sábado, 10 de diciembre de 2016

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El humo de Satanás

Sería más fácil mirar para otro lado y no decir nada pero algo hay que decir. No hace falta repetir otra vez lo que los medios vienen vociferando hasta el hartazgo desde hace poco más de una semana, regodeándose en cada detalle que se conoce, y cuanto más truculento sea, mejor.
No podemos negar la realidad que nos golpea y avergüenza como tampoco podemos dejar de espantarnos por el horror de las noticias que hemos conocido. Lo sucedido en el instituto "Antonio Próvolo" de Mendoza, y cuyas víctimas han sido niños sordomudos y con retraso madurativo, es simplemente satánico. Solamente el Ángel Caído puede provocar que sacerdotes de Cristo sean capaces de tanta maldad y perversión.
Con respecto a los otros casos que involucran a dos sacerdotes del clero secular -uno de la diócesis de San Isidro y otro de la de San Rafael- no hay mucho para decir. Basta escuchar los audios que se filtraron para ser conscientes de la profundidad de la herida del pecado original.
Desde el año 2008 comenzamos a advertir en este blog sobre quién era en realidad Carlos Buela y comenzamos a alertar acerca de la situación en el IVE. Los hechos, lamentablemente, son mucho más graves y dolorosos que lo que pensábamos. Ya se dijo de un modo definitivo y para que no quepan dudas: el P. Carlos Buela es “para la Iglesia, y desde hace tiempo, culpable”. Lo admitió a los medios gráficos el vocero del obispado de San Rafael, sede en la cual se instruyó el proceso. Y fue hallado culpable de abuso psicológico y abuso sexual perpetrado contra jóvenes sacerdotes. 
Si bien era este un hecho conocido aunque negado por muchos, lo que no se sabía es que otros miembros del mismo instituto estaban también acusados e investigados por abuso sexual no ya contra sacerdotes mayores de edad sino contra niños del seminario menor. Quien habló con los medios fue  una de las víctimas y que se vio obligada también a responder las mentiras con que las autoridades de ese instituto siguen intentando encubrir los hechos. 
Yo doy testimonio de numerosas familias que dejaron sus hogares, sus trabajos y sus bienes, y emigraron a San Rafael para vivir cerca del santón y sus acólitos. Y la mayoría de ellas entregaron al IVE algo mucho más valioso: sus propios hijos e hijas que ingresaron a la vida religiosa. Ahora descubrimos que algunos de ellos fueron abusados. Yo doy testimonio de la rectitud y justicia de esos matrimonios que creyeron en la palabra de Buela.  Y me pregunto ahora ¿cómo hacen para seguir?
Pero lo que más enardece es la red de complicidad y encubrimiento que se creo para mantener ocultos todos estos casos. Es imposible que los superiores de la famosa “Finca” no supieran nada sobre los crímenes del Fundador -me consta que lo sabían-, y es imposible que no supieran lo que estaba ocurriendo en el seminario menor. Y, sin embargo, el Consejo General ("los Eternos") y el padre provincial en Argentina siempre se preocuparon de silenciar la situación, y de acusar y perseguir a los que se animaban a  hablar. 
Es difícil creer el cinismo demostrado por sacerdotes que respondían a través de internet acerca de cualquier tema que se les preguntaba y escribían un libro titulado La trampa rota. El problema de la adicción sexual, encubrían al mismo tiempo las atrocidades que se cometían a su lado, arruinando para siempre la vida de niños y jóvenes.
Nadie puede dudar de la generosidad y entrega de cientos de sacerdotes y religiosas del IVE que arriesgan su vida en Siria, se consumen de calor en Túnez o de malaria en Papúa, o que se entregan noche y día al cuidado de inválidos y dementes; de ancianos y de huérfanos. Son ellos, justamente, quienes no merecen lo que ocurrió, lo que está ocurriendo y lo que ocurrirá en el futuro con “la congre”, porque la caja de Pandora recién se destapa.

