Hombre mayusculado.
En cuanto a las parroquias, no se puede afirmar que todas son ambientes malsanos, o al menos no en todo momento, aunque eso equivale a decir que sí lo son las demás o en ciertos momentos. ¿Qué más da? En la parroquia del barrio al que hasta hace poco pertenecí era inevitable escuchar, durante una de las misas, al clásico coro de jóvenes. Como es de uso, la banda pasaba con gran solvencia de la batucada del ofertorio al recital melódico de la comunión. Pero fui siempre bien dispuesto y logré no mirarlos nunca con malos ojos. Prefería detenerme en el fervor de esos muchachos, su constancia para darle a la guitarrita todos los domingos y su emoción religiosa, aunque viajara en nubes de angelitos de dorados culos. Se me daba por pensar que comulgaban, y que no podían dejar de ver todo lo que había y ocurría en el templo. A todos, en cualquier momento y lugar de la vida, la verdad puede saltarle a la vista. Gracias a Dios, no depende tanto de nosotros que alguien se decida a usar una escalera para subir.
(Sí se me atragantan, en cambio, los catolicazos, sus palabras infladas y sus ojitos giratorios, atentos a todo ser y cosa móvil e inmóvil. Sé que es un problema mío: me causan un enorme fastidio los viejos gazmoños y, sobre todo, las viejas chotas. Lo atribuyo a mi propia maldad. Lo cierto es que los espíritu vetustos, los que declinan sombríamente, me cascan las bellotas. Tema aparte que, insisto, declaro con plena conciencia de mi maliciosa inclinación.)
Más allá de un par de veces cuando joven, nunca volví a pasar del lado del salón de reuniones-fiestas-agasajos de una parroquia. No conozco la vida íntima de esa parroquia de marras, sólo la supongo. Y lo que vi allí me da para entrever, aunque me cueste, que algún tipo de bien se hace, y que quizás el entusiasmo pastoral de los oxidados ayude a algunos a recuperar o conservar la fe. Incluso el cura citó más de una vez a algún Padre en los sermones, y nunca manoseó el Evangelio. Modesto, pero no insalubre. Por mi parte, no busco ni espero un Ambrosio o un Biffi; los puedo leer. Reconozco, no obstante, que es dable encontrar sacerdotes más íntegros y mejor formados por aquí y por allá. A mí no me hace falta rastrearlos, porque a algunos los tengo por amigos. Pero no todos, ni muchos, tienen esa suerte.
Sabemos cuándo Dios está presente, pero nadie está en conocimiento de cuándo no se hace presente o se retira. Los sacerdotes son la clave de la vida eucarística y sacramental; en una parroquia, además, son responsables del entorno religioso y humano que se conforme. Pero la vida primera de una parroquia, su razón de ser, es el Santísimo. La misión de la parroquia es custodiar, extender y sostener esa Presencia dentro de la jurisdicción que le corresponde. Que ésa sea su misión y su razón de ser no garantiza la fidelidad de las personas, pero tampoco la excluye. No hay que precipitarse a elaborar un juicio granítico. Lo cierto es que el Santísimo está, y sigo creyendo que si le cambian de lugar la puerta o se la cierran, Cristo conserva su mano para la madera. La más alta y poderosa realidad es su Presencia; o sea, lo que propiamente no vemos.
Hay parroquias mejores, y muchas malas y peores. Ahora bien, aún suponiendo, quizás con benevolencia, que ésa es una parroquia pasable, no hay obligación de que los jóvenes encuentren allí un camino de sabiduría y virtud heroica. Como nadie sueña con barrios colmados de Juanes y Juanas, alcanza con que conserven la fe, aun si practican algunas rutinas bobas, como lo hacemos todos, y que lleven adelante una vida buena y una religiosidad tan firme como les dé el cuero. Es posible. Según se dice, no viajar prematuramente a la catrera parece que es un buen comienzo. ¿Qué, no? ¿También tienen que hacer sus latines y leer la Suma?
No quiero ser ingenuo, ni desconocer el peso del error y la fealdad que hoy se reparte, pero me empaco en sostener que lo mejor no es enemigo de lo bueno. Y como no lo es, lo que conviene es la esperanza. En la bondad de la creatura y en la perfección posible, desde que no se alcanza en esta vida la medida completa de lo que somos. Lo mejor, que se ofrezca para despertar lo bueno; y cuando lo vean despierto, déjenlo un poco caminar a su aire.
