sábado, 21 de abril de 2018

Cuando los santos vienen reptando

por un colaborador del blog.

“¡Buscad las cosas de Arriba!”
Colosenses 3, 1.

El reciente documento papal (GE) es objetable en un sinfín de aspectos y de un sinfín de maneras. Su horizontalismo, su terrenismo, su mirada asfixiada y asfixiante en el círculo sin salida del hombre y sus minúsculos avatares temporales, la sistemática devaluación de nuestra Fe, la apología de lo mediocre pueden ser ejemplificados con gran número de frases extraídas de la penosa Exhortación. Errores sutiles o burdos se han ido marcando y se seguirán haciendo en el correr de estas semanas. Citas trampeadas de san Agustín, san Buenaventura, santo Tomás han sido de inmediato denunciadas y desenmascaradas en su vil manipulación: recortadas, mochadas al mejor estilo Viganò. Y así, muchas otras falacias del texto están siendo cuidadosa y minuciosamente explicadas en diversos medios.


También se ha manifestado ya (a riesgo ya de caer en tautológicas trilladuras) lo banal del estilo simplista, minimalista, trivial e insípido. No es justamente un texto (¿hará falta decirlo?) que encienda los corazones en el fervor gallardo, que enardezca a los desmotivados jóvenes a librar feroz batalla en favor de la santidad ni nada semejante. No es precisamente un texto que hinche los pulmones, empañe los ojos y mueva el alma a lanzarse de lleno a la locura de la santidad. La épica no es su fuerte. Muy por el contrario, se esmera en Pontífice, desde el primer renglón hasta el último, en mantener intacta su caligrafía (esa letra diminuta) con que vindicar la mediocridad.
De Francisco hubiera dicho Chesterton: enarbola la sencillez, que es un pomposo nombre para la moderación, que a su vez es un nombre elegante para la mediocridad.
Y esto, más que en tal o cual frase puntual del texto, hay que descubrirlo en su clima general, su atmósfera; insistamos: en su caligrafía. Aquí sabe más el buen paladar que el aceitado silogismo. Pues se trata de eso: de un sabor, un inefable sabor pastoso, terroso, arcilloso, sin reminiscencias ni a la Roca ni al Agua ni al Fuego, que son los precursores de todo lo que sabe a Dios. Además, dirían los enólogos, es un vino “corto”, que se apaga en la boca de inmediato.
Disculpen lo extremadamente analógica de la descripción, pero no es fácil acertar en los términos cuando de “esto” se trata…
Hay algo paradojal en el estilo verbal de Francisco; algo así (si se me permite) como un contra-Kells. Si era asombrosa la proeza de las iluminaciones medievales, que lograban en una sola letra meter tanto arte, tanta belleza, tanta verdad… aquí el fenómeno es inverso (y no por eso menos asombroso): que pueda decirse tan poco con tantas palabras. O incluso más: que pueda decirse la misma nada inerte de un modo tan facundo y ampuloso.
Pero hay dos cosas apenas más asibles que esto del “clima y sabor general” que vale la pena intentar poner entre vidrios para concienzuda biopsia. Pues son dos masas malignas que no sólo molestan allí donde se dan, sino que (por el lugar neurálgico en que están ubicadas) corren el tremendo riesgo de generar una metástasis general en poco tiempo.
Urge biopsia. Urge cirugía. Urge extirpar. Y (lo siento mucho) urge luego un largo tratamiento agresivo que garantice la salud.
Un asunto es la distorsión del vínculo entre el amor a Dios y al prójimo; entre el primero y segundo mandamiento. Y la otra cuestión es el achicamiento, la enanificación de la santidad.
Para lo primero puede ser de provecho partir de una cuestión muy colateral: sabido es por todos lo que el papa aborrece la teoría económica del derrame o rebalse. Esa que insiste en que la sociedad crece en su nivel de vida de arriba hacia abajo y no al revés. Mi ignorancia en esta materia es supina de modo que no opinaré al respecto (y aunque lo hiciera, está claro que el asunto debe ser opinable y para nada dogmático) pero sí me atrevo a notar que esa misma objeción es la que Francisco aplica ahora a la caridad. Y en este caso sí es dogmática la sentencia que afirma la “teoría del derrame”.
¿Qué significa esto? Que la Teología de los Padres, de la mejor Escolástica y el Magisterio completo, fundados en las Sagradas Escrituras, afirman con claridad y vehemencia que el amor a Dios es la única fuente de toda Caridad, y que en la medida que este amor se arraiga en el creyente, y se cultiva y se custodia y se riega y abona y se desarrolla… produce frutos de amor fraterno, de amor al prójimo. Y que esto no funciona de modo inverso. Por más que uno subsidie e inyecte un flujo de filantropía macanuda en la base del sistema, esta sensibilidad social no sube por capilaridad hasta irrigar el amor a Dios.
El supuesto “protocolo” del Juicio de Mateo XXV, por un lado no puede ser aislado del resto de las Escrituras al mejor estilo Protestante, y más allá de eso, analizado solo tampoco arroja esta astringida resolución de la santidad en el amor al prójimo. Lo que allí se plantea es que ese amor a Dios sobre todas las cosas (y todas las personas y todos los pobres y todos los hambrientos y todos los presos y enfermos y todos los vagabundos y todos los inmigrantes), ese amor se manifiesta (como la causa se muestra en sus efectos) en las obras de misericordia.
Por eso dirá santo Tomás que la virtud de Religión (aquel hábito a cultivar por encima de todo hábito: el hábito de religarse al Señor, de vincularse a Él en un trato asiduo, íntimo, profundo, creyente, agradecido, compungido, leal, amoroso), que esa virtud es mayor a todas las virtudes humanas. Es el sarmiento injertado en la vid verdadera de Jn XV.
Ciertamente quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso (1Jn IV, 20): no es cierto que ame a Dios, pues el fruto no cae lejos del árbol y por los frutos es que se conoce de nosotros el Amor de Dios derramado en nuestros corazones. Y no porque el amor al hermano sea el amor a Dios, como se intenta instalar.