En fin, estos sucesos me lleva a pensar si no habrá sido éste el humo de Satanás que el Papa Pablo VI vio filtrarse en la Iglesia. 

lunes, 5 de diciembre de 2016

La Salada

La Salada es un enorme complejo comercial ubicado en el Gran Buenos Aires y dedicado a la venta de mercadería, principalmente ropa, apócrifa, es decir, falsificada, con la característica que los compradores saben que se trata de ropa falsa. Quien compra allí unas zapatillas Adidas o una chomba Lacoste sabe que las tres plumas y que el cocodrilo no sirven más que para pretender que usan ropa de calidad y acrecentar su autoestima y seguridad. Este millonario emprendimiento que supone para su desarrollo la comisión de numerosos delitos, fue propiciado por el gobierno kirchnerista a punto tal que Guillermo Moreno, Secretario de Comercio y gran amigo del papa Francisco, incluía al director de La Salada en las misiones comerciales que realizaba a países extranjeros: la intención era exportar oropeles y relumbrones a precios de ganga. 
El papa Francisco, como buen peronista, ha instalado en el Vaticano una gran Salada espiritual y a escala planetaria (o interplanetaria, porque los extraterrestre también podrían beneficiarse). Antonio Caponnetto, en un excelente artículo publicado hace pocos días, llama a este mercado de segunda y tercera selección con un nombre más preciso: outlet. Francisco ya no solamente se dedica a descargar un contenedor de baratijas todas las mañanas en sus homilías de Santa Marta, o a mezclar indecorosamente la indudable santidad del Cura Brochero con la beatificación de Pablo VI o la declaración de la heroicidad de las virtudes de Dorothy Day, sino que está exhibiendo en las vitrinas de su baratillo la salvación misma a precio de oferta: “80% off”.  Por motivos obvios, no todas los hombres pueden acceder a vestirse con chombas y pantalones Lacoste, pero la magia de La Salada lo hace posible. Y, aunque “Dios quiere que todos los hombres se salven” (I Tim. 2, 4), de hecho no todos lo consiguen, pero allí esta Bergoglio con su bazar para hacerlo posible. Todos contentos y felices con sus cocodrilos falsos y con su cielo de espuma de polietileno
A pocos meses de iniciar su pontificado declaró que nadie puede juzgar a los homosexuales y promovió al grupo de obispillos, encabezados por Mons. Bruno Forte, que descubrían a la comunidad cristiana las riquezas de la sodomía; en un documento de pretensiones magisteriales, dispuso que los adúlteros pueden comulgar, es decir, el adulterio, para los fieles (y para los curas) dejó de ser pecado mortal y, en las últimas semanas, se atrevió a banalizar al mismísimo crimen del aborto. Se trata éste de un pecado mortal que conlleva una censura: la pena de excomunión latae sententiae (c. 1398) y aunque el pecado podía absolverlo cualquier sacerdote con licencias ministeriales, no ocurría lo mismo con la censura, que solamente podía ser absuelta por el obispo. En la práctica, éstos generalmente delegaban la facultad de absolución a los párrocos o, como los fieles no conocían la censura, no incurrían en ella. Ahora, en cambio, cualquier sacerdote podrá absolver pecado y excomunión. Y aunque el papa Francisco recuerda su gravedad en su documento Misericordia et misera, lo cierto es que el aborto pasó a ser un pecado mortal más, banalizándolo de esa manera. No se le escapaba al pontífice que los medios de comunicación harían lo que hicieron: anunciar con grandes titulares durante varios días que, a partir de ahora, “la Iglesia perdona el pecado del aborto”. Para ellos, y para la mayoría de los lectores, ya da lo mismo ir a confesar una mentirilla, el robo de un caramelo en el quiosco de la esquina o el asesinato de un hijo no nacido. “Todos es igual; nada es mejor”; lo mismo da el Lacoste original que el falso; lo mismo una palabra grosera preferida en un momento de ira que un homicidio; es este el zoco o el cambalache que el papa Bergoglio ha abierto en Roma.
Así como Moreno y sus compañeros peronistas querían Lacoste para todos y todas aunque el ineludible precio que había que pagar era la falsificación, así también Bergoglio quiere la salvación para todos y todas aunque la suya sea una salvación de pacotilla. Y así como las chombas Lacoste de La Salada no resisten más que dos o tres lavadas, así la salvación que ofrece Bergoglio se revelará una farsa más de su pontificado. 
Lo recordamos nuevamente: “Dios quiere que todos los hombres se salven” pero, como explica el Aquinate, lo quiere antecedentemente, pero no consecuentemente, que es su querer definitivo (S. Th. I, 23, 4, ad 3). De hecho, no todos los hombres se salvan porque el Señor no arroja a sus ovejas dentro del aprisco sino que espera que ellas vayan solas, porque las ovejas del Señor son libres. Relata San Juan en el capítulo seis de su Evangelio que Jesús preguntó a Felipe qué harían para dar de comer a tanta gente que lo seguía “porque quería probarlo”, es decir, porque esperaba del apóstol una respuesta libre que revelara su fe y su confianza en la palabra del Maestro. Y a lo largo de los Evangelios podemos encontrar ejemplos de las pruebas a las que el Señor somete a los suyos: el joven rico, Pedro en la noche de la agonía, Judas, etc. El Señor prueba porque espera una respuesta libre. Está en nosotros aceptar la salvación o rechazarla. 
La salvación se consigue luego de pagar un gran precio, de la misma manera que la chomba Lacoste se consigue luego de dispensar muchos billetes. Es una perla de gran precio; es un campo donde está enterrado un tesoro; es la isla de Jauja, “que es la decisión total. Y es el riesgo absoluto, y el arriesgarlo todo se alcanza”, e implica quedarse “sin rey ni patria, refugio ni dominio. Mi madre y su pañuelo llorando en el balcón”. 