En un momento hablamos simplemente del baile como una sana y feliz expresión humana, aun para los que tienen articulaciones de algarrobo, y que puede darse en muchos lugares y momentos. El tema no era el “boliche”, pero fue inevitable. Con toda rapidez dibujamos un sótano turbio: es lo que hay y es lo que nos pasa. Más de un padre no sabe cómo hacer para que el hijo o la hija no se le piante (tanto) para el País de No Sé Qué. Cada cual resuelve a la medida de su experiencia y su caletre: los hay más rigurosos, o más preocupados y atentos, y también los hay más permisivos o... no sé, más arriesgados. Lamentablemente, cada vez hay más insensatos. No hay inventario ni modelo general; del lado católico, no sirve de mucho el trabajo de los diagramadores juveniles, los investigadores del amor. No existe ningún caso idéntico al otro, sólo se asemejan las torpezas o las desgracias de muchos desenlaces, cuando ya no hay charla que sirva. Sin embargo, estamos de acuerdo en que es una tontería condenar o combatir el baile, la música y la diversión de los jóvenes. Es tan inútil como combatir su fervor y su sangre revuelta. La solución está en darle un cauce, no en someterla. En ayudarlos a encontrar el equilibrio entre la cabeza y el ímpetu, no en aplastarlos con tedio y solemnidad. Sin dudas que de nada sirve ponerse enfrente de ellos, taconeando, para revelarles con garganta marcial que son herederos de la gloria de todos los reinos.
La charla y el consejo no proceden siempre de un marco de obligaciones y hazañas levantadas. A veces es conveniente un territorio de diversión y afecto, que se dan en los lugares y momentos elementales de la vida. Como una fiesta. No en un escondite dracúlico, por cierto, sino en geografías más naturales, hogareñas, amistosas, a la luz del sol o al tenue esplendor de la luna. Que bailen y se rían en las casas. Que desoxiden al santulón.
Aunque no por el Santo Sepulcro, uno de nuestros combates cruciales y necesarios es contra la droga, bajo la especie que sea. Dejan llegar la droga porque se aburren y porque los convencen; después se la quedan porque les cambia la visión... Un modo privilegiado, en este sentido y en todos, es rescatar el buen humor. No el sarcasmo ofensivo, sino la simple vitalidad de la alegría. Cambiar, romper, quebrar el entorno de tristeza, de celo amargo, que parece acompañar la vida y la palabra de los cristianos. Tantas veces se ve y se escucha ese tono sombrío, reglamentarista, ese humor ácido, esa desesperación maledicente, desconfiada, incompatible con las cosas del cielo... El único lugar al que todo el mundo elige no ir, en especial un joven, es a una funeraria. No se trata de endulzar sus sentidos, sino de que se levanten, que aprendan a enfocar los objetos que le son propios. El humor es una herramienta de la esperanza. No excluye el dolor, pero le impide ser el jefe.
Como digo, un error común es considerar nada más que lo que se ve, sobre todo en el orden moral, y juzgar en consecuencia. Solemos “ver” la gracia actuando solamente en relación con la vida moral de las personas, aunque también incide en la inteligencia, o en la disposición estética, o en el afecto del sencillo. Hay una línea infranqueable para el entendimiento humano: aquella a partir de la cual la gracia de Dios actúa. Por mucho mal que se advierta, el capital intelectual y espiritual que recibimos no se restringe al mero diagnóstico. La existencia tiene una textura profunda... Aun en el mundo visible y material, es mucho más lo que escapa a nuestra mirada que lo que se presenta. La vista, a veces, en este sentido, no sirve de nada.