A tal punto esto es así que la sana Teología insistirá en algo escalofriante para los filántropos: que el hombre, el prójimo, no es lícito amarlo por él mismo, sino por efecto rebote, porque Dios lo ama, o por el Dios que lo habita. Por “derrame”. No dice el protocolo: “aquel pobre tuvo hambre y no le diste de comer” sino “Yo tuve hambre y no Me diste de comer… en el pobre”.
Por eso, quien sirve a su hermano sin amor a Dios, es un mentiroso, vive enfangado en la más rastrera mentira.
Cuando el Evangelio avisa que el segundo mandamiento es “semejante” al primero (Mt XXII, 34), emplea un término muy preciso: no dice que sea igual, que sea convertible, que sea lo mismo: semejante es la expresión y es muy elocuente, pues nos remonta sin escalas a la creación misma del hombre, que no es Dios sino una hechura Suya, semejante a su Autor.
Incluso el texto de la Carta de Santiago (tan manipulada) respecto a la Fe con o sin obras (Sant II, 18), apunta exactamente a lo mismo: las obras “muestran” la Fe, que es la que en verdad vale; las obras son el epifenómeno de ese divino Fuego derramado en nosotros.
No son el Fuego, sino su calor; no son el Sol sino su resplandor.
Aún muy lejos de la santidad, esta experiencia del “derrame” la hemos tenido todos: ¿quién no ha experimentado, en primera persona, el modo concretísimo en que esa Lectio divina bien hecha, ese Rosario rezado con fervor, esa Hora de Adoración eucarística redundara en la calidad de mi paciencia, de mi afabilidad, de mi generosidad, de mi servicialidad? ¿Quién no ha experimentado alguna vez cómo, cuando crece por la plegaria el amor a nuestro Señor, el corazón enamorado se ensancha, se enciende, se aligera y ocurre el milagro: todo cuanto lo rodea cobra otro cariz, desde el color de los árboles hasta el rostro del mendigo…
Llama la atención que un documento extenso y minucioso sobre la santidad no mencione siquiera una sola vez ni a la Lectio divina, ni al Rosario ni la Adoración eucarística… ni a la Misa y Confesión siquiera. Y no es que las mencione poco, o sin ponerlas en el debido centro… no, no: directamente están ausentes.
Para ser más exactos, en verdad, una sola vez en todo el documento menciona el valor de la oración, la Misa, la confesión, los sacrificios, la devoción y la dirección espiritual: los menciona a todos juntos en el nº 110, para avisar que no hablará de ellos.
Escalofriante.
Invertir el orden interno del Mandamiento del Amor, o peor aun, absorber y reducirlos ambos en el segundo es, de algún modo, la madre de todos los males y deformaciones que se están operando. De allí se sigue la persecución y el fustigue de cuantos se “obsesionan” (sic) por cuidar la Liturgia, los que buscan el insano (sic) beneficio del silencio, los que, poniendo los ojos en blanco, rezan “mucho” (sic) cuando no hace falta que sea tanto… generando con estas prácticas un descuido del pobre e indigente.
Imposible es no recordar a Judas, ladrón en infinidad de sentidos, cuando objeta el nardo vertido con amor sobre los Pies del Señor, siendo que con esa plata podría haberse ayudado a un montón de pobres (Jn XII, 5). Y no menos, en la otra escena de Betania (Lc X, 38), caso único (un auténtico hápax) en que el Señor, al corregir, llama dos veces por su nombre a la persona corregida (Marta, Marta), al notar la molestia de la mujer por la primacía del Primer Mandamiento por sobre el segundo.
Hasta ahí, el primer problema. El primer tumor.
Lo segundo tiene que ver con la fisonomía de la santidad. Seguimos (no huelga avisarlo) parados sobre el epicentro mismo de nuestra Fe, de nuestra identidad cristiana. ¿Qué es un santo? Responder a esto no es periférico sino dar en el blanco del paradigma del discípulo de Jesús.
Y la Iglesia, por dos mil años, recibiendo como un ascua encendida las palabras mismas del Maestro, nos ha transmitido el ideal de santidad con temor y temblor, en una certeza abisal de estar proponiendo un “imposible para los hombres” (Mt XIX, 26). La Iglesia, no sin vértigo, ha repetido sin ambages lo que a su vez recibió: sed perfectos como Dios (el Padre) es perfecto (Mt V, 48).
Y ha erigido este ideal, esta meta, esta cumbre del monte, avisando que el desafío es para todos, la propuesta es para todos, aunque sean muy pocos los que en verdad alcancen la cima. No dice por eso que quienes no alcancen la cima queden descalificados. En absoluto. Pero pocos llegan propiamente a la cumbre. Y esto no desanima: a todos nos hace bien que la meta sea alta, incluso inalcanzable, pues (como enseñaron tantos) el arco ha de lanzar la flecha bien alta, a sabiendas de que en el recorrido declinará su trayecto.
Los santos, en su impresionante luminosidad, en su majestuosa gloria, en el admirable heroísmo, incluso en la sensación que nos provocan de “imposible” para nosotros, es que nos atraen y alientan hacia la meta.
El tremendo y garrafal error del Documento pontificio consiste en hacer todo lo contrario: en abajar la santidad, en achicarla y acercarla, en avisar que los santos tampoco es que fueran tan, tan… “perfectos” (sic)… y en re-proponernos la santidad recalculando el tiro, que ya no ha de apuntar hacia la cima inaccesible, sino a una altura media, lógica, normal. Como si dijera: no trates ya de apuntar tan alto, tan alto; no darás a la caza alcance; apunta bajo, a la casa del vecino, a ser medianamente buenazo, “un buen tipo” (sic), que lo otro es historia pasada de gnósticos y pelagianos.
El problema (entre varios otros) es que, según Galileo al menos, si la flecha apunta no al Cielo, no a la perfección del Padre, sino a la casa del vecino, la flecha no llegará siquiera a la medianera sino que caerá a una palma del propio arquero. (Nunca sospechamos que un Papa condenaría al astrónomo por su teoría de la trayectoria parabólica de un proyectil en un campo gravitatorio).
El problema de reducir la santidad a no ser chismoso en el mercado (GE 16) no es sólo que la santidad es mucho más que eso… sino que, paradójicamente, no se logrará siquiera ese cometido. Por la caída de tensión. Pues gravitamos sobre el mal. Salvo que el fomes peccati también haya entrado en el nuevo Índex.