No se trata aquí de poner en duda la misericordia divina. ¿Dónde quedaríamos si ella no existiese? Se trata de algo mucho más profundo: la libertad humana que, como enseña Aristóteles, consiste en la proairesis, es decir, en la preferencia de una cosa sobre otra en orden a alcanzar el fin último. Y el hombre es libre de elegir romper sus promesas, seguir sus pasiones y vivir en adulterio, y esa decisión supone haber preferido ese estado de vida desordenado a la salvación. En el fondo, lo que el papa Francisco está proponiendo en este gran outlet de la misericordia, es que es posible seguir pecando porque, en el fondo, Dios es misericordioso; es posible conseguir la perla o comprar el campo sin pagar un gran precio. 
Pero frente a él se levanta la doctrina secular de la Iglesia: “Pensar en la misericordia de Dios sin propósito de arrepentimiento es presunción y desprecio de la justicia divina” (Super Sent., lib. 2 d. 22 q. 1 a. 3 ad 5); “Si bien Dios es la suma misericordia, su misericordia de ninguna manera anula su justicia. La misericordia que elimina la justicia es más estupidez que virtud, y esto no conviene a Dios. Y por eso Dios quiso manifestar su misericordia infinita pero de ningún modo derogar su justicia” (Super Sent., lib. 3 d. 1 q. 1 a. 2 ad 4). Y podríamos seguir página tras página con citas no solamente de Santo Tomás, sino de todos los maestros de la fe. Y la justicia de Dios consiste en dar a cada uno según sus obras, es decir, según lo que eligió y prefirió hacer en su vida. Y esto no es anulado por su misericordia. Y concebir la misericordia de ese modo es estupidez, dice Santo Tomás (y es estúpido el que así lo cree y enseña, digo yo), como es estupidez pensar que una chomba Lacoste de La Salada es una legítima Lacoste. 
Más aún, según los Padres y Doctores de la Iglesia, son más los hombres que se condenan que los que se salvan. “El sentimiento más común que se tiene es que, entre los cristianos, hay más almas condenadas que almas predestinadas”, dice San Leonardo de Porto Maurizio en su famoso sermón El pequeño número de los que se salvan. Alguno podrá objetar: “San Leonardo es un santo moderno, del siglo XVIII; un predicador y no un teólogo”. Vayamos entonces a ver lo que dicen los teólogos y maestros de la fe.
Ahorro las referencias patrísticas al tema porque están ya incluidas en el sermón de San Leonardo, y veamos un par de cosas que explica Santo Tomás. Sin embargo, para entenderlas, debemos hacer el esfuerzo de despojarnos de nuestra mentalidad moderna hija de la Revolución en la que todos los hombres tienen derechos inalienables, incluso a la salvación eterna que es, en el fondo, la lógica en la cual funciona el papa Francisco: “Todos tienen los mismos derechos: al pan de cada día, al techo, al trabajo, a la chomba Lacoste y a irse al cielo”, y sería un crimen de lesa discriminación prohibirle a alguien, por el motivo que fuera, el acceso a alguno de estos derechos. 
La lógica de Dios es distinta. Nadie tiene derecho a la salvación; Él la otorga porque quiere y a los que quiere, porque “en su mente hay razones del orden de algunos a la salvación eterna” (S. Th. I, 23, 2). Y, por el contrario, “a la providencia divina pertenece también permitir que algunos no alcancen este fin, y a esto se llama reprobar” (I, 23, 3). Es un hecho: Dios permite la reprobación o condenación de algunos hombres: “La reprobación incluye la voluntad de permitir que alguien caiga en la culpa, y por la culpa aplicarle la pena de condenación” (id.) El infierno no está vacío como quería von Balthasar,  y Bergoglio, en un desliz asimilable a la apokatástasis origenista. 