Al ignorar ese axioma moral fundamental que supone respetar a la persona y confiar siempre en la acción de Dios mediante la gracia, sin quererlo nos dejamos regir por una aritmética de hierro: si aumenta el número de los rebeldes y papanatas, aumenta la furia de los fanáticos; pero si aumenta la furia de los fanáticos, aumenta el número de los rebeldes y papanatas. Es ese recorrido pendular del que venimos hablando, ese tránsito hacia el odio personal con el cual lo primero que logramos es perder el humor; luego, la esperanza y, simultáneamente, la caridad. Nos queda la fe sola, que termina reducida al rigor... Como un calzoncillo de hidrobronz, apto para combatir la humedad y la herrumbre. La del tipo exterior y visible. Que si a mí me duele, a vos también te tiene que doler, turro que no comulgás. La brújula de los pecados.
Vemos solamente lo que vemos, y no sé si hace falta demostrar que lo que no vemos también es, si es. O puede ser. El punto es que, al apurar el juicio, aumentamos la distancia con las personas. San Pablo nombra a muy pocos de aquellas primeras comunidades. La mayoría son personajes ignotos, anonimísimos. También habría papanatas, confundidos, mersas y despelotados, pero lo que entra en el relato es la finalidad, la perfección posible, la búsqueda, la buena compañía, el buen consejo, la corrección, la espera paciente. Muchos se midieron en la hora brava, y hubo otros que no, pero nadie perdió el tiempo en armar el album de los desgraciados: quedó de Dios.
No se puede negar que la herencia, la tradición, los proyectos compartidos, los principios generales, son primordiales. Pero si no se ven acompañado del respeto al singular, su don propio e intransferible, su actualidad, su realidad, y del perdón sincero, la tradición se convierte en una antigüedad, una estantería inerme, una cáscara vacía donde prima el rigor del sistema. Ninguna estructura humana es algo per se. No se sostiene el individuo segregado, pero mucho menos el conjunto impersonal. (Me quedo corto: manipular las vidas, las personalidades, es como inocularlas, inyectarles una infección, y es más segregante aún, y más aplastante, porque sobreviven en una ficción pegajosa.)
Podemos colegir dónde termina una persona que escucha durante su vida nada más que boludeces, maldades y juicios amargos. El juicio amargo y condenatorio dirigido al joven es una boludez y una maldad. También es un desorden faenar a todos los terneros. Donde los vemos, ahí están. Debiera ser la familia, ¿pero si no? Debiera ser el colegio, ¿pero si no? Debieran ser los amigos, ¿pero si no? Debiera ser la Iglesia... Dios no salta a la vista de quien no aprendió a ver lo que se oculta. Sabemos que se mezclan, en el coro, en el aula, en el tugurio, un posible cristiano y un posible estafador. ¿De cuánta precisión somos capaces? Y la prisa agrava el pecado de acepción.
Lo visible se asienta en lo invisible: ahí se encuentran la certeza moral, el arrepentimiento, la máscara. Hay como una línea divisoria entre lo que salta a la vista y lo que se oculta, y es para la vista humana el objeto más tenue. Lo que vemos de los demás no es todo lo que son o pueden ser. De dónde a dónde somos capaces de llevarlos puede representar algo en sus vidas. Pero lo más importante es de dónde a dónde ellos mismos son capaces de ir. Y de dónde pueden salir. Para conocer la acción de Dios, nuestra mirada de carne es insignificante.
En el orden de lo moral, no hay una medida universal y excluyente. Ningún ser se repite. Nada en la vida humana es simétrico, ni en el individuo ni en el conjunto. La imitación de Cristo no opera en nuestros espíritus como un diseño matemático y fatal. Es causa de alegría y felicidad, no de apuro y tristeza. Si se quiere que todos sean de hierro, gana la herrumbre. Si se quiere que todos sean dulces, ganan los insectos. Si se quiere que todos sean obreros, ganan los poderosos. Si se quiere que todos sean reyes, ganan los revoltosos. Si se grita el orden desde el punto de partida, lo que en verdad prevalece es la vanidad, la pereza y al fin las inútiles contorsiones de la acedia. Hay que respetar a cada cual en su lugar, su momento, su talento, su talante y su destino. No hay en esto nada veloz y preciso, nada prolijo y previsible.
¡Ah, las puertas del infierno! Se abren desde tantos lados... Acepten mi consejo: no viajen en
subte.