Santa Teresa lo dice a su modo: si no lo son las obras, hermanas, que al menos los deseos sean grandiosos, altos, sublimes. Que del deseo a la acción es inevitable la merma.
La vida de los santos debe seguirnos fascinando, deslumbrando, aunque (y porque) experimentemos estar a años luz de poder vivir así. “Si él pudo ‘eso’, yo he de poder, al menos, un 5% de eso”, nos hemos dicho todos leyendo conmovedoras hagiografías. A nadie le mueve el amperímetro una señora que en el mercado no critica, que con el hijo no se impacienta o que ante el pobre no muestra indiferencia (GE 16). Esta señora seguramente logra todo eso por mirar la vida de los grandes santos y, encendida por tan luminoso ejemplo, comienza por estas cosas. Si el cambio de paradigma nos ubican a la señora del mercado en el lugar de santa Catalina o santa Teresa… a lo más lograremos evitar que en el mercado nos robemos una manzana.
No quiero aburrirlos con obviedades, pero parece inevitable aclararlo: cuando la Iglesia nos alienta a buscar la santidad en lo ordinario del diario-vivir lo que nos está pidiendo es que transfiguremos lo cotidiano en sublime, la rutina en prodigio, lo normal en milagro. Que santifiquemos lo ordinario. No que tornemos ordinaria la santidad.
El puñado de levadura leva toda la masa. No se trata, ciertamente, de que la harina saque de su costal lo mejor de sí misma. Pues siempre será harina. Es la levadura la que hace posible el pan.
Nos han querido achicar la santidad. La han encogido. La han hecho humana y normal. Ya no se trata de estar muerto para que Cristo viva en uno (Gal II, 20), sino que se trata de ser macanudo.
Nos han robado el color de la santidad. Y lo más vil: la han hecho “posible” (Cf la nota 47, de GE). Posible porque ya no es una gracia, un milagro otorgado de lo Alto, sino el arte de sacar cada cual “lo mejor de sí mismo” (¡sic!) (GE 11), sin desmesuras.
Ni siquiera es la santidad pagana, la griega si se quiere, la del héroe espartano. Es la santidad del pequeño burgués moderno. Que riega las macetas de malvones de su jardincito y tiene la santidad de estirar su manguera para regar también las macetas de su vecino, el del huertito de al lado.
El nuevo invento se llama: santidad clase media, (sic), para todos y todas. Y al alcance de la mano. Esto significa: una santidad (en términos espirituales, presumimos) ni muy rica ni muy pobre: clase media. Es la santidad-bonsai, de raíces prolijamente recortadas, que hacen posible tener un ombú en tu departamento sin que estorbe. Es la santidad buenista, del que no hace olas, del tipo prolijo y educado, que cede el paso en el tránsito y evita tocar la bocina. Es la santidad civilizada, domesticada, chiquita, rastrera. Ya sin esos aires un tanto dionisíacos de “locura” (1Cor II, 14), de “extremosidad” (Jn XIII, 1) con que los santos “de antes” han desestabilizado por completo su entorno o, incluso, a la Iglesia entera. Hoy a eso se le llama “fanatismo”. Hoy se nos alienta a dejar de desear esas locuras, a no mirar mucho la forma concreta en que ellos encarnaron la santidad; se nos exhorta a “no entretenernos en los detalles” (GE 22) con que vivieron, pues pueden haber sido erróneos (sic) o propios de su época. Y se nos pide, más bien, limitar nuestra imitación a que ellos amaron y a nosotros se nos pide “lo” mismo, así, en un vacuo neutro inofensivo. Ya no se trata de mirar el aguileño vuelo aristocrático de los santos, ni su marchar glorioso; el góspel canta ahora: “Cuando los santos vienen reptando”.
No podemos dejar pasar lo de “santidad clase media”: nada más burdo y tergiversado. Si hay algo maravilloso, en verdad sublime, de este milagro de la cristificación, es que nosotros, pordioseros, mendigos del Absoluto, seamos llamados a la aristocracia célica, a co-sentarnos con el Rey (Ef II, 6) como Príncipes coherederos. Ver a pescadores analfabetos de Galilea elevados a esta nobleza y tras ellos a una muchedumbre de testigos, es de las verdades más bellas de nuestra Fe.
Nadie pretendía que se hablara de théosis, de divinización (aunque no es otra cosa la santidad), ni del misterio transfigurativo de la vía unitiva… pero nunca imaginamos que la pigmea reducción iba a ser tan abrumadora, que el achicamiento podía escalar a semejante enanismo.
Lo que nos han querido vender es la más brutal apología de la mediocridad como estilo de vida ideal del cristiano.
Es falsa la moneda y falso el monedero. Y el tumor: muy maligno.
Hasta aquí, el segundo asunto.
Digamos, a modo de corolario, que esta doble constatación (lo invertido del Mandamiento Nuevo y la devaluación de la Santidad) no tiene por mero cometido constatar los errores del papa reinante (tres mil palabras para concluir eso sería una concesión muy generosa). Ni debe dejarnos amargados o desalentados. Omnia in Bonum. No hay mal que por bien no venga. Debe ser ésta la ocasión más favorable para renovar nuestro cristianismo: tanto nuestro compromiso por cultivar la virtud de religión, para amar con mayor intensidad a nuestro Señor, como para renovar nuestra fascinación por la vida de los santos, esos inmensos faros que iluminan la tormentosa noche de nuestra barcaza.
Estas provocaciones deben ser acicate. No un dardo que nos adormezca sino todo lo contrario: un aguijón que nos azuza y espolea para redoblar la marcha.
No estamos dispuestos a plantar el cedro en maceta (Hölderlin) ni estamos dispuestos a instalarnos cómodos en la casilla de las macetas (Green). No nos conformaremos con menos que la divinización (Ratzinger). Para nosotros y para los otros. Pues la Caridad (la genuina, no la falsificada) nos urge. La vida por esto.
Redoblemos el grito vigoroso de nuestra Fe: ¡buscad las cosas de Arriba! ¡La vista fija en las cosas del Cielo, no en las de la tierra! (Col III, 1-2). Que Cristo descendió para ascendernos, se empobreció para enriquecernos, se humilló para elevarnos. Que Dios se hizo hombre para divinizarnos, ¡no para humanizarnos! ¡No repten!, ¡no se contenten con un cristianismo rastrero; ¡remonten vuelo!, ¡que han sido creados para las Alturas!
Y que el ocaso de nuestra vida nos encuentre roncos de gritar estas certezas.
Alegrémonos y regocijémonos porque nos son concedidas estas grandes verdades incandescentes, y si somos perseguidos o humillados por su causa, mayor aún sea nuestra alegría y regocijo. Levantemos la cabeza. El Señor está próximo. Ya llega nuestra liberación.