Pero la soberbia de nuestra mentalidad revolucionaria se encabrita: ¿por qué motivos éstos sí y aquellos no? “Ahora bien, por qué elige en concreto a éstos para la gloria y reprueba a aquéllos, no tiene más razón que la voluntad divina” (I, 23, 5, ad. 3). En otras palabras, misterio del amor de Dios, porque Él puede dar más o menos a quien mejor le parezca, con tal de que lo haga sin quitar a nadie lo debido y sin perjuicio de la justicia” (id.). 
Son pocos los que se salvan, y esto lo explica Santo Tomás en la misma cuestión (a. 7, ad 3). La mayor parte de los seres naturales, incluido el hombre, poseen todas los perfecciones que necesitan para alcanzar el bien proporcionado a su estado. Vemos que son más los hombres dotados de inteligencia suficiente para manejarse en la vida, y son muchos menos los que carecen de ella, pero también son pocos los que sobrepasan los bienes propios el estado común de naturaleza, ya que “los que alcanzan a tener un conocimiento profundo de las cosas inteligibles son en proporción poquísimos”. Lo análogo ocurre con la bienaventuranza eterna, “que consiste en la visión de Dios, está por encima del estado común de naturaleza, sobre todo porque está privada de la gracia por la corrupción del pecado original, los que se salvan son los menos”. 
En pocas palabras, y usando las mismas que usa Santo Tomás, entre los hombres encontramos algunos pocos que son tontos (moriones), una inmensa mayoría que tiene capacidad intelectual suficiente para manejarse en la vida, y otra minoría que tiene una inteligencia más aguda y profunda, porque esto último sobrepasa lo necesario al estado de naturaleza. ¿Y qué ocurrirá con la salvación eterna, que sobrepasa absolutamente lo natural? Poquísimos son los que la alcanzan: pauciores sunt qui salvantur. “Los que se salvan son los menos”, aún menos que los que descuellan en inteligencia.  
Son palabras duras, muy duras, que meten susto a cualquiera. Pero son las palabras del Doctor Común de la Iglesia. Es verdad que Nuestro Señor prefirió no referirse al tema, y es verdad también que el Papa Juan Pablo II dijo: "La Iglesia nunca se ha pronunciado al respecto. Es un misterio verdaderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la conciencia del hombre. El silencio de la Iglesia es, pues, la única posición oportuna del cristiano". Quizás el silencio sea, entonces, lo mejor.
Sin embargo, lo cierto es que Santo Tomás no compraba en La Salada. 

viernes, 2 de diciembre de 2016

¿Qué leer?


¿Qué leemos? ¿Qué damos a leer a nuestros hijos? 
Son estas preguntas recurrentes cuya respuesta no pareciera demasiado difícil de elaborar: basta con un listado. Sin embargo, no siempre es tan simple, los listados no siempre están a mano y, mucho menos lo suelen estar los libros recomendados.
Aquí les dejo algunas sugerencias -muy pocas-, que seguramente los lectores del blog podrán completar:
1. Lecturas para niños: Se acaba de abrir un blog llamado De libros padres e hijos, cuyo autor es Miguel Sanmartín Fenollera (hermano de la conocida autora). Allí se proponen y discuten los libros que pueden darse a leer a los niños según sus edades.
2. Lecturas para jóvenes y adultos: Nunca está demás insistir en la página Et voilà de Jack Tollers, que sigue actualizando y agregando textos (el último, Retrato de G.K. Chesterton, de Dale Ahlquist).
El blog Exscriptor publica buenos libros, perfectamente editados, y en formato electrónico para ser leído en cualquier dispositivo. Hace ya dos meses que no aparece nada... esperemos que se reactive.
3. Lecturas teológicas y filosóficas: Existe un sito llamado Biblioteca del seminarista. Aunque todos sabemos que los seminaristas suelen tener una más que escuálida, en este caso es bastante completa. Hay de todo: cosas muy buenas y otras muy malas, pero vale la vena darse una vuelta.
El sitio decano es, sin embargo, la gran biblioteca Génesis, mantenida por los rusos, benefactores indiscutibles de la humanidad. Aunque la mayor parte es bibliografía científica y en inglés, es asombroso lo que allí se puede conseguir.
4. Y no nos olvidemos de la música, porque también es importante saber qué podemos escuchar. Lo mejor que conozco es Mare nostrum, con una enorme colección de música e, incluso, breves introducciones y comentarios sobre los temas. Y tenemos también el blog Euouae, aunque hace tiempo que ya no publica.