LUPUS

jueves, 14 de febrero de 2008

Inconsciencia


Durante el periodo vacacional ya superado tuve ocasión de hablar un rato con un joven de 22 años. Es estudiante de veterinaria, rugbier, hijo de un coronel del Ejército, posee sólidos principios patrióticos y “normalidad” en su apariencia: nada de aritos, ni argollitas, ni tatuajes, ni camisas floreadas. En fin, el hijo deseado o el yerno perfecto. Sin embargo, cuando la conversación viró acerca de sus costumbres con respecto al sexo opuesto, me sorprendió descubrir que el jovencito vivía en el más completo desorden: varias señoritas descocadas se incorporaban mensualmente a su morral. “Si se puede, ¿por qué no lo voy a hacer?”, me dijo. En él no había el menor asomo de cargo de conciencia por su actuar. La situación se le presentaba tan normal como salir a tomar una cerveza con sus amigos o comer un asado en familia los domingos. Este estado de cosas, todos lo sabemos, no es privativo de mi ocasional amigo sino que se extiende a la mayoría, me animaría a decir, de los jóvenes argentinos.
El problema de la “inconsciencia” moral se puede ver desde dos puntos de vista. No trataré aquí del peligro de condenación eterna en el que viven estos jóvenes de costumbres desordenadas ni tampoco de los grados centígrados de temperatura que merecerán en el infiernos sus fornicaciones, en cuyo cálculo se entretienen algunos sacerdotes de la FSSPX. Tampoco trataré de estos juveniles pecados cometidos como una ofensa a Dios, que lo son, pero, todos sabemos, Dios es impasible y nuestros pecados a Dios no le hacen nada. El pecado no es problema de Dios; es un problema nuestro, y por eso mi preocupación pasa, fundamentalmente, por lo que el pecado nos hace a nosotros, los pecadores.
Todo pecado daña a quien lo comete y, creo yo, los pecados del sexo provocan un daño particularmente nocivo en la piscología y en los recovecos más naturales del pecador. Por algo son pecados de la carne. Nadie nunca está libre de ellos (salvo, claro, el piola de Tomás a quien un ángel le regaló el famoso cinturón: así cualquiera) y mucho menos durante la adolescencia y la juventud. Sin embargo, cayendo en ellos pero sabiendo que se está cometiendo un pecando, el remedio al daño que se produce está a la mano. Si se reconoce el trauma, es posible la curación, decía Freud. Si el muchachito sabe que peca, le conciencia le pesa, se confiesa y alcanzará un propósito más o menor firme de enmienda, aunque al día siguiente vuelva a lo mismo. La reincidencia no importa mucho: lo importante en la vida cristiana es el caminar continuamente y no el llegar porque, en realidad, nunca se llega, salvo en la eternidad, como bien decía San Gregorio de Nisa.
El problema de la inconsciencia crónica es que no se camina. Se pasa la vida detenido y estancado. No saben que pecan, pero el daño igualmente se produce en la naturaleza de los jóvenes. Ya nos dirán los moralistas qué grado de culpabilidad tienen o el nivel de morigeración que tendrá en ellos la obligación de observar el sexto mandamiento, pero problema no se resuelve. Cuando de niño rompí una ventana con una pelota, habrán juzgado los adultos mi mayor o menor culpabilidad en el incidente, pero la ventana estaba rota y mis padres tuvieron que pagarla. El daño es atroz, y no saben que lo están sufriendo. Y destaco el gerundio: sufriendo, porque a pesar de que crean ellos y los demás que están gozando de vivir la “vida loca”, en el fondo, aunque imperceptible muchas veces, el daño lo sufren.
Se están desangrando, y no lo saben. ¿Será este el enorme y terrible castigo que deberán enfrentar los hombres de los últimos tiempos?


jueves, 7 de febrero de 2008

Y otra...