miércoles, 18 de abril de 2018

Avistaje de diaconisas


Uno de los frutos del Concilio Vaticano II fue la creación del sínodo de los obispos como una institución permanente. La idea no era mala en sí y retomaba la larguísima tradición de los sínodos, tanto de la Iglesia Oriental como de la Occidental. El problema fue que, en la práctica, muchas veces fueron problemáticos y fácilmente manipulables. Basta recordar el sínodo de 1974 que dio como fruto la Evangelii nuntiandi de Pablo VI,  y en el que se estuvo a un tris de meterse a discutir en serio  sobre el sacerdocio femenino y en el que se alentó la teología de la liberación aunque ese aliento podría haber sido mucho más dañino aún de lo que fue. Quien frenó esta posibilidad fue uno de los relatores, el cardenal Karol Wojtyla, a quien se debe mucho más de lo que se le reconoce en esta reunión. Pensamos solamente que el otro relator era nada menos que el cardenal Eduardo Pironio y que los presidentes del sínodo eran los cardenales König de Viena y Landázuri Ricketts de Lima. De allí podría haber salido cualquier cosa.
Esta breve introducción histórica viene a cuento porque en octubre de 2019 se reunirá el Sínodo Especial sobre la Amazonía. Y ya podemos comenzar a prepararnos para días de zozobra similares a los que tuvimos hace unos años cuando el último sínodo dio pie al famoso documento referido a los Amores de Leticia.  
Los sínodos, como cualquier otra reunión democrática de este tipo, son fácilmente manipulables. Quienes hayan participado de alguna asamblea estudiantil en los claustros universitarios seguramente se habrá asombrado de la capacidad de tiene la izquierda de manejar esta clase de reuniones y salirse con la suya. Para nuestro caso, basta leer el capítulo IV de The Dictator Pope para conocer en detalle el modo en el cual el Santo Padre se valió de todos los instrumentos lícitos, y de los otros también, para que el sínodo dijera más o menos lo que él quería que dijera, y no dijera lo que no quería que se dijera. Y, según me comenta mi amigo el Barrendero del Sacro Palacio, se están ya preparando maniobras similares para ese  encuentro episcopal.
Así como en el sínodo de la familia el objetivo fue permitir que se acercaran a la comunión eucarística los separados que viven en concubinato, uno de los objetivos del próximo sínodo tendría como fin reposicionar a la mujer dentro de la Iglesia habilitando una suerte de diaconado femenino. Se trata de un tema carísimo al progresismo y por el que estuvo luchando desde los ’70. Vale recordar lo que seguramente comenzará a recordarnos el bergoglismo dentro de poco y es que en 1972, cuando las aguas se habían embravecido, el deletéreo Pablo VI, en vez de definirse como lo haría más adelante Juan Pablo II, promulgó una carta apostólica llamada Ministeria quaedam en la que, además de abolir las órdenes menores, determinaba que los ahora “ministerios” del lectorado y acolitado, eran ministerios propios de los laicos -no órdenes- y, además, alentaba a las conferencias episcopales a la “creatividad” para la invención de otros nuevos ministerios: “Nada impide que las conferencias episcopales soliciten a la Santa Sede la creación de otros cargos, más allá y por encima de los que son comunes a toda la Iglesia, si llegan a la conclusión de que eso es necesario o útil por razones que son peculiares a sus propios territorios. Son ejemplos de este tipo de cargos los de exorcista, portero y catequista”. 
Esta olvidada puerta abierta por el Papa Montini parece que será aprovechada para hacer ingresar un nuevo caballo de Troya. Se pretende la creación de un nuevo ministerio destinado a las mujeres que las convertiría prácticamente en diaconisas. No utilizan ese término, que despertaría demasiados rechazos, sino que, merced a la acostumbrada astucia jesuita y aguzando la creatividad de los curiales, proponen uno nuevo: el ministerio del ginacolitado (No es broma; les aseguro que es en serio).
El tema será discutido abiertamente el próximo mes de julio en el V Congreso Americano Misionero, que tendrá lugar en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) y para el cual se ha elaborado un instrumentum laboris que, en sus números 271 - 273 trata específicamente del tema. Concretamente, se dice:
272. De estas notas sale el perfil y la misión específica de las mujeres, con el rango de ministerio eclesial, como “ginacolitado”, que podría tener las siguientes funciones y atribuciones ministeriales: Sus funciones específicas serían: a. La del proclamación y predicación Evangelio en la Iglesia y en el mundo, como los diáconos; b. El ministerio de la consolación ante el vasto mundo del dolor en cualquiera de sus múltiples manifestaciones (atención a los enfermos, pobres, encarcelados, refugiados, marginados, descartados de todo tipo, es decir, ante “los crucificados” del tiempo presente); c. La corresponsabilidad con el párroco, en el marco de la comunidad parroquial, si bien, como ocurre con los diáconos, se trata de una corresponsabilidad subordinada a la del párroco, cuyas atribuciones se pueden estipular bien en el funcionamiento del Consejo Parroquial. d. Y podrían celebrar los sacramentos del Bautismo y del Matrimonio, al igual que los diáconos actuales. 
273. Las mujeres ginacólitas serían mujeres, religiosas o laicas solteras o casadas, que, tras estudiar el mismo curriculum teológico de los sacerdotes, llegan a ser teólogas, como los presbíteros, se forman como tales en comunidades cristianas de vida compartida, con las exigencias convenientes y reciben de parte del Obispo el ministerio del Ginacolitado así como el nombramiento pastoral para la parroquia o comunidad cristiana que les corresponda.
Nadie duda que la propuesta de la ginacólitas será aprobada entre aplausos, vítores al Papa reinante, escupitajos de coca recién mascada, mate y taparrabos. Y pocos meses más tarde, el sínodo de los obispos en Roma recogerá paternalmente el clamor del Pueblo de Dios que solicita a sus pastores este nuevo y creativo ministerio para sus postergadas féminas que, aunque no llevarán el noble título de "diáconos" ni vestirán estola y dalmática (aunque seguramente los liturgistas de turno, asesorados por Dolce y Gabana, les inventarán algún ornamento apropiado), ejercerán sus mismas funciones. 
Como vemos, la estrategia que seguirá el Papa Francisco será evitar la discusión acerca de la validez o invalidez del sacramento del orden para las mujeres y “ordenar”, de hecho, mujeres diaconisas que, sin participar propiamente de ese sacramento, ejerzan todas las funciones que la Iglesia siempre reservó a los diáconos. 
Preparémonos porque tendremos un año agitado, y recemos para que el buen Dios se acuerde de nosotros… y le conceda cuanto antes al Santo Padre su merecido descanso. 

lunes, 16 de abril de 2018

Conversaciones vespertinas



Wanderer, Conversaciones vespertinas, Iota, Buenos Aires, 2018, 295 pp.
Acaba de publicarse el libro que reúne buena parte de los mejores artículos publicados en este blog a lo largo de sus más de once años de existencia, los que han sido actualizados, fundamentados con referencias bibliográficas o periodísticas y enriquecidos con los comentarios que dejaban los lectores. Se han agregado, además, varios artículos que nunca habían sido publicados o que discuten temáticas actuales.
Cincuenta capítulos o, mejor aún, cincuenta conversaciones amicales son las que integran este libro, en las que se discuten temas relacionados con la fe y la Iglesia católica, y la crisis por la que atraviesa desde hace varias décadas y que se ha agravado hasta límites impensables con el pontificado del papa Francisco. 
No se trata, sin embargo, de conversaciones sobre la coyuntura o sobre las últimas noticias aunque ambos elementos se encuentren también presentes. Se trata más bien de reflexiones desde la teología, la filosofía y la historia que ayudan a comprender el momento actual e intentan proyectar alguna luz sobre el futuro que se percibe entre las sombras del atardecer. 
Fue así que las reuniones que dieron pie a este libro se dieron a la pálida luz del ocaso, vespertinamente, pero para alumbrar el conocimiento con el anhelo del alba. No se trata de un libro oscuro, desesperanzado y pesimista. Por el contrario, es un libro que intenta señalar los primeros rayos que anuncian la alborada, escrito en el tiempo y en la penumbra -“El tiempo fluye en medio de la noche”, decía el rey San Alfredo- en la espera del otro tiempo, de aquel que no tendrá fin, y que fluye en la radiante luz de la Eternidad.