Y para pregustar, aquí va un breve texto recién traducido por Tollers:



La Virgen de Irlanda

por G.K. Chesterton


Estando en Irlanda hace una punta de años, una vez oí una historia sobre cómo alguien, encontrándose en una zona rocosa del país, se topó con una bellísima mujer portando un niño. Y al preguntarle por su nombre contestó simplemente: “Yo soy la Madre de Dios, y este es Él mismo, y es el niño que todos al fin han de querer.” Nunca olvidé esta historia y hace poco repentinamente se me vino a la memoria, tantos años después. 
Ocurre que estaba buscando una imagen de Nuestra Señora que quería donar para la nueva parroquia de nuestro vecindario, y en una de las más famosas santerías de Londres, se me mostró una variedad de muy bellos y a menudo muy caros ejemplares… Pero, no sé por qué, me sentía un tanto fastidioso, por primera vez en mi vida; y sentía que una imagen en particular era demasiado convencional para ser sincera y aquella otra demasiado primitiva para el gusto popular… y finalmente terminé prosaicamente siguiendo al propietario de la tienda a un piso superior donde había una especie de depósito, lleno de paquetes y cosas parcialmente desempacadas, y me pareció de repente que allí estaba, entre las tablas, el aserrín y la viruta, tal como si estuviese en la carpintería de Nazareth. Dije algo y el propietario contestó de manera casual: “¡Ah, sí!, acabo de desempacarla; ni siquiera he tenido tiempo de inspeccionarla. ¡Viene de Irlanda!”.
Era una campesina y era una reina. Estaba descalza como cualquier niña irlandesa de las colinas; y con todo, no había nada meramente local en su sencillez. Nunca he sabido quien fue el artista y dudo mucho que alguien lo sepa; sólo se que es irlandés, y casi, casi, me da por pensar que debería saber quién es sin que se me lo diga. Sé de un hombre que camina millas y millas desviándose de su camino para visitar una vez más nuestra iglesia en la que está colocada esta imagen. Desde allí nos mira, a través de la iglesia, con una mirada intensa en la que hay algo de eterna juventud; y alguna vez me he sobresaltado, como si de hecho oyese su voz en el vacío: “Yo soy la Madre de Dios y este es Él mismo, y es el niño que al final todos van a querer”.
Tomado de la obra de Dale Ahlquist,
Common Sense 101, Lessons from G.K. Chesterton
2006, Ignatius Press, San Francisco.  
(Tradujo J. Tollers) 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Asalto al cielo



El cardenal Burke ha pedido a todos los fieles unirse este jueves 1 de diciembre en un "asalto al cielo", rezando el Santo Rosario y uniéndose a él que celebrará la Santa Misa en Roma por varias intenciones, entre ellas:

"Para que los obispos y sacerdotes tengan la valentía de enseñar la Verdad y defender la Fe contra todos los enemigos de dentro y de fuera de la Iglesia. Y que así, toda confusión sea expulsada de la Iglesia".

Pido a todos los lectores del blog que en este momento tormentoso que nos toca vivir, nos unamos en esta plegaria.