El Santo Padre durante la ceremonia de inicio del Año Paulino
Dos detalles:
En las ceremonias pontificias Benedicto XVI es siempre asistido por dos diáconos que son cardenales, con mitra y dalmática. Según me parece, y en esto me ayudarán los que saben, por ejemplo nuestro buen Amigo Invisible, esta costumbre había caído en desuso durante el pontificado de Juan Pablo II, quien era asistido regularmente por el infaltable Piero Marini secundado por Camaldo.
El alba de todos los ministros, incluída la sobrepelliz de Mons. Marini que no se alcanza a ver, son de puntillas, y no las "conciliares", como se estilaba en épocas pasadas. Ya me dirán Uds. que las puntillas son barrocas y tridentinas y que yo... en fin, tienen razón, pero entre Trento y el Vaticano II no hay que ni siquiera pensarlo.
gibelino@hotmail.com

miércoles, 6 de febrero de 2008

Incomprensible Goya


Luego de leer o escuchar en todos los medios de comunicación que se le había otorgado el premio Goya al filme argentino “XXY” como mejor película hispanoamericana, decidí verla, creyendo ingenuamente que valdría la pena.
Sinceramente, me resulta incomprensible que haya sido premiada una obra como esta. Sencillamente, no comprendo los motivos del premio.
No soy crítico de cine, y tampoco entiendo mucho del tema, pero no me parece una obra que, desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, tenga caracteres sobresalientes para aspirar a ese premio. Incluso, actoralmente, no me parece particularmente buena.
Encuentro un solo motivo posible: se premió la máxima perversión. Y, en esto, pareciera que nunca se toca fondo.
La película trata la historia de un hermafrodita que no ha sido operado inmediatamente después de su nacimiento ya que sus padres han preferido que sea él quien elija su sexo. Criado como mujer, se enamora de un adolescente varón con quien, sin embargo, desarrolla conductas sexuales masculinas. La película concluye en que, teniendo la protagonista la posibilidad de ser operada por un excelente cirujano y pudiendo elegir el sexo que desee, prefiere quedar tal como está: anatómica y psicológicamente con ambos sexos. La moraleja, claro está, es la enorme valentía de Alex quien prefiere su “autenticidad” y su “soy lo que soy” en contra de los escandalosos convencionalismos sociales para quienes en este mundo hay que ser varón o mujer.
No se trata aquí de negar la realidad poco común del hermafroditismo verdadero ni del terrible drama psicológico que significa para quien lo sufre y para su familia. Habitualmente se los opera cuando son niños pequeños, siendo la familia quien decide, en base a estudios médicos que no siempre son certeros, por la anatomía sexual que poseerá. Es frecuente que, cuando ese niño o niña crece, su identificación psicológica no se corresponde con el sexo que eligieron sus padres y en el cual fue educado, lo cual viene a demostrar, una vez más, la fuerte base natural que posee la sexualidad humana. Esto genera, como puede comprenderse, enormes problemas psicológicos y existenciales.
Ya estamos acostumbrados a ver películas o programas de TV o a leer reportajes y libros cuya finalidad es que la sociedad acepte al homosexual como un “diverso” que debe ser plenamente integrado a la misma, con derecho a vivir las conductas que desee, las que deberán tener plena aceptación por parte de esa sociedad. Me parece, sin embargo, que hay una variante con respecto a la situación que plantea la película. Cuando se presiona a la sociedad a fin de que considere normal la conducta de los “gays” (utilizo este término para diferenciarlos de los homosexuales que padecen con dolor su situación), se pide que acepten una diferencia que no es anatómica sino cultural. Es decir, se pide que se acepte como normal a quien es afeminado o que, sin serlo, posee conductas que no son aceptadas culturalmente (no me refiero aquí, claro, a lo estrictamente sexual). Que las mujeres usen polleras y los hombres pantalones, o que la mujer pueda torcer la muñeca y que el hombre no pueda hacerlo es, en definitiva, cultural. (Aclaro que no estoy afirmando que la conducta sexual sea cultural. Digo que es natural, aunque está rodeada de muchos elementos culturales. Pero la homosexualidad no es un problema físico sino psicológico. La situación no “salta a la vista”).
Pero pretender la aceptación del hermafroditismo como normal es desconocer no ya una realidad cultural sino física. Aquí no es cuestión del modo de hablar o de moverse, sino de que anatómicamente esa persona “escapa a la norma”.
La perversión de la directora de la película, Lucía Puenzo y de Sergio Bizzio, su pareja y autor del libro, me parece asombrosa. No se trata ya de una perversidad moral, sino ontológica. Es la negación de la EVIDENCIA en el sentido más propio del término: lo que salta a la vista.