En Argentina, el libro puede conseguirse en Editorial Vórtice, cuyos datos de contacto figuran en la columna de la derecha de esta página.
En Mendoza, en librería volante "Tiempo del ángel". Contacto al +54 9 261 304-2958. 
El libro también pueden comprarse en Amazon.com y en Amazon.es, tanto en formato Kindle como en papel. 

sábado, 14 de abril de 2018

La clase trabajadora va al paraíso

por Antonio Caponnetto

Comenzada la década del ´70 del siglo pasado, dos activistas de la izquierda italiana, Elio Petri y Hugo Pirro, le dieron  vida a una película entonces muy comentada, cuyo título contenía un trágico sarcasmo:La classe operaia va in Paradiso; esto es, “La clase obrera va al paraíso”. 

El motivo de la metáfora lo da su protagonista central,Ludovico Massa, quien cuando entra en estado de demencia tras un sinfín de peripecias, imagina que hay un muro por derribar, y que tras él se encuentra el anhelado  edén del proletariado, la merecida tierra feliz de los que han sido alienados aquende la terrible pared, por el trabajo esclavista del capitalismo. Mitad grotesco, mitad dramático –como el mejor cine italiano- el abajamiento sociológico (más específicamente,clasista) de los enunciados teológicos del cristianismo, quedaba en evidencia. Parodia de la salvación genuina, la concebida por el marxismo tiene su propio vergel adámico, reservada monopólicamente para los trabajadores.
Medio siglo después,de la mano de un escritor asociado al Modernismo: Joseph Malegüe,en su novela Pierres noires.Les classes moyennes du Salut, Jorge Mario Bergoglio acaba de proponer “la clase media de la santidad”. Lo hizo en su reciente Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate(n.7), labrando un nuevo paso en este reduccionismo sociologizante de la vida salvífica, un nuevo hito en la caricaturización de la teología sometida a la sociología. Con lo que se comprueba una vez más el aserto de Gómez Dávila: “la herejía que amenaza a la Iglesia en nuestro tiempo es el terrenismo”.
Adjudicarle la santidad a un segmento social, o proponer como paradigma de santidad a determinado estamento social, conduce fatalmente a varios errores. Enunciemos dos. 
El primero es el clasismo. Creer que sólo “el pueblo” es toda la sociedad, sosteniendo en paralelo que ese “pueblo” mentado es únicamente el sector más numeroso, mayoritario y golpeado por los avatares políticos. Por lo tanto, el bien común no será el de la nación entera o el del cuerpo comunitario en su conjunto, sino el de una categoría predeterminada ideológicamente. 
El abate Sieyes identificaba a la nación con el tercer estado; Marx con el proletariado; la llamada Teología del Pueblo, en la que abreva Bergoglio, con las periferias; pero en todos los casos el siniestro criterio resulta el mismo: es la conciencia de clase la principal protagonista de la historia. De clase víctima y sufriente, en pugna maniquea con el resto del cuerpo social. La Revolución explica la Revelación; la Sociología la Teología,las Postrimerías sobrenaturales Infierno y Gloria están condicionadas al clasismo intrahistórico.
Bergoglio propone casi de un modo crudo, y en explícito parafraseo de autores como Proudhon o Engels, la socialización de los medios de producción de “santos”, el colectivismo de la gracia santificante.  Nadie se salva solo(n.6). Fuera de un pueblo no hay salvación. La santificación es un camino comunitario(n. 141). Eremitas, contemplativos,monjes de clausura y orantes silentes, están en problemas si no se adaptan al servicio social, algo que ya les fue dicho en la Constitución Apostólica Vultum Dei Quaerere, del 2016. 
Por el contrario, corren con ventaja “los hombres de la puerta de al lado”(n.6), los integrantes del “público municipal y espeso”, que mentara Darío; los integrantes del qualunquismo ideado por el comunista Guglielmo Giannini, “la media aritmética” tomada como paradigma social por el funesto Durkheim. Si al fin de cuentas, según parece, Dios no quiso otra cosa que “entrar en una dinámica popular” (n.6); rechazando el concepto elitista de “unos pocos para unos pocos” (n. 89). Así que nada de puertas estrechas (Ls. 13,22-30), ni de “pocos elegidos”(Mt. 22,14), ni de pusilla grex (Ls. 12,32) ¡Santidad para todos y todas,ya!, que el Señor “se hizo periferia”(n.135). Y contingente y flojo como es, “Él depende de nosotros para amar al mundo”(n. 108).
Se deduce que el segundo error al que aludíamos antes, junto con el del clasismo, es la desnaturalización de la santidad. Lo que es aún más grave, si cabe; y posiblemente una de las manifestaciones heretizantes más dolorosas de este extraño pontificado. Pero no es una novedad sino un error remozado. Hace años, en efecto, que venimos protestando la imposición de una equívoca espiritualidad entretejida de abdicaciones, de contemporizaciones y de compromisos seculares, que no sólo rechaza la incompatibilidad entre la perfección cristiana y el amor al mundo, sino que propone precisamente un modelo de santidad asociado a la vida ordinaria, común y corriente, sin los sobresaltos extraordinarios de los santos auténticos, sin el heroísmo ni el sacrificio ni las renuncias que nos relatan las nobles hagiografías, y con los defectos y ocupaciones habituales de cualquiera. Para alcanzar tal estado bastaría convertirse en un módico ciudadano más, que pasa inadvertido en el trajín de sus ocupaciones laborales.
En la version neoconservadora de este modo de ser santo, el prototipo es el pequeño burgués, el profesional actualizado que se vale de su oficio para el proselitismo cristiano, y al cual se le ha dicho que su celda es la calle. Su modo de vida no tendrá nada de singular. Transcurrirá sin contrastes exteriores,sin sacudidas, indistinguiéndose del resto de los mortales, cuidándose únicamente de no creer que el templo es el lugar por antonomasia del creyente, o que es válida la contemplación pura, inactiva, sin el vértigo del trabajo. Así se hallará textualmente prescripto en los textos fundacionales y tulelares del Opusdeísmo.
En la versión bergogliana el prototipo se aplebeya un poco. Ya no es el profesional exitoso, el ejecutivo próspero y el funcionario maleable a cualquier gestión demoliberal, pluralista y moderna. Ahora es “la señora que va al mercado” y no chusmea con su par durante las compras(n.16); el vecino de la puerta contigüa que “no trata de desalentarse cuando contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables”(n. 11). Elige uno a su medida y todos contentos. Y si quiere ser mártir –clérigo o laico, bautizado o infiel- le bastará con participar en alguna de las tantas opciones subversivas que ofrece desde hace décadas la guerra revolucionaria del marxismo. Basten los nombres terroríficos de Angelleli o Romero. 
Tampoco se crea que es tan fácil,vamos. Si alguien de la clase media de la santidad entrara en contacto amistoso con algún católico enamorado del ocio contemplativo, de la plegaria inútil, de la belleza litúrgica, de la recta e imperecedera doctrina, o preocupado por la claridad y la seguridad dogmática, o “inquebrantablemente fiel a cierto estilo católico”(n.49), estaría traicionando su conciencia de clase santificadora; y en definitiva, convirtiéndose en un colaboracionista del antipueblo de la salvación. Para ellos sí, pelagianos y gnósticos, se vuelven a abrir las puertas del infierno, con la anuencia del beato Scalfari. A los oligarcas y elitistas la condenación, a los compañeros la salvación. Es lamentable, pero debemos decir que quien no haya estado en la Plaza de Mayo hacia 1973, no podrá inteligir la clave de bóveda de este adefésico y desconcertante magisterio que hoy llega de Roma. 
Abaratada la santidad, abajada hasta el nivel de una casta o de estratificación colectiva; sociologizado y desacralizado el martirio,elevado a los altares personajes ante quienes antaño se nos hubiera pedido rehuir considerándolos malas compañías, el misterio de la gracia se banaliza, la salvación se vuelve trivial,y al cielo ya no se lo arrebata por asalto: se llega por las anchas avenidas de las masas rugientes,como a un estadio de fútbol.
“El santo es el héroe delante de la gloria del cielo”, decía Anzoátegui; y “el heroísmo del héroe consiste en llamar a la puerta de Dios para ofrecerse a la muerte”. Se nos conceda la gracia de resistir santa y heroicamente tanto agravio a la Verdad, tanta conculcación del Bien, tanta traición a la Hermosura. Se lo pedimos a María Santísima, debeladora de todas las herejías. A Ella, una vez más, con insistencia firme, las lauretanas letanías, y este envío al final:
Desconsuelo de ausencia, tu manto en la bandera,
de varones ecuestres, acaudillando proezas,
congoja de mitrados con tres cantos del gallo,
aflicción de liturgos desterrando bellezas.