Fuente: EWTN UK

martes, 29 de noviembre de 2016

Cito veniet salus tua

La terraza de la casa de los Paz se abría hacia el sur y, ubicada sobre lo alto de la barranca, permitía una extensa mirada al río y, más allá, a las montañas que rodeaban el pueblo de San Etelberto. Habían tomado el té, recurso inevitable cuando se hallaba presente la señora Paz, y varios litros de jugo de frutas porque había sido una tarde calurosa. Ahora, el cielo se había llenado de nubes gigantescas, con volutas que trepaban sobre otra hasta cubrir todo el firmamento. El sol se estaba poniendo. Al oeste, las nubes hervían en un blanco incandescente al calor de los últimos rayos del sol pero, a medida que se alejaban, hacia el sur o hacia el norte, comenzaban a tornarse azules y se iban poco a poco oscureciendo, hasta terminar en las profundas sombras del negro.
- Color de adviento -dijo la señora Alvear señalando un sector del celaje que había cambiado hacia un violeta profundo.
- ¡Qué oportuno! -dijo don Gabino-, el adviento es el tiempo más cosmológico de la liturgia.
- Toda la liturgia es cosmológica -aseguró con convicción Pablo Paz- Se mueve con los meses y los días; con las estaciones, con el frío y con el calor; con la luz y con la oscuridad.
- Sí, así es. Sin embargo, me parece que en adviento la presencia del cosmos está todavía más marcada
Hernán Alvear se levantó de su asiento y comenzó a mirar hacia donde la línea irregular de las montañas atravesaba las pesadas nubes oscuras que caían sobre ellas.
- Aspiciens a longe, ecce video Dei potentiam venientem, et nebulam totam terra tegentem -dijo con solemnidad.
- “Al mirar hacia lo lejos, veo que la potencia de Dios se está acercando y a las nubes cubriendo toda la tierra” -tradujo la señora Paz, que sabía latín.
- Es el responsorio de los maitines de hoy... -dijo Alvear pensativo.
Se quedaron en silencio. Las dos mujeres comenzaron a mirar a sus hijos que seguían corriendo por el parque persiguiendo a un conejo mientras un gato negro, trepado en una rama, se lavaba con parsimonia su cara mientras miraba con indiferencia las desgracias del gazapo en manos infantiles. El desasosiego, y hasta un cierto temor, había comenzado a extenderse en el alma de los cinco. Así como las nubes refulgentes de la derecha iban apagándose, y así como los nubarrones oscuros ya casi no dejaban ver las estrellas que estaban comenzando a nacer, así un amargo desconsuelo poblaba las almas.
- ¿Por qué nos hemos puesto tristes? -pregunto la señora Paz.
- Es imposible no estar un poco tristes en adviento. La misma liturgia se pone pone triste: se viste de morado y comienza a describir con crudeza el estado del mundo: “Yo crié hijos y los hice crecer, pero ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su amo y el asno, el pesebre de su dueño; ¡pero Israel no me conoce...!” Y así sigue, volviendo una y otra vez al profeta Isaías- dijo don Gabino.
El señor Alvear comenzó a cantar despacio algunas estrofas del Rorate coeli:
- Ecce civitas Sancti est deserta: Sion deserta facta est: Jerusalem desolata est: domus sanctificationis tuae et gloriae tuae, ubi laudaverunt te patres nostri. (“He aquí que la ciudad del Santo está desierta; Sión ha quedado desierta; Jerusalén está abandonada; la casa de tu santificación y de tu gloria, donde te alabaron nuestro padres” (Is. 64-9-10).
- Si la Iglesia nos manda cantar y rezar día tras día en el adviento estas palabras, que son palabra inspirada, por algo será -insistió don Gabino.
- ¿Qué nos queda entonces? ¿Esperar sentados a que caiga la tempestad? -preguntó la señora Alvear mientras se levantaba a buscar a los niños que seguían corriendo despreocupados por el jardín.