martes, 5 de febrero de 2008

Cinerum Dies


CINERUM DIES; Ecclesiae feriae IV. Dominicae Quinquagesimae antiquissimus ritus, qui solebat fieri a Christianis excalceatis, ut in constitutionibus Cisterciensium disponitur, et Rupertus ait: Igitur ut nostra nobis calamitas ad memoriam revocetur, et meminerimus, quia pulvis sumus, quod oblitus est pater noster Adam, quando proiecit ante Deum coronam suam, et exinde sensit nuditatem suam: idcirco, et cinere capita nostra aspergimus, et summas partes corporis, id est, pedes nudamus, hoc ab itu confitentes quia non Dii, neque de caelo sumus; sed homines sumus, et de terra principium habuimus, et quia per peccatum gloria nostra spoliati, et inter hostes constituti, ornatu gratiae Dei indigemus.


SANTA CUARESMA PARA TODOS

lunes, 4 de febrero de 2008

Un día en la vida del papa Benedicto

Muy bueno este video. Aunque está hablado en alemán, lo que no se entiende, se intuye.

sábado, 2 de febrero de 2008

Mons. Ranjith y la comunión en la mano


La Editrice Vaticana acaba de sacar un interesante libro: “Dominus est – Reflexiones de un obispo de Asia Central sobre la Sagrada Comunión”, escrito por Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Karaganda (Kazakistan). La agencia ZENIT publica un interesante resumen del prefacio, escrito también por otro asiático, nuestro amigo el arzobispo Malcom Ranjith. Aquí va una traducción de los párrafos más significativos.