Señora de esta tierra que erigiera en tu nombre
una proa española y un galopar de potros,
escúchanos la súplica, el rezo esperanzado:
¡Ora pro nobis ;Madre, Ruega a Dios por nosotros!


jueves, 12 de abril de 2018

Gnósticos y pelagianos

El documento pontificio aparecido en los últimos días, Gaudete et exsultate, pasará a la historia con más pena que gloria. Apenas si algún matutino proclive le regaló un pequeño y volátil título y en cambio, son muchos los sitios que están mostrando sus inconsistencias. 
Sin embargo, hay un hecho indiscutible: se trata de una exhortación apostólica, nos guste o no y, por tanto, de un documento con carácter magisterial, más allá de lo devaluado que se encuentre en la actualidad este instituto. Y lo que quiero señalar en esta ocasión es la liviandad con la que el Santo Padre acusa en un escrito de esa jerarquía a quienes denomina “gnósticos” y “pelagianos”. Lanza un acusación sin nombrar a los acusados, por lo que poner el nombre a estos herejes corre por cuenta y riesgo de los inquisidores, y en esta lista se han anotado los medios de comunicación que han determinados que los tales herejes son los “ultraconservadores” enemigos del pontificado de Francisco. 
La estrategia de crear un rótulo multifunción a fin de pegarlo en la frente de quienes son enemigos, es un viejo ardid jesuita. Lo hicieron en el siglo XVII cuando crearon la etiqueta jansenismo y amontonaron allí a todos los críticos de la Compañía. Aún hoy se sigue hablando de jansenistas para referirse a mujeres que usan mantilla en misa, a quienes prefieren no comulgar con mucha frecuencia, a quienes no comen carne los viernes, a quienes no abusan del alcohol e, incluso, a quienes reservan su actividad sexual  para el matrimonio. Nadie sabe bien qué es y qué fue el jansenismo, pero no importa, puesto que sirve para identificar a un enemigo y darle palos. Lo mismo hace el Sumo Pontífice: ha creado dos rótulos, gnósticos y pelagianos, y va esparciendo las pegatinas por el aire a fin de que cualquier interesado pueda aplicarla a quien mejor le venga en gana.  
La gravedad particular es que, en esta ocasión y a diferencia de otras veces, la acusación aparece en un documento con pretensiones magisteriales y que, como tal, permanecerá en el Depósito. Yo me pregunto hasta qué punto es responsable, lícito y prudente acusar nada menos que de dos herejías gravísimas- que merecen el infierno a quienes adhieren a ellas-, sin mencionar a los culpables. Como los apóstoles en la Última Cena, nosotros también preguntamos con temor: “¿Seré yo, Señor?”, pero no estamos seguros de recibir respuesta como sí la recibió el apóstol Juan. 
Infovaticana ha publicado un interesante artículo en el que se señala la manipulación que el Papa Francisco hace de las citas de santos que utiliza en GE a fin de dar autoridad a lo que dice. Yo quisiera señalar algunas incongruencias más. El documento advierte en el n. 115 acerca de las diversas formas de “violencia verbal”, en que se “naturaliza la difamación y la calumnia”. Para un católico, una de las formas más graves de “violencia verbal” que se puede ejercer es llamar a un hermano “hereje” puesto que se lo está acusando de romper la unidad de la Iglesia y negar la integridad de la Verdad que nos reveló Nuestro Señor. No es una acusación liviana y, si se la hace, se deben dar pruebas muy concretas y fundamentadas. El papa Francisco, en cambio, lanza alegremente estas acusaciones ensuciando a nadie sabe quién, pues aunque describe lo que él entiende por neo-gnosticismo y neo-pelagianismo no sabemos quiénes son los que encarnan esas nuevas y peligrosas doctrinas, lo que da pie para que sea aplicado a cualquiera, y nadie tenga la posibilidad de defenderse, porque no está seguro de ser el acusado. ¿No se trata, acaso, de un tipo particular de “violencia verbal”? ¿Y no se trata también de un modo de calumnia especialmente grave y peligroso?
La segunda incongruencia que encuentro es que el Santo Padre utiliza para insultar y anatematizar a quienes serían -según sus amigos periodistas como Elizabetta Piqué- sus enemigos, un rótulo con herejías del pasado. Lo curioso es que lo hace en el ámbito de una Iglesia en salida y de puertas abiertas. ¿Cómo se conjuga la “revolución de la misericordia” con el desprecio hacia los que piensan diferentes? Nunca al Papa u obispo alguno se le ocurría utilizar al epíteto “luterano”, o “mormón”, o “musulmán”, o “judío” o “ateo”, para insultar o anatematizar. Sería de una incorrección política imperdonable y caería sobre él no solamente la inquisición del mundo sino también la del mismísimo Vaticano. Ahora hemos encontrado las bondades que poseen el luteranismo y el calvinismo; caímos en la cuenta que los judíos son nuestros hermanos mayores; los musulmanes son parientes nuestros ya que son parte de la “religión del Libro”, como le gustaba decir al jesuita cardenal Bea, y los ateos son bellísimas personas que buscan la verdad. Pero los gnósticos y pelagianos, en cambios, son herejes de la más extrema peligrosidad, comparables solamente a