- No, esa no puede ser la solución. No sería propia de un cristiano -le dijo su marido.
- Y no lo es -afirmó don Gabino-. Yo creo que si hurgamos un poco más en la liturgia, allí mismo encontraremos la respuesta.
- ¿Y usted ya hurgó?
- Sí, y creo haber encontrado algo: oración, vigilancia y esperanza. Lo que acaba de cantar don Alvear tiene un estribillo que se repite incansablemente: Rorate coeli desuper, et nubes pluant justum (“Destilad, cielos, desde lo alto, y que las nubes lluevan al justo”). Observen: otra vez la referencia al cosmos; se le pide al cielo y a las nubes que hagan descender al Deseado. “Veni, veni Emmanuel”; Mitte qui missurus est (“Envía al que debe ser enviado”).
- Si no pedimos, no va a venir.
- Si no pedimos, seguirán extendiéndose la tristeza y las nubes oscuras sobre el mundo y sobre nuestras almas. 
- ¿Y la vigilancia? -preguntó impaciente la Señora Paz.
Esa es la que más me cuesta entender, pero su presencia en es muy marcada. Ite obviam ei, et dicite: Nuntia nobis si tu es ipse, qui regnaturus es in populo Israel (“Acercaos a Él y decid: Dinos si Tú eres quien habrá de reinar en el pueblo de Israel”), sigue diciendo el responsorio. Desde lejos se ven lo signos majestuosos y terribles y, sin embargo, igualmente debemos ir a preguntar si es Él. Pareciera que Dios nos pide que discernamos, que obremos según nuestra naturaleza, es decir, que pensemos. 
- Lo que dice el Evangelio del primer domingo de adviento -dijo Paz- Estar atentos a la higuera y los otros arboles.
- Así es. Discernir, porque ese mismo Evangelio nos dice que en esos días por venir las gentes temerán el sonido del mar y de las olas, y que las estrellas del cielo se moverán -concluyó don Gabino.
Todos se quedaron en silencio un rato, con la mirada fija en el cielo oscuro que, de tanto en tanto, se agrietaba con la línea ardiente de un relámpago. Las montañas habían desaparecido atrapadas por la noche y solamente brillaban, bamboleadas por el aire de la tormenta que se avecinaba, las antorchas que la señora Paz encendía en su jardín los días de visitas.
Sentados aún en sus sillones, con los niños acurrucados en sus regazos, los cinco amigos no podían dejar de observar el espectáculo de la tempestad que tenían frente a sus ojos. El fulgor de los relámpagos se había multiplicado y el ruido retumbante de los truenos se sabía cada vez más cercano.
- Le falta la tercera: la esperanza -dijo Alvear dirigiéndose a don Gabino.
- Y esa es la más bella de todas. Escuchen el Rorate Coeli. Luego de describir a lo largo de varias estrofas el estado desesperante del mundo caído, se escucha, al final, la voz tranquilizadora del Padre: Consolamini, consolamini popule meus: cito veniet salus tua; quare maerore consumeris, quia innovavit te dolor? Salvabo te, noli timere, ego enim sum Dominus Deus tuus, Sanctus Israel, Redemptor tuus (Consoláos, consoláos, pueblo mío [Is. 40,1]: pronto llega tu salvación. ¿Por qué te consumes de tristeza? ¿Por qué se renueva tu dolor? [Miq. 4,9] Te salvaré, no temas. Yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Redentor [Is. 43, 1]). 
- Cito veniet salus tua -dijo la señora Alvear mientras abrazaba a su hija que dormía tranquila en su halda. 
Y aunque los relámpagos seguían tejiéndose sobre ellos, hacia las montañas del sur, las nubes ya no eran más que un tenue velo a través del cual la luz de la luna comenzaba a filtrarse. Y, más allá, se adivinaba ya un puñado de estrellas. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