Monseñor Ranjith critica el abandono de prácticas tales como arrodillarse para recibir la comunión o su recepción en la mano, advirtiendo que pueden conducir a un debilitamiento de aquella actitud de respeto que es necesaria cuando se trata de las sagradas especies.
Esta situación, explica el arzobispo, lleva no sólo a reflexionar sobre “la grave pérdida de fe”, sino también “sobre los agravios y ofensas al Señor, que se digna a venir nuestro encuentro, queriendo hacerse similar a nosotros, a fin de que resplandezca en nosotros la santidad de Dios”.
En la Iglesia, recuerda Mons. Ranjith, “la convicción profunda que en las especies eucarísticas el Señor está verdaderamente y realmente presente y la creciente praxis de conservar la santa Comunión en los tabernáculos contribuyó a la práctica de arrodillarse en actitud de humilde adoración del Señor en la Eucaristía”.
Ésta, en efecto, debe ser recibida “con estupor, máxima reverencia y actitud de humilde adoración”, y “asumir gestos del cuerpo y del espíritu que facilitan el silencio, el recogimiento, la humilde aceptación de nuestra pobreza delante de la infinita grandeza de Dios y santidad de Aquel que está presente en las especies eucarísticas, se convierte en coherente e indispensable”.
En algunas iglesias, observa el arzobispo, “tales prácticas han casi desaparecido y los responsables no solamente imponen a los fieles recibir la Santísima Eucaristía de pie, sino que, incluso, han eliminado todos los reclinatorios, obligando a sus fieles a permanecer sentados o parados, aún durante la elevación de las especies eucarísticas para su adoración”.
En cuanto a la práctica de recibir la Santa Comunión en la mano, el prelado recuerda que ha sido “introducida de modo abusivo y rápidamente en algunos ambientes de la Iglesia apenas después del Concilio”, convirtiéndose luego “en regular para toda la Iglesia”.
Si bien es verdad que “si se recibe en la lengua, se puede recibir en la mano, siendo este órgano del cuerpo de igual dignidad”, no se puede ignorar lo que ha sucedido a nivel mundial con respecto a esta práctica.
“Este gesto contribuye a un gradual y creciente debilitamiento de la actitud de reverencia hacia las sagradas especies eucarísticas”, denuncia el prelado, agregando que se ha introducido “una alarmante falta de recogimiento y un espíritu de desatención general”.
“Hoy se ve que los comulgantes vuelven a sus lugares como si nada de extraordinario hubiese ocurrido. En mayor medida, los distraídos son los niños y adolescentes. En muchos casos no se observa el sentido de seriedad y el silencio interior que debe señalar la presencia de Dios en el alma”.
Además de esto, se verifican graves abusos porque se “llevan las sagradas especies para conservarlas como recuerdo”, “se las vende” o, peor aún, “se las llevan para profanarlas en ritos satánicos”.
“También en las grandes celebraciones, incluso en Roma, se han encontrado varias veces las sagradas especies tiradas en el piso”, advirtió.
“Creo que ha llegado el momento de revalorizar la práctica de la comunión de rodillas y, si es necesario, considerar la posibilidad de abandonar la práctica actual que, de hecho, no fue indicada ni en la Sacrosanctum Concilium ni por los Padres Conciliares, sino que fue aceptada luego de una introducción abusiva en algunos países”, constata el arzobispo Ranjith.
“Ahora más que nunca es necesario ayudar a los fieles a renovar una fe viva en la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas a fin de reforzar la vida misma de la Iglesia y de defenderla en medio de las peligrosas distorsiones de la fe que tal situación sigue causando”, declara.
“La razón de este gesto”, concluye “debe ser no tanto académica cuanto pastoral –espiritual y litúrgica-; brevemente, aquello que edifica mejor a los fieles”.

Irreprimibles comentarios wanderianos:
1) En la arquidiócesis de Buenos Aires estuvo (¿o está?) prohibido recibir la comunión de rodillas.
2) ¿Tendrá algo que decirle a Mons. Ranjith el P. Fuentes, más conocido como “teólogo respondón”? Si mal no recuerdo, él, junto al liturgista Bonello y a otros eminentes teólgos del IVE, bajo la égida del P. Carlos Buela, fueron claros adalides de la introducción de la comunión en la mano en nuestro país, con una amplia campaña de defensa "teológica" en su órgano oficial "Diálogo".
3) ¿Qué hubiese pasado si, en el pontificado de Juan Pablo II, en vez de tanta gira mediática, de tantos discursos insulsos y de tanto circo litúrgico, se hubiese nombrado a Mons. Ranjith, a Mons. Guido Marini u a otros como ellos en puestos claves del Vaticano? Sabemos cuánto bien puede hacer un simple oficial en los dicasterios romanos, ¡cuánto más podrá hacer un Prefecto o un Secretario!
4) ¿Conocerá Mons. Ranjith el libro firmado por Mons. Laise sobre la comunión en la mano? Esperemos que sí. !Cuánto bien se podría hacer con su difusión!
5) ¿Qué pasaría si el Santo Padre prohibiera en toda la Iglesia recibir la comunión en la mano? ¿Los obispos le obedecerían? El cisma de baja intensidad, quizás, comenzaría a adquirir potencia.


Después de escribir este post, un amigo me pasó el vínculo donde aparece la totalidad del prefacio escrito por Mons. Ranjith traducido. Pueden encontrarlo en: http://www.unavocesevilla.info/actualidad.htm