sábado, 12 de mayo de 2007

Habemus papam




Leo hoy en La Nación: " Pese a la multitud que Joseph Ratzinger reunió ayer en el Campo de Marte, la mayor de esta primera visita a América latina, según periodistas que cubrieron la última visita de Juan Pablo II a este país, en 1997, el clima era totalmente distinto. "Con Karol Wojtyla era siempre una fiesta impresionante; ahora, en cambio, casi no parece estar en un país latinoamericano", confesó una vaticanista, que recordó que en su última misa aquí (en el estadio de Maracaná, un sitio más pequeño que el Campo de Marte) Juan Pablo II congregó a un millón y medio de personas".


Sra. Vaticanista: Entérese. Se acabó el circo. Habemus papam!


(¿Se darán cuenta los papaslavólatras que el Magno no era tan magno? ¿Reconocerán el enorme daño que hizo a la Iglesia y al mundo? ¿Admitirán que su histrionismo no sirvió para nada? Seamos honestos, que en nuestros tiempos un Papa provoque una fiesta con su sola presencia, no es buen signo. ¿Amigos de los aplausos del mundo o amigos de Jesús? La disyunción no puede ser evitada. Es evangélico).

jueves, 10 de mayo de 2007

Navidad Rusa

Nuestro pulmón oriental

domingo, 6 de mayo de 2007

Donatismo encubierto

Donatismo encubierto. Esta es la expresión que ha enfurecido a un lector anónimo del blog y que merece una explicación más profunda que, muy probablemente, no lo satisfará sino que, por el contrario, lo enfurecerá más aún.
El donatismo era la herejía que, entre otras cosas, cuestionaba la validez de los sacramentos impartidos por sacerdotes de moral dudosa. La doctrina católica es que los sacramentos obran por el poder que poseen en sí mismos, independientemente de quien los administre. En el caso particular del post anterior, la expresión fue usada en referencia a la actitud de muchos católicos exageradamente preocupados por las conductas morales de los sacerdotes.
Personalmente, me importa bastante poco que los curas tengan algunos resbalones de vez en cuando. Me basta con que tengan fe, lo cual, en los tiempos actuales, no es poco, y que, en lo posible, no hablen mucho. En última instancia, este tipo de fallas morales son gentleman´s faults y no me parece preocupantes. Basta leer cualquier historia de la Iglesia, realista y no apologética claro, para darse cuenta de que esta clase de pecados existieron siempre, por momentos con mucha más intensidad que en la actualidad, y la cosa no fue tan grave. Curas y obispos con inclinación a faltar contra el sexto mandamiento siempre existieron. La diferencia es que antes sabían que su conducta era reprensible y que lo suyo era un pecado; hoy, en cambio, pareciera que tener amores con el remisero es una cuestión de la “vida privada” de cada uno, porque cualquiera hace con su fisiología lo que mejor le parece. Esto es al menos lo que aprendimos de las declaraciones del episcopado argentino en el triste caso del casto Macarón.
Pero, más allá de esta opinión personal, lo que quise expresar con la frase escandalosa, fue un temor y un peligro que observo entre los buenos católicos conservadores y tradicionalistas: convertir el catolicismo en una religión moral, cuando la moral, en realidad, viene en segundo lugar, como consecuencia de lo central de nuestra fe: el amor a Cristo Señor, Hijo de Dios y Redentor de la Humanidad.
Esto hay que entenderlo bien: me parece muy importante y, aún más, un deber insoslayable que los católicos, con nuestros pastores a la cabeza, luchemos contra el aborto y contra el matrimonio gay, entre otras podredumbres contemporáneas, pero me parece más importante que tengamos bien claro que nuestra religión es mucho más que eso. Si así no fuera, con la Liga de Madres de Familia y Notivida sería suficiente; no necesitaríamos de toda la estructura de la Iglesia.
Convertir nuestra religión en una institución moral y nuestra vida de cristianos en el cumplimiento estricto de las normas morales, es bastante pobre y no sirve para nada. Lo importante no es no pecar; lo importante es amar a Dios. Lo importante no es no hacer algo, sino hacer la virtud y, entre ellas, la más importante, es decir, la prudencia. Y el hombre verdaderamente prudente ha tirado hace rato la tablita de los deberes morales, que le sirvió en los primeros momentos para llegar a la cima de la virtud, pero que después se convirtió en superflua. Reducir la vida espiritual a una huída continúa del pecado y al cumplimiento estricto de la moral, entendida como norma positiva, es reducir la religión a la cáscara y nadar en la superficie.
Por eso, que los curas se preocupen, y mucho, en conservar intacta la fe propia y la de sus fieles. Si en algún momento se pegan un porrazo, a confesarse y seguir adelante. Por algo la nuestra es una religión sacramental.