los terroristas y merecedores del fuego eterno. Como ya no hay una hermana separada "iglesia gnóstica" o "iglesia pelagiana" que puede sentirse ofendida, ofendamos nomás a los nuestros que escasamente pueden defenderse. Porque un detalle importante es que esos brumosos gnósticos y pelagianos a los que señala el Santo Padre, son todos católicos. De las largas páginas que dedica a describirlos y descarnarlos -de la 8 a la 14 según la edición PDF del Vaticano- surge con claridad que se trata de miembros de la iglesia católica. Más aún, de fieles que conocen la fe y que tienen un fuerte compromiso con la Iglesia. Es decir, son los prójimos, o los próximos del Papa Francisco, y es a ellos a quienes zurra llamándolos “herejes”. En cambio, a los que están fuera, a los que son propia y confesadamente herejes e infieles, los acoge en sus brazos paternales. Se trata, una vez más, de lo que ya Ludovicus señalaba en este blog en 2014 como una característica del discurso bergogliano: alabar a los lejónimos y castigar a los prójimos.
Pero en este tema hay todavía una cuestión más sutil y no menos grave que tiene que ver con la chastrinada que comete el Papa Francisco cuando habla del gnosticismo. Tiene toda la razón del mundo en señalar la peligrosidad de esa herejía. Es lo que hicieron grandes Padres de la Iglesia, como San Ireneo de Lyón que dedicó su libro más importante, el Adversus haereses, a desenmascarar al gnosticismo y a señalar sus errores, y lo mismo que él hicieron muchos otros autores de la época. A tal punto llegó la peligrosidad de esta secta que las comunidades cristianas primitivas se encargaron de destruir todos sus escritos a fin de evitar daños mayores. Lo que conocemos hoy de las doctrinas gnósticas es una reconstrucción a partir de la obra de San Ireneo y, últimamente, de los manuscritos de Nag Hammadi descubiertos en 1945. Y es verdad que, a la par de una serie de doctrinas fabulosas y rebuscadas, los gnósticos postulaban la necesidad de un cierto conocimiento o gnosis para alcanzar la salvación, conocimiento que consistía, justamente, en esas doctrinas irreales y fantásticas.
El problema es que, como en toda herejía, hay una parte de verdad que no debe descuidarse y que en el afán de destruir el error, se destruya también la verdad. En otro términos, tirar el agua sucia con el bebé adentro. Y es lo que hace el Papa Francisco. 

La verdad es que el término gnóstico es un término neutro. Significa “conocedor” o “el que conoce”, y puede aplicarse, como de hecho se aplicaba en los primeros siglos, a los cristianos. En principio todo cristiano debe ser, necesariamente, gnóstico, debe “conocer”. Es así que el bautismo ha sido considerado por toda la Tradición como una iluminación y aún hoy se entrega al bautizado o a sus padrinos una vela encendida como signo de esa luz que ha recibido. Y ¿qué significa haber sido iluminado? Ni más ni menos que “haber conocido” una verdad que antes desconocía, es decir, ni más ni menos que convertirse en gnóstico o conocedor. Incluso el catecismo de las cien preguntas que siembre reivindicamos, se inicia asegurando que el deber de todo cristiano es conocer, amar y servir a Dios en este vida para después gozarlo en la futura; el deber de todo cristiano es, entonces, ser gnóstico.
Pero enseguida hay que aclarar algo: este tipo de gnosis o conocimiento no es sobre determinadas doctrinas como pretendía el gnosticismo herético, ni siquiera sobre el saber teológico. Para ser cristiano no se necesita conocer muchas cosas, sino la única necesaria: Dios. Y se trata de un conocimiento progresivo y transformador. El camino de santidad es también un camino de conocimiento y de iluminación, es decir, un camino gnóstico, mal que le pese al Sumo Pontífice. Pero, insisto, hay que distinguir con mucho cuidado y decir con firmeza que no se trata de una gnosis de carácter racionalista sino espiritual, casi a-lógica, que transforma el corazón del hombre.
Veamos un ejemplo. Los primeros Padres de la espiritualidad cristiana enseñaron que este camino de perfección tenía tres etapas: práctica, gnóstica y teológica, según Evagrio Póntico; purgativa, iluminativa y unitiva, según Santa Teresa. Son las “Tres edades de la vida interior” de la que nos hablaba el P. Garrigou-Lagrange. El fin o acabamiento de la primera etapa consiste en alcanzar la virtud, o el dominio de las pasiones, o mejor todavía, la libertad con respecto a las pasiones, y esto otorga al cristiano un nuevo conocimiento que los maestros llaman contemplación de las segundas naturalezas, y que consiste en descubrir los logoi o razones o semillas divinas en las cosas creadas. Cuando San Francisco de Asís habla del “hermano árbol” o de la “hermana hormiga”, no lo hace por una convicción ecológica o porque se convirtió en vegano, sino porque ha descubierto o ha conocido que en el árbol y en la hormiga hay un logos divino, o si se quiere, un reflejo del mismo Dios o de sus ideas divinas. Y es por eso también que San Juan de la Cruz escribe:
¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!

Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

Juan de Yepes le pegunta a las criaturas si vieron a su Amado porque él descubre o conoce en ellas el reflejo divino. Ellas, efectivamente, le confirman que por allí pasó y las dejó transformadas. San Juan de la Cruz alcanzó un conocimiento nuevo en su progreso o ascenso al Monte Carmelo
Y es por eso también que Santo Tomás de Aquino junto a toda la tradición teológica cristiana, afirma que el conocimiento de las criaturas es un modo de remontarse al conocimiento de Dios, y no lo dice porque se trata simplemente de construir un silogismo a partir del principio de causalidad, sino porque este conocimiento, o gnosis, de los logoi divinos que se encuentran en lo creado, sirve para conocer al Creador a quien reflejan como en un espejo.
Pero a este conocimiento, o a esta gnosis de la que nos hablan los Padres, San Francisco, San Juan de la Cruz, Santo Tomás y todos los demás maestros, no se accede fácilmente. No se trata de abrir un libro y ponerse a estudiar, ni se trata tampoco de pura voluntad. Se trata de adquirir las virtudes naturales y sobrenaturales y de abrirse a la acción del Espíritu Santo en el alma. Se trata de dejarse transformar por Dios, y la verdad es que, ¡ay!, cuánto nos cuesta esa transformación y cuánto nos resistimos a ella. En otras palabras, cuánto cuesta ser gnósticos, en este sentido propiamente cristiano y tradicional del término.
Si el Santo Padre, como bien han señalado otros comentadores, omite en GE una verdad básica de la espiritualidad cristiana y que es la necesidad de la oración para hacer buenas obras, es decir, para ser virtuosos y para ser santos, no podemos pretender que se detenga en analizar las distinciones entre la gnosis herética y la gnósis cristiana. Pero sí que podemos, en cambio, pedirle que no acuse al voleo e indiscriminadamente de gnósticos a aquellos que somos críticos de su pontificado y, peor todavía, que manche de herejía a los santos que hoy pueblan la Iglesia militante y que son, en el sentido más propio, cristiano y tradicional del término, gnósticos.

lunes, 9 de abril de 2018

Gaudete et Exsultate: pasajes memorables


Ofrezco aquí a los gnósticos y pelagianos lectores de este blog algunos pasajes memorables de la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate que nos muestran la luminosa sabiduría del Papa Francisco.

16. …una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: «No, no hablaré mal de nadie». Este es un paso en la santidad.
Un párrafo digno de Cicerón o de Bossuet, de la más alta sabiduría y elocuencia que pueda hacer gala un hijo de la humanidad.

26. No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio.
Agárrense los cartujos, cistercienses, carmelitas y demás comunidades monásticas porque pronto serán misericordiadas.

57. Todavía hay cristianos que se empeñan en seguir otro camino: el de la justificación por las propias fuerzas, el de la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor. Se manifiesta en muchas actitudes aparentemente distintas: la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia…,
Este  párrafo se ubica en el segundo capítulo del documento dedicado exclusivamente a tratar el problema de los nuevos gnósticos y los nuevos pelagianos y semipelagianos, rótulos en los que embolsa a todos los críticos de su pontificado.  Por ejemplo, quienes tenemos especial cuidado por la liturgia y por la doctrina de la Iglesia somos pelagianos. 

82. Jesús no dice: «Felices los que planean venganza», sino que llama felices a aquellos que perdonan y lo hacen «setenta veces siete» (Mt 18,22).
¿Y por casa cómo andamos? Le podríamos preguntar al difunto Mons. Livieres, al desaparecido Mons. Sarlinga, al sufriente cardenal Burke o al desplazado cardenal Müller.

87. Por ejemplo, cuando escucho algo de alguien y voy a otro y se lo digo; e incluso hago una segunda versión un poco más amplia y la difundo. Y si logro hacer más daño, parece que me provoca mayor satisfacción.
Nuevamente un párrafo digno de ser grabado en los mármoles eternos de la Urbe. 

98. Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público.
Bergoglismo clásico, plagado de bergoglemas: “bulto”, “estorbo”, “problema”. 

101. También es nocivo e ideológico el error de quienes viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. O lo relativizan como si hubiera otras cosas más importantes o como si solo interesara una determinada ética o una razón que ellos defienden.
La verdad que sí: hay cosas más importantes que el compromiso social con los demás. La oración, por ejemplo. Me parece, no sé… como soy gnóstico y pelagiano, quizás estoy equivocado.

102. Que diga algo así un político preocupado por sus éxitos se puede comprender; pero no un cristiano, a quien solo le cabe la actitud de ponerse en los zapatos de ese hermano que arriesga su vida para dar un futuro a sus hijos.
“Ponerse en los zapatos de ese hermano”, una frase que adornará por los siglos la sabiduría y agudeza del papa Francisco.

115. También los cristianos pueden formar parte de redes de violencia verbal a través de internet y de los diversos foros o espacios de intercambio digital. Aun en medios católicos se pueden perder los límites…
Aquí estamos nosotros, los blogs católicos que nos oponemos a su pontificado. Tanto hemos crecido que somos dignos de ser mencionados en una documento pontificio.

128. Porque el consumismo solo empacha el corazón;…
¿Habrá que llamar a alguna buena señora para que cure el empacho? ¿Qué método preferirá el Santo Padre: tirar el cuerito de la espalda o el de la cinta métrica?

133. Recordemos que lo que está cerrado termina oliendo a humedad y enfermándonos.
Memorable frase sanitarista.

134. Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas.
No solamente somos gnósticos y pelagianos, sino también imitadores de Jonás en el vientre de la ballena. Un guiño ecológico. Esperemos que cuando intente cazarnos como a Moby Dick, Greenpace pueda salvarnos de sus arpones.

167. Todos, pero especialmente los jóvenes, están expuestos a un zapping constante. Es posible navegar en dos o tres pantallas simultáneamente e interactuar al mismo tiempo en diferentes escenarios virtuales.
Una novedad que pocos habían advertido. Con esta advertencia, evitaremos ver Netflix mientras mandamos un whassapp.

170. Es verdad que el discernimiento espiritual no excluye los aportes de sabidurías humanas, existenciales, psicológicas, sociológicas o morales. Pero las trasciende. Ni siquiera le bastan las sabias normas de la Iglesia.
Hablando en serio, los párrafos dedicados al discernimiento son los únicos serios y peligrosos. Como siempre, camina en la cornisa. Desparrama discernimiento para todos y todas cuando, en realidad, es un ejercicio que pocos pueden realizar, aquellos que tienen formación cristiana y que están avanzados en la vida espiritual. Pero claro, estas son observaciones de un gnóstico pelagiano. No tienen valor alguno.

Por si a alguien le quedaban dudas, el Magisterio se acabó. Nunca fue, y mucho menos desde hace cinco años, fuente de revelación.