San Ireneo de Arnois

El libro de Natalia Sanmartín Fenollera El despertar de la señorita Prim es un best seller mundial, traducido a múltiples lenguas, y que permaneció en el sector de los libros más vendidos durante varios meses y en varios países. Como ya comentamos en este blog, es una novela que admite diferentes niveles de lectura pero me interesa hacer una reflexión sobre el registro en el cual lo leímos nosotros, y en el cual lo concibió su autora. 
En pocas palabras, ella plantea la vida de los habitantes de un pequeño pueblo a partir de los acontecimientos que vive la protagonista. Este historia sencilla ha disparado en mucha gente que yo conozco y en muchísimos más que no conozco el deseo y el anhelo de recrear un San Ireneo de Arnois o, desde otra perspectiva, una cierta nostalgia por lo que no tenemos pero que alguna vez tuvimos, al menos como miembros del género humano e hijos de la Iglesia. Lo que me llama la atención -aunque admito que no es fácil caer en la cuenta de ello-, es que el objeto de ese profundo deseo es algo muy sencillo, natural y humano: vivir, es decir, desarrollar lo más básico, elemental e importante que hace el hombre, en un poblado pequeño, en el que sus habitantes se conozcan, en el que se trabaje pero que también haya tiempo suficiente para la amistad, en el que las mujeres se junten por la tarde a tomar el té con tortas y pasteles, y los hombre lo hagan a la noche a tomar cerveza y fumar; en el que haya una verdulería y una carnicería a cuyos dueños conozcamos y confiemos, una papelería y una florería. 
Debemos reconocer que la propuesta de vida en San Ireneo es bastante básica. No existen allí edificios sofisticados como una piscina en el décimo piso y una cancha de golf en el vigésimo; autos inteligentes con GPS y que obedecen órdenes orales; aerolíneas low cost que nos pueden transportar a cualquier lugar paradisíaco del mundo en poco tiempo y por poco dinero; restaurantes de cocina molecular en que nos sirvan helado de aire de zanahoria a la parrilla y gel de spaghetti y caviar. Nada de eso. Lo que nos presenta la novela es una vida simple, sencilla y humana.
Por supuesto, han saltado y siguen saltado los hombres poseedores de sentido común. “Es una utopía” o “Es puro escapismo”, es lo que dicen. “Nada más que inútil ciencia ficción”, opinan otros. Lo más curioso de todo es que, si bien vemos, utópica sería si la novela hablara de edificios de categorías, autos inteligentes y comida molecular. ¿O es que, acaso, todo eso no es más que ensueño, o más bien una terrible pesadilla hecha realidad? ¿Cómo es posible pensar, en nombre del sentido común, que vivir humanamente es utópico? ¿Y cómo es posible pensar, en cambio, que la vida artificial del mundo contemporáneo es humana y normal? La inversión de la visión del mundo es pavorosa, sobre todo porque no caemos en la cuenta que estamos viendo al mundo completamente invertido, y creemos que es una utopía verlo en su posición normal.
El hombre del sentido común exigirá, con toda razón, que yo pruebe que esa vida sencilla y humana que presenta la novela realmente existió en algún momento y en algún lugar, y que no se trata de la pura imaginación de la escritora. Y la respuesta es que ciertamente existió y que tenemos abundantes testimonios al respecto, y no debemos irnos tan lejos en el tiempo para encontrarlos. Ya hablamos en esta página de José María de Pereda, a mi entender una las mejores plumas de la literatura española, completamente olvidado y desconocido para muchos por ser, justamente, conservador, carlista y católico. En una de sus novelas, Peñas arriba, escrita en 1895, narra la vida en un pequeñísimo poblado, o caserío más bien, perdido en las montañas de Cantabria. Bien podría ser San Ireneo de Arnois, aunque en Tablanca no habrían seguramente papelerías o florerías y, en vez de tomar cerveza o whisky, tomarían vino. 
Y me objetarán aún: “Usted está probando la veracidad del estilo de vida narrado en una novela con otra novela. La prueba es inválida”. Pues bien, aquí va otra prueba.
Maurice Baring fue un diplomático y hombre de letras inglés que se convirtió al catolicismo y tuvo el enorme privilegio de ser amigo de G. K. Chesterton, Hilaire Belloc, Ronald Knox y Evelyn Waugh. En sus memorias (The Puppet Show of Memory), narra que cuando terminó su colegio secundario, su padre lo envió una larga temporada a Alemania a fin de que aprendiera la lengua. Se radicó en Hildesheim, que en esos momentos -fines del siglo XIX-, eran un pequeño poblado. Allí vivía en una casa de familia, compartiendo justamente la vida de familia tal como se vivía en ese momento. Y relata: 
“La simplicidad y el encanto se encontraban en la casa de los Timme en Hildesheim. En las acogedoras noches de invierno, en la pequeña sala con una estufa que calefaccionaba el ambiente, la lámpara se ubicaba sobre la mesa frente al lugar de honor, que era el sofá, contra la pared y al fondo de la habitación, se traía una botella de cerveza y vasos, y el Dr. Timme encendía un cigarro y proponía algún juego de naipes. El tío Adolfo me decía al oído: “Nein, Herr Baring, das dürfen Sie nicht spielen”. En ese momento, quizás la madre de la señora Timme entraría y ocuparía el sofá, o quizás lo hiciera la tía Inés, o la tía Emilia, o una vecina como la señora Schultzen o la señora Ober-Förster. Y entonces, la madre del Dr. Timme sacaría su tejido y comenzarían a hablar sobre los niños. El tío Adolfo y el Dr. Timme hablarían de política y, seguramente, se lamentaría por el actual estado de la situación; quizás estaría allí Herr Wunibald Nick y cantaría alguna canción y deploraría la cantidad de operas de compositores conocidos que nunca fueron estrenadas. Y mientras él seguía hablando sobre estos temas musicales, la señora Timme y la señora Ober-Förster comentaría en voz baja las últimas novedades sobre las enfermedades de los vecinos, y la conversación llegaría a su climax cuando alguna dijera: “Y entonces pidió que llamaran al médico”. Entonces se produciría una pausa y alguien inevitablemente preguntaría: “¿Qué doctor”?, porque habían varios doctores en Hildesheim. Y cuando la respuesta fuera dada, se dividirían las opiniones y, finalmente, algunos se sentirían aliviados, mientras que otros dirían: “Pobre mujer. Se equivocó”. Y la conversación seguiría, y las personas mayores dirían que las grandes ciudades habían arruinado todo y que la vida allí no era más que prisas y apuros.
Toda esta escena, que era diaria, me envolvía por su calidez y afecto (cosiness) y Gemüthlichkeit, y se tenía la sensación de la total simplicidad y bienestar profundo que me daban los cuentos de Grimm”.
San Ireneo de Arnois, alguna vez, existió.


Nota: La fotografía que ilustra esta entrada es de un pequeño pueblito de Oxfordshire, llamado Great Tew, que bien podría ser San Ireneo de Arnois. Casas pintorescas -y que no son los simples cubos que gustan diseñar los arquitectos actuales-, un pub, una iglesia, y un par de negocios que venden lo básico. Esos lugares aún existen.